DESTACADOSReportajesTERRITORIOS

La Casa Bosque, restaurada para Caspe por sus vecinos

La casa de la familia Bosque está en una calle en cuesta, cerca de la plaza del Ayuntamiento, que sube hasta la biblioteca municipal. Durante 50 años estuvo cerrada y pocas personas se fijaban en ella; su fachada no llama la atención. Eran las fiestas del Compromiso de Caspe y por aquel entonces —en 2012— lo que se hacía era simular tabernas medievales en los patios y los bajos de casas antiguas. Una tradición que la localidad ha mantenido hasta ahora, abriendo en torno a seis tascas para las fiestas de la localidad.

Victoria Cazcarro// @vcazcarro_

Geógrafo colaborador: Ignacio Auseré Holguín

Entre los miembros de la asociación de Amigos del Castillo del Compromiso de Caspe, estaba la caspolina Cristina Ferrer (Zaragoza, 1978), una joven contable por aquel entonces. “Se había muerto hacía muy poco el propietario que más la usaba y pensamos en esta casa para abrir una taberna en el patio”, cuenta. Era el sexto centenario del Compromiso de Caspe y desde la asociación querían hacer algo especial.

Pidieron permiso a los catorce propietarios que tenían la propiedad de una mitad de la casa. “Uno de ellos nos dejó la llave. Limpiamos las hierbas y arreglamos un poco lo que había. Sacamos puertas, mesas y otros muebles”. Abrieron la taberna ese año en una fecha con muchos visitantes, tanto del pueblo como de fuera, ya que el Compromiso es el principal atractivo turístico de la localidad. Entre estas personas que acudieron a la taberna estaba Maripaz Comech (Zaragoza, 1976), actual tesorera de la asociación. 

¿No estuviste ese año? 

—Sí, yo fui ese año y no la conocía. Me decían: “Vamos a ir a La Casa Bosque”, y yo: “¿La Casa Bosque de qué?” Y entonces entré en el patio y pensé: “¿Pero esto dónde ha estado toda mi vida?

El sentimiento de sorpresa que los que acudieron a la taberna expresaron, como recuerda Cristina, que escuchó a la gente decir: “Ostras… con lo bonito que es esto… qué lástima que esté aquí cerrado… con todo lo que se podría hacer aquí…”. La noche se alargó en la taberna, ofreciendo bebidas y la curiosidad hizo que hubiera muchas personas intrigadas. Pero llegó a su fin, recogieron, volvieron a cerrar la gran puerta de madera que separa el patio de la calle y devolvieron la llave al propietario.

Maripaz y Cristina en la puerta de la Casa Bosque
Maripaz y Cristina en la puerta de la Casa Bosque

A partir de entonces, otras asociaciones tomaron el relevo de la antorcha iniciada por este grupo, abriéndolo puntualmente solo para ese fin de semana del Compromiso. “Desde entonces, nos quedamos con el runrún de hacer algo con la casa. No fue hasta cuatro años después, en 2016, que nos decidimos”.  Fueron colocando por las calles del pueblo con la foto de la casa donde leía: “¿Crees que merece la pena recuperarla? Tal día a tal hora en la Casa de Cultura”. 

Cristina, después de haber preparado el patio para el centenario, la idea de ir un paso más allá le rondaba la cabeza. “Yo me imaginaba que, igual que nosotros quitamos las hierbas para abrirlo en el centenario, podíamos ir entre todos recuperando la casa como un proyecto común, de la gente del pueblo, aunque no sabía muy bien cómo hacerlo”, explica la secretaria de la asociación. 

A esa primera convocatoria acudieron jóvenes arquitectos, de unos veinte años, que están acabando la carrera o justo acabada, que aún no habían encontrado trabajo. Las primeras reuniones, como indicaba ese primer cartel, tuvieron lugar en la Casa de Juventud, donde se juntaban y escribían en un montón de post-its las ideas que tenían de hacer en la casa. Además, para captar a más personas, acudían a los eventos con más actividades para promocionar el proyecto: “Había un concierto en un bar, pusimos unos paneles fuera”, cuenta Cristina.

—Ahí fue donde te captamos a ti.

—Sí, me acuerdo de que había cerveza artesana de David. Podías escribir en los paneles y había dos partes; una parte para pensar en cómo sería la adquisición de la casa y la otra para el contenido que se le quería dar a la casa

“Entonces mi hija, que era pequeñita —tendría cinco o seis años—, estaba justo aprendiendo a escribir, cogió el rotu y puso algo. Estuve hablando con Claudia y con María, después ya os escribí yo para unirme a la asociación”, comenta Maripaz. Su hija, Elisa, fue también la que firmó para apadrinar una teja junto con un dibujo. La joven bromeaba con que copiaron su idea para diseñar el logo de la Casa Bosque, debido a su similitud.

Firma de Elisa en el cartel de “Apadrina una teja”
Firma de Elisa en el cartel de “Apadrina una teja”

Piedra a piedra

Pese al interés inicial de los vecinos e incluso arquitectos principiantes, eran conscientes de que, para ponerse manos a la obra, necesitarían la ayuda de profesionales con años de experiencia a sus espaldas. “Hicimos una convocatoria de expertos para que nos dieran su visión profesional. Una de las arquitectas, cuando les acabamos de enseñar todo decía que estábamos locas”, recuerda Cristina entre risas. 

Al  inicio del proceso, esta sensación de inestabilidad era frecuente para las personas que iban más allá del patio y entraban a la casa; tal era su estado. Ambas reconocen que la casa no transmitía seguridad, ni siquiera para ellas. “El verano previo a recuperar la primera fase, cayó una tromba de agua y estábamos dentro de la casa, viendo las goteras caer. No tenía claro si la casa iba a aguantar”, recuerda Maripaz. Al principio daba respeto entrar, pero aquellas zonas especialmente inseguras estaban cerradas al público.

Tras muchas consultas y muchos post-its, había que hacer cuentas. Tuvieron que moverse, preguntar e investigar qué líneas de financiación podían aprovechar. Las primeras respuestas llegaron desde Europa: los fondos LEADER, para poblaciones rurales, ofrecían subvenciones de hasta 25.000 euros. «Hemos ido poco a poco pidiendo esa subvención», explica. Una ayuda que cubre el 80% del gasto, pero que obliga a buscar el resto por otros medios.

Ese 20% restante lo han cubierto desde la asociación con el dinero recaudado en las noches medievales, actividades propias y alguna campaña de crowdfunding. Una fórmula que, Cristina dice, les ha dado más de una sorpresa: «¡Hemos apadrinado tejas! Empezamos a cinco euros la teja y hemos acabado a cincuenta euros el barrote.»

Cristina y Maripaz frente al cartel de “Apadrina una Teja”
Cristina y Maripaz frente al cartel de “Apadrina una Teja”

Cuando empezaron, lo hicieron sin cuota; ahora hay que pagar doce euros al año. “La mitad de los socios se unieron cuando no había cuota, pero los hemos querido conservar porque sin su apoyo no hubiéramos empezado”, considera Cristina. Una abogada que les ayudó con el contrato de alquiler con derecho a compra y en todos los asuntos legales que se les han pasado por la cabeza. También pintores que han venido en sus ratos libres. “Tenemos a muchos socios que no han colaborado de forma estrictamente monetaria, pero han ofrecido su trabajo de manera gratuita”, agradece Maripaz. 

La inauguración de la primera fase fue un momento que la caspolina no olvida. El patio se llenó de gente, hubo música y el escritor Miguel Caballu, caspolino también, actuó como padrino del acto y habló del proyecto ante los asistentes. «Me acuerdo de estar ahí con Claudia, cogidas del brazo, viéndolo todo», recuerda Maripaz. Claudia fue una de esas jóvenes arquitectas que fue a la primera convocatoria y la primera persona con la que ella habló de la asociación, cuando su hija escribió en el panel. «Creo que no me he sentido más orgullosa en mi vida. No lo haces por tu carrera profesional, no lo haces por tu familia… lo haces por ti. Ver piedra sobre piedra me puso la piel de gallina”, añade la tesorera. 

Foto conmemorativa del acto de inauguración de la Fase 1 | Fuente: La Comarca
Foto conmemorativa del acto de inauguración de la Fase 1 | Fuente: La Comarca
Frenazo a medio camino

La inauguración de la primera fase distó mucho de la segunda, la cual, en su inicio, avanzaba a buen ritmo. La casa funcionaba a pleno rendimiento: en verano abría sus puertas varias veces por semana y las propuestas de actividades llegaban con frecuencia. Pero llegó la pandemia, que lo frenó todo de golpe. Algunas actividades nunca se recuperaron del todo, cuenta Maripaz. «Perdimos el ritmo que habíamos ido cogiendo en los primeros años», lamenta la caspolina. El escape room, llamado “esCASPE room”, que estaba arrancando justo entonces, intentó relanzarse en varias ocasiones, sin éxito. 

La segunda fase de restauración se realizó durante la pandemia, y su inauguración llegó en diciembre de 2021. No hubo fiesta; la celebración se redujo a un acto íntimo con mascarillas, unos cuantos representantes del ayuntamiento y pocos miembros de la asociación. En esta segunda fase, se completó la musealización del espacio: la zona de coworking cuenta hoy con un recorrido que explica el contexto histórico de la casa y de la familia Bosque. 

Casi diez años dan para mucho, y no todo ha salido como esperaban. Maripaz lo asume con naturalidad: el proyecto ha tenido sus subidas y sus bajadas, y no todas las ideas han funcionado. La biblioteca abierta, por ejemplo, arrancó con buen pie, impulsada en parte por vecinos que querían deshacerse de libros acumulados en casa. Pero el intercambio nunca terminó de fluir, y mantener la apertura quincenal sin apenas afluencia acabó siendo insostenible, cuenta Maripaz.

Esquina musealizada de la segunda fase de restauración
Esquina musealizada de la segunda fase de restauración

«Hay cosas que funcionan en otros sitios y aquí no, o al revés», reflexiona Maripaz. Con la perspectiva de una década, lo ve como parte del aprendizaje: “Ha habido actividades que han funcionado muy bien, y otras que no tanto; nosotros también vamos aprendiendo”. Han organizado diferentes actividades, pero la aceptación varía. “Si algo no funciona, es frustrante, pero… a otra cosa, mariposa. En un proyecto tan grande hay cabida para todo”, resuelve la caspolina. 

Cristina añade que las relaciones de la Casa Bosque han ido más allá de lo profesional. «Nos llevamos muy bien, hemos creado vínculos de verdad. Por ejemplo, este verano Claudia y yo nos hemos ido juntas de vaje». Y los lazos han dado sus frutos: el primer encargo profesional de Claudia llegó precisamente porque, al visibilizar el proyecto, otra arquitecta supo que había una compañera de profesión en el pueblo y la contrató. Maripaz reflexiona: «Tenemos un objetivo común, pero todo lo demás es diferente: no compartimos profesión ni circunstancias familiares. Ha sido un punto de encuentro para gente de perfiles e historias muy distintas”. Una diversidad que, lejos de dispersar, ha enriquecido al grupo. 

¿De quién es esta casa?

Cerca de una década trabajando en una iniciativa que no ha pasado desapercibida para la localidad de Caspe, aunque no ha sido del todo entendida. El primer año hubo una noticia en La Comarca, bajo el titular “La Casa Bosque: La nueva locura de los caspolinos”, recuerda Cristina. “Es un proyecto tan grande que ha tenido mucha crítica”, añade Maripaz. 

—Algunos pensaban que íbamos a hacer un chalet y nos lo íbamos a quedar.

—La gente decía: “¿Pero esto de quién? ¿Esto para qué es? ¿Yo doy dinero y quién se lo queda? ¿Quién se va a quedar luego esta casa?

Dudas que surgían debido a la peculiaridad de la asociación. “Hay gente que no entiende muy bien lo que hacemos. Una amiga me dice que lo que hacemos es muy hippie”, cuenta Maripaz. Cristina, por su parte, explica: “Las amigas de mi peña no tienen nada que ver con la Casa Bosque y no vienen casi nunca. El año pasado conseguí engañar a una para que me ayudara en la barra”.

Una casa social e histórica

“Nosotros la compramos porque sabíamos que esa casa podían tirarla perfectamente; era lo más cómodo. Eso o venderla a alguien que cierra la puerta y nadie hubiera visto nada de la casa —dice Cristina—. Los que estábamos ahí pensábamos que esa casa era un bien público, un bien del pueblo que podía servir para dar ejemplo de cómo vivía parte de la ciudadanía y del estilo de vida de una familia bien”. Un paseo por los pasillos de las tres plantas de la casa permite ver los materiales que se usaban para construir: la madera, los cañizos, la tierra, el barro, la piedra… Materiales que se han buscado mantener a la hora de restaurar la casa. 

Maripaz en la zona de coworking con el estampado original de la pared
Maripaz en la zona de coworking con el estampado original de la pared

Maripaz destaca que, a la hora de contactar con personas con iniciativas similares, les llamó la atención que las restauraciones de casas antiguas se llevaban a cabo sobre todo por iniciativa privada. Maripaz afirma que el proyecto difiere de otros porque tiene dos ramas diferentes: el elemento del patrimonio rural y el elemento social: “El patrimonio no son solo castillos e iglesias, las casas también son patrimonio”, afirma Maripaz. La idea que tenían para la Casa Bosque desde un inicio, añade Cristina, era abrir el espacio y ofrecerlo a la gente para que lo usara. 

La tesorera de la asociación reconoce la dificultad añadida de apostar por ambos aspectos. “Hay muchas asociaciones que tienen fines sociales y otras que van por el patrimonio rural. Nosotros fuimos por las dos —afirma Maripaz—. Es una complicación adicional de este proyecto ya que recuperar una casa de 560 m2 no es moco de pavo”. Cristina comenta que en un inicio llevaban estas dos ramas a la par: “Empezamos la parte de patrimonio y la parte cultural más junta, haciendo talleres de cañizo y de rejuntado de piedra”. Ahora, sin embargo, las actividades organizadas son diversas y no están vinculadas a la restauración de materiales. 

Siguiente capítulo

Este año vence el contrato. Hicieron un contrato de alquiler con derecho a compra con una duración de siete años en noviembre de 2017, para finalizar en 2024, que ampliaron dos años más, hasta noviembre de 2026.  “Ahora sí que vence y creemos que podemos comprar, por lo menos, la mitad que hemos recuperado, la parte que rodea el patio, que es el corazón de la casa”, explica Cristina. 

Patio de la Casa Bosque desde el balcón de la segunda planta
Patio de la Casa Bosque desde el balcón de la segunda planta

Con la fecha del vencimiento cerniéndose sobre la asociación, han comenzado a plantearse qué hacer con la totalidad de la casa en el futuro. La secretaria de la asociación explica la situación en la que se encuentran: “Estamos planteando un proyecto global sobre el rumbo de la casa y de la asociación”. 

—Estamos en un momento bastante crítico porque tanto la compra de la casa como la recuperación de la parte que falta tienen un coste muy elevado.

—Pero sobre todo la recuperación.

Sí, sobre todo la recuperación

Con la mirada puesta en el futuro, pensando en qué hacer con el espacio disponible de la casa, Cristina confiesa: “La única salida que le vemos rentable a la casa es mantener las habitaciones como habitaciones y hacer una especie de coliving, como hay coworking ya”. Descartan la idea de residencia turística, sino que se decantan más por el alquiler de temporadas con un mínimo de un mes y un máximo de un año. 

La caspolina cuenta: “Lo que ahora estamos diseñando es esta pequeña zona de hospedaje para que sea atractivo y que haya inversores”. Las personas que apuesten por esta nueva fase de la Casa Bosque pueden ser del pueblo y de fuera del pueblo. La asociación lo tomaría como una especie de préstamo que, cuenta Cristina, piensan devolverlo, incluso con intereses, si hay suerte.

Cristina Ferrez explicando la distribución de las habitaciones
Cristina Ferrez explicando la distribución de las habitaciones

No están viendo que haya mucha demanda, reconoce Cristina, porque en los pueblos ya tienen casas familiares, aunque considera la posibilidad de que cada vez sea más valorado teletrabajar en pueblos. En el pueblo hay un albergue, pero está muy alejado. “Si no tenemos opción para quedarse a dormir, no van a venir”, valora Cristina. 

Puede que la demanda no esté clara, pero la secretaría de la asociación reconoce que en la localidad existe una problemática de vivienda temporal. “Para cualquier profesional que tenga que ir a Caspe una temporada es, no imposible, pero casi imposible encontrar un lugar para vivir”, afirma Cristina. La Casa Bosque sería una opción de alojamiento con la zona de coworking ya habilitada en el segundo piso, un pequeño espacio para poder trabajar con Wi-Fi. “El coliving y coworking se complementarían, pero no tiene que estar directamente relacionado. Un hotel es caro y no encuentras un piso; la Casa Bosque sería una cosita intermedia”.

Es una idea que están barajando, afirma Cristina: “Es muchísimo dinero, tendríamos que verle rentabilidad, ver que hay una necesidad que podríamos cubrir”. Maripaz destaca las limitaciones del proyecto: “Somos todos voluntarios, nadie, no tenemos a nadie a tiempo completo que esté dedicándose a todas las actividades de la asociación”. Esta situación condiciona bastante los servicios y actividades ofrecidas por la Casa Bosque, pero se adaptan y encuentran la manera de colaborar entre todo el grupo de voluntarios. 

Casi diez años después de aquella primera taberna, la Casa Bosque sigue en pie. El contrato vence en noviembre de 2026 y la asociación se está preparando para comprar. Otro paso más en el camino del proyecto, que ha dejado una huella en el pueblo. 


Este reportaje forma parte del Proyecto de Innovación Docente de la Universidad de Zaragoza (PIIDUZ_2 Consolidados), Comunicar buenas prácticas de desarrollo territorial en la Unión Europea en relación con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (Quinta edición) con “Ellas son campo”.

Puedes leer el resto de artículos en la sección «Reportajes».

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *