Los interrogantes de Mirafiori
Cristina García Gómez //
Llego tarde. Lo sé. Llego tarde a hablar de Mirafiori. Todo el mundo lo ha hecho ya. Y todo el mundo conoce a Manuel Jabois. Pero a mí me gustaría aportar algo. Se ha hablado de ese amor descosido del protagonista, un amor obsesivo e incomprendido, y se han comentado -muy bien comentados, por cierto- sus fantasmas, esos que muestran los temores reprimidos. Pero Mirafiori tiene más. Mirafiori tiene interrogantes.
El libro en sí se plantea como una pregunta: ¿qué sucedería si tu pareja te dice que ve fantasmas? Pero hay más. Los interrogantes son la constante que domina la obra, y son, muchas veces, incontestables. No tiene las respuestas Jabois ni tampoco las tenemos ninguno de nosotros. Entre esas dudas transcurre Mirafiori, la historia de una pareja que, de tanto quererse, termina por idealizar su amor. Ella es Valentina Barreiro, una exitosa actriz cuyos temores se ven representados en forma de fantasma. Él, un periodista que sin ganas ni ánimo escribe obituarios de personas vivas, es quien narra la historia. Los momentos más señalados de su relación están acompañados de un Fiat 131 Mirafiori, el coche que ella hereda de su padre y que da título a la novela.

¿Por qué no es fácil amar?
Mirafiori plantea por qué hay que luchar incluso cuando todo funciona bien en una relación. Sucede a veces que, por mucho que queramos a la otra persona, no somos capaces de alegrarnos de que le ocurra algo bueno. “Intentaba que mi vida junto a ella -la hermosa casa, los viajes, los restaurantes- no fuese un regalo porque, en caso de serlo (lo era), pensaría que lo hacía para tenerme en deuda. Odiaba esos pensamientos. Pero a los cinco minutos volvían y me quedaba con ellos, entretenido”, dice el protagonista. Y es que amar va más allá de querer. Amar también es respetar, confiar, admirar. Amar también es saber parar cuando no le estás haciendo bien a la otra persona. Hacerlo todo eso a la vez, y hacerlo bien, no es sencillo. Nunca lo será.
¿A dónde nos lleva el amor?
El amor no responde a una lógica. Se evidencia en Mirafiori. Puede ocurrir que sintamos que solo nosotros lo damos todo en la relación, o que desarrollemos fijación por la otra persona y sintamos que es la única que nos comprende. Es una forma de evadirnos del resto de problemas y centrarnos en una sola cosa: nuestra pareja. Le sucede al protagonista: “Tenía una obsesión insana por Valen. Era tan consciente de ello como de que, tanto tiempo después, no podía corregirla; de hecho, había aumentado hasta que fue imposible vivir”. Pero no es ahí a donde nos tiene que llevar el amor. Traspasar el límite y cohibir a la otra persona es escoger nuestro propio beneficio y olvidarnos de lo que el otro necesita. Si el amor nos lleva ahí, hemos escogido el camino equivocado.
¿Actuamos mal a propósito?
Sin embargo, también hay veces en las que elegimos lo incorrecto de forma consciente. Lo sugiere en Mirafiori el narrador de la novela: “Cuanta más brecha se abría entre nosotros, más miedo tenía de perderla, más la engañaba con cualquiera por mis inseguridades…”. Él es infiel a su pareja y trata de justificarlo en sus debilidades porque, de tanto quererla, siente que no la merece. Opta por lo que le hace más mal que bien. Es una inyección de adrenalina y es, también, una de esas decisiones inexplicables que terminará por convertirse en remordimiento.
¿Cómo amar sin perdonar?
Se cuestionaba Jabois en una entrevista que le realizó el periodista Fidel Moreno, si es más importante amar o perdonar. Relacionaba este interrogante con Mirafiori, y yo me uno a su reflexión. Pedir perdón es fundamental. Lo sabemos. Y también lo es saber perdonar. “Yo le había perdonado y él tenía motivos para perdonarme a mí. Quiénes éramos nosotros para no perdonarnos, de qué cueva habríamos salido si no pudiésemos perdonar, si viviésemos con el rencor o la ofensa o el agravio delante de las narices todo el día…”, dice Valentina Barreiro en la novela. En el momento en el que decidimos no pedir o no aceptar las disculpas aparece el remordimiento y nos invade.
Al final, todo se reduce a esa belleza que no tiene explicación, esa que es tan grande que te deja sin palabras. Esa es, en realidad, la historia de Mirafiori. Entre fantasmas, desamor, relaciones y otras muchas cuestiones, emerge la belleza. Los protagonistas, de tanto quererse -y desde tan jóvenes-, de tanto confiar el uno en el otro, ensalzan su relación. Y en ese sueño de lo que podrían ser se cuelan los temores y se esfuman las palabras. Es ahí, justo ahí, donde nacen las preguntas que no tienen respuesta. Son los interrogantes de Mirafiori los que nos guían.

