Y las mujeres movimos el mundo

Texto: Ester Fernández. Fotografías: Diego Lobera y Ester Fernández//

El pasado 8 de marzo, el Día Internacional de la Mujer, las mujeres de más de 40 países se convocaron a una huelga transversal; laboral, estudiantil, de consumo y de cuidados. Una jornada histórica que ocupó más de 180 ciudades españolas. Zaragoza no podía quedarse atrás. La manifestación llenó el centro de la ciudad al grito de “Si nosotras paramos, el mundo se para”. 

– Qué limpios había dejado los baños Raúl cuando llegué a casa.

– Si, ¿verdad? Se apaña bien desde que no está Dori.

Son mis abuelas quienes charlan. Les oigo desde lejos mientras preparo la maleta para volver a Zaragoza como tantos domingos. Raúl es mi padre y friega tan bien como antes de que mi madre muriera. El jueves 8 de marzo me desperté pensando en aquello.

Después de repasar mi armario en busca de algo violeta, me vestí de negro -que también estaba permitido en el protocolo- y me mire al espejo durante un rato. Tocaba salir a la calle a luchar por ellas: por mi madre, por mis abuelas, por mi hermana, por mis amigas, por mis vecinas del cuarto y por mis hijas, si es que alguna vez las tengo. Tocaba volver a la calle y gritar como cuando éramos niñas aquello de “Por mí y por todas mis compañeras”.

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Quienes no se menean no notan sus cadenas

Mi tripa se llenó de nervios que avisaban que iba a ser una pieza de un puzzle importante. Me acerqué con bastante antelación al Corte Inglés de Sagasta. En la plaza San Francisco una mujer y su hija me preguntaron cómo llegar a glorieta Sasera. Llevaban la misma dirección que yo. Entonces miré alrededor y había tantas mujeres que seguían ese rumbo que, aunque salí sola de casa, nunca había estado tan acompañada.

A las seis y media, media hora antes de que comenzara la manifestación, aquel lugar ya estaba desbordado. Por supuesto, muchísimas más mujeres que en la manifestación estudiantil de por la mañana -habíamos sido unas cinco mil-, pero también muchísimas más de las que me había imaginado. Encontrar a mis amigas no iba a ser tarea fácil porque hasta la cobertura de los móviles pendía de un hilo. Nos fuimos guiando por las pancartas y nos juntamos sorprendentemente rápido. Mientras sonaban los primeros ritmos de la batukada, unas chicas nos dijeron que más adelante estaba la parte no mixta y nos apeteció empezar la mani allí. En qué momento se nos ocurrió. No había hueco para poder pasar y, cuando lo hacíamos, alguna se encontraba con amigas y teníamos que parar. El jueves emocionaba cruzarse hasta con la tía de tu prima del pueblo. Salimos por donde estaban colocadas las afiliadas de UGT y CC.OO con banderas rojas -que ya podían haberlas teñido de violeta para la ocasión- y desde ahí llegamos lo más adelante que pudimos, pero ni así veíamos a las primeras.

Las chicas que teníamos delante no parecían tener más de 20 años. La que estaba colocada más a la izquierda se acercó a los oídos de sus compañeras y le escuche decir sonriente: “¿No os emocionáis?”. Desde atrás, estuve a punto de contestarle un sí rotundo. Después, colocó su cabeza en el hombro de su amiga. Fue el pistoletazo de salida que la gran manifestación del 8M en Zaragoza merecía. Sobre las ocho de la tarde nos empezamos a mover hacia el Paseo de la Independencia.

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La educación será feminista o no será

La música y el ruido no nos impidieron charlar con compañeras para compartir experiencias. Con todas aprendimos algo, todas eran una lección para llenar la mochila. Aunque me emocionó especialmente encontrarme a profesoras allí. La educación es el motor para construir una sociedad libre de machismo. Porque por muy grande que fuera lo que estábamos viviendo en las calles el jueves, al día siguiente íbamos a seguir esquivando comentarios machistas y volviendo a casa  por la noche mirando a todos los lados. En realidad, lo que hacíamos allí era luchar porque la siguiente generación no tuviera que hacerlo. Una de las profesoras me contó que todos los años acude a la manifestación del Día Internacional de la Mujer, pero esta vez era especial: “Este año estoy más emocionada aún porque sé que en todo el mundo hay mujeres que están saliendo a la calle, no me voy a quedar en casa. Está siendo una gozada, esto te carga las pilas y te anima a seguir”.

Me acordé entonces de la manifestación estudiantil de la mañana. Cuando llegué a la ciudad universitaria, las aulas habían salido a la calle y el campus estaba lleno de estudiantes que aprendían. Lleno quizás se queda pequeño. En mi curriculum de movimientos sociales no había una imagen más esperanzadora. Sobre las once y media, una joven con voz temblorosa avisó con un megáfono que nos fuéramos acercando a la Plaza San Francisco para que comenzara la manifestación. Entre silbatos y eslóganes a voz en grito, recorrimos el Paseo de Fernando el Católico, Gran Vía  y el Paseo de la Independencia para llegar hasta la Plaza del Pilar tras atravesar la calle Alfonso. En Independencia vimos como una mujer salió al balcón a levantar los brazos y a aplaudir. A apoyarnos. Desde abajo le íbamos aplaudiendo también hasta que todas estuvimos con la cabeza para arriba. Con su bata de limpiadora y moviendo los trapos, se ganó el cariño de todas. Cuando pasamos ese lugar, me quedé un rato mirando para atrás. Me faltó que aquella mujer lanzara la bata y los trapos al aire y bajara. Con nosotras.

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Luego diréis que somos cinco o seis

Vi entonces como los escaparates de las tiendas seguían llenos de las pegatinas que habíamos estampado por la mañana. Mujeres de todas las edades reivindicamos que el cuerpo no determinara nuestra vida con eslóganes como “el feminismo no se vende”, “la talla 38 me aprieta el chocho” o “se venden complejos”.

Seguro que las chicas que tuvimos al lado a esa altura de la mani también habían estado gritando  por la mañana. No debían tener más de 18 años y aquella podría ser la primera manifestación para muchas. Se pusieron a cantar el “A quién le importa” de Alaska y aquello se convirtió en una fiesta, a la que por supuesto mis amigas y yo nos unimos. Aunque clamábamos contra la violencia de género, la brecha salarial, los abusos sexuales y tantas otras lacras del machismo, ese rato me permití ser feliz, disfrutar de la sensación de que estábamos consiguiendo algo importante. Con ellas también bailé el que fue sin duda el hit de la dos manifestaciones: “Todas las mujeres tenemos un deseo, estamos cansadas de tanto chuleo. Mujeres p’aquí, mujeres p’allá, feminismo p’alante, machismo p’atrás”.

Al llegar a la entrada de la calle Alfonso, varias organizadoras jóvenes de Feminismo Unizar, se dieron las manos haciendo una cadena para intentar que la gente no pasara por ahí, sino que continuara por el Coso y entrara por detrás a la Plaza del Pilar. Imaginé que intentaban evitar colapsos porque nadie había previsto algo tan grande. Me ofrecí a ayudarles porque muchas se estaban colando. “Está siendo un día intensito. Han venido muchísimas mujeres, se ha implicado mucha gente. Pero eso necesita mogollón de gestión, necesita mucha organización”, me contaba una de ellas mientras miraba de reojo que nadie atravesara la barrera. Fue una manifestación sin incidentes, en la que ni siquiera vi a ninguna policía controlando que todo estuviera tranquilo -que no quiere decir que no estuvieran, claro-.

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Nos queremos vivas, feministas, libres y combativas

La plaza se fue llenando de mujeres de todas las edades. Unas niñas con petos violetas encima del abrigo y con el símbolo del feminismo dibujado en sus mofletes gritaban y cantaban a nuestro lado. “Cómo me hubiera gustado participar en algo así tan pequeña”, pensaba yo mientras las miraba sonriente. Su madre me explicó que le parecía importante “concienciarlas también a ellas en el feminismo para que defiendan sus derechos como mujeres”. Me contó que habían vivido momentos muy emocionantes: “el colectivo de mujeres discapacitadas ha ido detrás de nosotras y hemos visto pasar a las mujeres que forman parte del triángulo de las ausentes con un gran pañuelo morado que recordaba a todas las mujeres asesinadas”. Sentí entonces que lo que yo había vivido era solo un trozo muy pequeño de lo que había pasado, que me había perdido muchos momentos importantes y muchas compañeras a las que apoyar.

Tampoco pude escuchar el manifiesto que leyeron al acabar la manifestación. No fue hasta que llegué a casa cuando supe que Paula Ortiz y Pilar Amorós, además de varias mujeres anónimas, habían sido las encargadas de ponernos voz a todas. Sin embargo, el ruido paró en el momento justo para entender que allí había 300.000 personas. Después de los interminables aplausos, mis amigas y yo intentamos comprobar que todas habíamos entendido esa cifra. Incluso las señoras de al lado nos preguntaron. Horas más tarde, la delegación del gobierno cifró muchas menos participantes, 37.000.

Nos dimos cuenta entonces que las mujeres que se habían acercado antes estaban mirando la pancarta de una de nosotras: “¿Se está arrancando los pezones?”. Le explicamos que sí, que Instagram censuraba los pezones femeninos y por eso aquella mujer dibujada en cartulina llevaba un bocadillo que preguntaba “¿Así mejor, Instagram?”.

Poco a poco, cerca de las diez de la noche, la gente se fue disolviendo. Volví a casa caminando sola. Media hora larga en la que aproveché para reflexionar sobre lo que habíamos vivido ese día. Me acordé entonces del lema de la manifestación: “Si nosotras paramos, el mundo se para” y me di cuenta que pocas veces el mundo se había movido tanto y tan bien. Tanto que al llegar a casa me miré al espejo vestida de negro y pensé que ojalá ninguna de las jóvenes que hoy nos manifestábamos mantuviera jamás una conversación como la de mis abuelas en el salón de mi casa.

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