Caparrós, a corta distancia

Marina Tarragual y Paula Muñoz//

El escritor y periodista Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) visitó el pasado jueves 1 de marzo la ciudad de Zaragoza con el objetivo de participar en el ciclo “Conversaciones con el autor”. Esta vez su intención no era presentar ninguna de sus obras, sino darse a conocer en profundidad ante sus lectores.

Jueves, 1 de marzo. Una lluvia repentina a las siete de la tarde parece querer avisarnos de que nuestra cita –de las siete y media- no va a ir del todo bien. Llegamos al lugar del encuentro, la diputación provincial de Zaragoza. El sexto ciclo literario “Conversaciones con el autor” comenzó aquí hace un mes y cuenta con la participación de ocho escritores de primera línea. Hoy es su turno. Estamos dentro, cruzamos la sala –la singular sala- en la que va a tener lugar el coloquio y entramos en otra más pequeña y contigua. Todas las miradas cambian de posición y se clavan en la puerta por la que acabamos de pasar. Un círculo de gente rodea al periodista y llena la habitación.“Ah, las estudiantes”, exclama y nos lleva hacia el pasillo, “para estar más cómodos”. Le seguimos. “¿Eran solo tres cuestiones, no? No tengo mucho tiempo”, expresa. Asentimos. Satisfechas, como si el mismísimo genio de la lámpara estuviera dispuesto a concedernos tres –y no más– anhelados deseos.

Una bufanda roja destaca sobre el resto de su vestimenta, toda negra. Su emblemático y frondoso bigote también destaca frente su escasa cabellera. En su rostro, dos cicatrices parecen el fruto de toda una carrera como periodista. Periodista y escritor, siempre inquieto, con ganas de contar las grandes verdades del mundo a través de sus propias experiencias. Nació en 1957 en Buenos Aires. Hoy, 60 años, varias novelas y unas cuantas crónicas después, se ha convertido en un referente del periodismo en todo el mundo. Es un buen conversador y parece examinar cada pregunta con rigurosidad. Pero, a nosotras, lo único que nos preocupa en este momento es lo que vamos a hacer después. Escribir es fácil, lo difícil es hacerlo sobre alguien que te ha enseñado a escribir. Si cayésemos en la temida “periodistiquez” –nombre que el propio Caparrós ha inventado y al que hará referencia durante la charla- o, lo que es lo mismo, tradujésemos sus palabras por sinónimos que no equivalen a lo que realmente quiere transmitir- probablemente no nos perdonaría.

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Martín Caparrós en la presentación de Lacrónica en Cálamo (Zaragoza)

P: La primera de las tres: ¿en qué estilo se siente más cómodo, en la ficción o en la no ficción?

R:“La primera de las tres” es que ficción y no ficción no son estilos. Son géneros, algo totalmente distinto. Un estilo es ese indefinible que a veces define a los escritores que lo tienen. Si existe, se distingue con claridad en sus prosas. En cuanto a los géneros, como la ficción y la no ficción, no tengo ninguna preferencia. Me da igual. Es decir, algunos textos que se me ocurren encajan mejor para escribir una novela, otros para contar historias reales.No estoy más cómodo en una que en otra.

P: Desde que recuperó la crónica en el año 1992, con Larga distancia, ¿cómo cree que ha evolucionado este género? ¿Qué defectos y virtudes le encuentra?

R: [Resopla]. Eso es largo. Son solo 25 años de respuestas. [Ríe] Ciertamente, está claro que la crónica ha tenido una especie de lo que los franceses llaman “éxito de consideración”. Ahora queda bien hacer crónica: se piensa, se escribe, se hacen encuentros y se discute sobre eso. La gente exclama “¡Yo hago crónica!” como si fuera algo importante. Este tipo de crónica no me gusta mucho. La prefería cuando era un género menos reconocido, más marginal. Aun así, la principal virtud es que hay muchísima gente tratando de contar cosas de una forma que valga la pena. Lo que más detesto es que haya personas repitiendo esquemas y modelos. Aquello que era nuevo hace 50 años no puede seguir pasando por nuevo. Ya está. Nuevo no es, puede ser otra cosa, pero nuevo, ciertamente, no. Me parece que vale la pena arriesgar más, buscar más otros formatos y ver qué pasa.

P: A raíz de su último artículo en el New York Times sobre la simbología y la identidad de España, ¿por qué cree que los países tienen esa necesidad de crear símbolos?

R: Los símbolos representan lo que tienen en común millones de personas que suponen que tienen cosas en común porque pertenecen a un mismo país. Y, al mismo tiempo, son lo que las diferencia de otros millones de personas de las que creen que deben diferenciarse por pertenecer a otro país. En este sistema ridículo de países en el que vivimos creemos que tenemos muchas cosas en común con alguien que vive a 500 kilómetros pero dentro de nuestra frontera -aunque hable distinto y posea un clima, una cultura y tradiciones diferentes-y que, en cambio, alguien que vive aquí, al otro lado de la montaña, a solo 100 kilómetros, es diferente porque se llama francés. Es un sistema ridículo de nacionalidades y los símbolos son la manera de asentar y afirmar esas nacionalidades. En general, se utilizan para eso y son eficaces. Por eso me parece curioso que en el caso de este país los símbolos fallen tanto y sean tan poco compartidos.

“Justo tres. Veo que sabéis contar”, sentencia. Y se marcha, nos deja como cada vez que terminamos de leer cualquiera de sus textos: con ganas de más. Se dirige, con calma y despreocupación, hacia sus inquietos compañeros. Entre ellos, el escritor aragonés Ramón Acín, encargado de coordinar los encuentros del Ciclo y, en esta ocasión, también de que Caparrós no pierda su AVE a Barcelona. El fotoperiodista Gervasio Sánchez es el tercero en discordia. Ambos se ocuparán de venerar, durante el resto de la tarde, al Dios argentino de los periodistas.

Entramos a la tan singular sala de la conferencia y lo primero que comentamos es que resulta casi tan imponente como el periodista argentino. Es uno de esos salones de techo alto, luces intensas y banderas en las esquinas que ratifican la oficialidad del inmueble. Las pinturas lúgubres de rostros inexpresivos que llenan todas las paredes contrastan con el aspecto formal y elegante del resto de la sala.

Caparros 1La paradoja del espacio, sobrio pero recargado, tampoco se le escapa a Caparrós. “Las pinturas tienen lo suyo: calaveras, muertos… Es curioso encontrarse con algo así, tan diferente, entre tanta globalización”, señala mientras se peina su afrancesado bigote. No cabe duda de que tiene la mirada bien ejercitada, la mirada del cazador. Es el ojo que todo lo ve y todo lo analiza y la, en apariencia, convencional ciudad de Zaragoza no se ha librado de su escrutinio periodístico, pese a que las lluvias intermitentes y el característico cierzo lo hayan intentado retener en el hotel. Lleva más de cuarenta años y cuarenta obras retratando situaciones y eso, al final, deja poso. “Me habéis traído a una ciudad un poco rara”, cuenta entre risas. Caparrós sabe que frente a sus lectores se encuentra en una zona segura, entre él y nosotros existe un pacto de confianza: es directo y sin medias tintas. Por eso, puede permitirse declarar lo siguiente sin que ningún maño allí presente se le eche encima: “Todo esto de la Pilarica es un poco raro, ¿no? Construir espacios como ese solo para amainar nuestros miedos…”.  Le impresiona que las religiones sean relatos tan exigentes que hagan levantar torres de noventa metros para reafirmarse, y asegura con sorna argentina: “Casi rezo, pero no sé cómo se hace”.

Las oraciones cristianas no son lo suyo. Sin embargo, es capaz de crear en sus textos consignas que sus seguidores repiten como verdaderas plegarias. Gervasio Sánchez recuerda una que no olvida: “Rara vez me detengo a pensar sobre qué no contar cuando escribo”. Estas máximas nunca faltan en ningún aula de Periodismo. En cambio, aquí faltan muchos futuros periodistas: “Estamos ante una personalidad a la que hay que preguntar mucho. Esperaba más estudiantes de Periodismo interesados en Caparrós y menos en el juepincho”, lamenta el fotoperiodista.

Tras romper el hielo con comentarios sobre los asistentes y el lugar, comienza el coloquio. Acín presenta al protagonista de la velada como “un excelente entrevistador, un original novelista y el cronista de la época”. Sánchez retoma el tono informal para expresar que su presencia no estaba prevista: “He comido con ellos y me han liado”, y es él quien saca el primer – y el más polémico – tema. Defiende que se está haciendo mejor periodismo en Latinoamérica que en España y esto provoca una mueca en Caparrós. Los periodistas hacen cosas muy raras, tanto en España como en América Latina”, replica el cronista. “Solo estás siendo víctima de los europeos, que ven en América lo que quieren ver” –continúa– “empezó con Colón, que se imaginó una zona de paraísos y siguió en el siglo XX, cuando se creyó que las revoluciones, que en Europa no funcionaron, allí sí lo harían”. Caparrós argumenta que la única diferencia es que en su tierra hay más gente dispuesta a hacer buen periodismo, aunque las condiciones no sean buenas o no se cobre. En España están todos demasiado acostumbrados a que los medios paguen. “¿Pero estarás de acuerdo en que los periodistas latinoamericanos tienen más agallas a la hora de luchar contra poderes como el narcotráfico?”, le insiste Gervasio Sánchez. Caparros asiente, pero añade que, aunque en España – por suerte –  no existan amenazas físicas, hay que estar alerta con el aumento del nivel de censura.

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El asunto del estado de la profesión en España vuelve a emerger en varias ocasiones. Ambos comunicadores, uno de imágenes y otro de palabras, coinciden en que en este país falta implicarse más con lo que sucede en otros lugares. “La todología es la ciencia que todo lo destroza y en España sobran los todólogos”, señala Gervasio Sánchez. Se coge un tema y no se deja hasta que se agota. Faltan historias originales y valientes como las que cuenta Caparrós en El Hambre (2014). Para este trabajo, el periodista recorrió casi una decena de países en busca de nuevos puntos de vista desde donde tratar un tema tan mundano y vital como es el hambre. Caparrós explica que los protagonistas son los lugares y sus personas y que, por eso, no le gusta la etiqueta de “periodista de viajes”: “El viaje es solo una parte de la infraestructura, lo que me interesa es lo que sucede en esos sitios remotos…”. Ramón Acín lo interrumpe: “Te voy a pedir que seas breve porque son casi las 9 y no queremos que pierdas el AVE”. Pero el cronista hace caso omiso y prosigue con su alegato.

Durante el turno de preguntas, Acín parece una bomba a punto de explotar. Su cara, antes colorada, está ya color berenjena y empeora cada vez que enciende la pantalla del móvil para mirar la hora. Puede que con el estrés del momento se haya olvidado de respirar y al final estalla en un repentino ataque de tos. “Creo que están tosiendo para que me calle”, señala Caparrós. La ponencia concluye. Nos vamos, pero con cierta sensación de vacío. Terminar es difícil, casi tanto como empezar. Nos gustaría saber cómo lo haría Caparrós. Puede que tres deseos no hayan sido suficientes.

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