El fenómeno Euphoria: las claves de las polémicas que arrastra su segunda temporada

Alejandro Alcaraz y Marta Ara//

El estreno de la segunda temporada de Euphoria ha generado mucho ruido por la crudeza a la hora de mostrar el sexo o el abuso de drogas en los jóvenes. La influencia del porno, la masculinidad tóxica o el consentimiento sexual son otros de los temas que la serie, creada por Sam Levinson y estrenada en la plataforma de HBO en junio de 2019, trata sin reparos y con una honestidad poco habitual en la pequeña pantalla. Euphoria ha regresado mucho más oscura y madura que nunca. La polémica está servida.

Para aquellos que no la hayáis visto, Euphoria trata sobre una joven que acaba de salir de desintoxicación, Rue Bennett, interpretada por la maravillosa Zendaya, quien recurrió a las drogas tras la muerte de su padre. La serie toca multitud de problemáticas sociales a través de sus protagonistas; Jules (Hunter Scheifer), quien sufre disforia de género, Maddy Pérez (Alexa Demie), que se encuentra en una relación de abuso psicológico; o Cassie Howard (Sydney Sweeney), que ha sufrido toda su vida la hipersexualización de su cuerpo, aparte del abandono de su padre.

Muchos de los que han hablado de Euphoria la han definido como una serie rompedora, que habla de los rincones más oscuros de la adolescencia y explora temas hasta ahora tabú. Sin embargo, lo cierto es que también ha sido criticada por haber “enredado” a su público con una fotografía y estética impecables, a través de la romantización de aspectos tan serios y violentos como las violaciones o las sobredosis. Pero, ¿es esto así?

Para empezar, la dura y decadente serie ofrece adolescentes peleando con las drogas, las relaciones de abuso de poder, el alcohol, los complejos corporales, la mentira y la salud mental. Renegando de la imagen vintage (rodada, ahora, en una Kodak Etkachrome que le aporta un toque retro e intimista que la diferencian de cualquier otra serie), los colores, el maquillaje y los vestuarios (ya que podríamos escribir un artículo entero dedicado a todo ello), indaga en las problemáticas expuestas anteriormente de una manera que podría ser considerada como morbosa, principalmente porque lo muestra todo. 

Levinson se aproxima a la adolescencia desde el exceso

Mientras otras series esquivan los momentos más incómodos, Euphoria los retransmite con tanto detalle y ahínco, como cuidado y respeto. No existe ni un solo personaje que no se preocupe por cada una de sus elecciones, por la imagen que dan de ellos mismos, por unas tomas de decisiones influenciadas por los demás… ¿Un ejemplo? Una escena en la que una adolescente transgénero menor de edad mantiene relaciones sexuales con un padre de familia, Cal Jacobs, cuyo personaje está reprimido en su homosexualidad latente. Es durante la segunda temporada, donde conocemos el trasfondo del personaje y su posterior liberación rompiendo con la familia y la vida falsa que había creado.

Todos los abusos (tanto físicos como no) mostrados en la serie provocan directamente consecuencias psicológicas en personajes como Jules, Maddy o Cassie, cuyas inseguridades propician que anteponga su deseo a ser amada a su amistad con Maddy, a través de una relación tóxica con Nate en la que actúa como sumisa, llegándole a rogar que elija su ropa, comida y amistades.

Imagen 1 Cassie_ Artículo Euphoria
Maddy (Alexa Demie) y Cassie (Sydney Sweeney) durante una de las escenas del capítulo 3 de la segunda temporada. Fuente: Cosmopolitan

Euphoria incomoda porque no existen rincones en su metraje donde esconderse y sentirse a salvo, y es justo este motivo el que impide concebir que la serie esté interiormente romantizada. No hay nada idealizado, sino representado, aunque es cierto que enseñar algunas escenas puede infundir confusión.

Un ejemplo perfecto de que la representación puede infligir cierta idea de romantización, se dio con el estreno del capítulo 2 de la serie, cuando el medio Esquire publicó: “La escena de los 30 penes es un gatillazo”. El famoso manojo de penes hace su debut en los primeros cinco minutos del episodio denominado “Stuntin’ Like My Daddy”.

Con esa referencia, las célebres ’30 pollas de Euphoria’ buscaban la introducción de la trama de Nate, un bully de cuidado protagonizado por Jacob Elordi, que detesta que sus compañeros de clase le hablen en los vestuarios con las “mingas al aire”. Esto se debe a que desarrolló una cierta aversión a los penes al descubrir que su padre abusaba (y abusa) habitualmente de trans y gays. Estos 30 penes captados desde todos los ángulos posibles (que Nate recepta como enemigos fálicos que le retroceden a su trauma) funcionan como un elemento cómico, que no termina ahí, sino que se traslada a otra escena en la que Rue y Jules explican qué tipo de “foto polla” es la correcta para enviar y cuál da indicios de psicopatía.

Sin meternos en el debate de si lo grotesco roza lo absurdo, son penes. Es decir, se han enfocado muchísimas vaginas, muchísimas, en una larga e innumerable lista de películas y series, y no ha habido queja alguna. Eso sí, podría contar con mis dos manos las veces que he visto un pene en una serie o en una película, y ahí es donde entra la normalización de ver un pene.

Ser explícito es una opción fácil, pero también la más efectiva

Euphoria es la explicitud hecha serie, aunque siempre nada a corriente con la trama y con el hilo narrativo y de estilo que trata de mantener. Una cruda realidad que impregna las juventudes de hoy en día, que no reparan en disgustos. Todas y cada una de las tramas vienen directamente de problemas de salud mental que podemos encontrar en multitud de jóvenes. Esto provoca que la exposición o reconocimiento de estos problemas puede llegar a originar incomodidad, o incluso rechazo, en el espectador.

Pese al recurso estético, sonoro y cinematográfico al que recurre la serie en cuanto alguno de sus personajes se droga, no se trata de glorificar algo tan nocivo como el consumo de droga, y mucho menos la drogadicción, sino que se trata de poner sobre la mesa las cartas que viven sus protagonistas, tanto en los momentos de éxtasis y “euforia” como en aquellos ligados a las consecuencias corporales y psicológicas que conlleva ser adicto. Por ejemplo, la escena en la que el pasillo en el que se encuentra Rue gira sobre sí mismo mientras el personaje trata de no caer caminando por el techo y las paredes, o en la que Rue y Jules se drogan juntas y divisan cientos de colores y dibujos que recorren y divagan sobre sus rostros. 

Este contraste se muestra a lo largo de la serie, como en el primer capítulo, en el que la bonita melodía de la Fly Me To The Moon de Bobby Womack acompaña la fuerte pelea que el personaje de Zendaya y su madre tienen como consecuencia del consumo de drogas. Así, Levinson nos enseña por qué Rue se droga, y la diversión y el frenesí que siente el personaje cuando lo hace, pero también nos muestra con extrema crudeza lo jodido que lo pasa con el “mono”, cómo busca desesperadamente volver a conseguir droga, y cómo resquebraja poco a poco su núcleo familiar una y otra vez.

Esta segunda temporada ha parecido escuchar todas las críticas hacia dicha romantización, y por eso ha centrado la mayoría de los capítulos en la degeneración física y mental tanto de Rue, como de su entorno más cercano.

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Rue (interpretada por Zendaya) durante un episodio de síndrome de abstinencia en el capítulo 5 de la segunda temporada. Fuente: Sportskeeda

Las escenas están ahí: lo enseñan todo con pelos y señales, pero enseñarlo no siempre implica apoyarlo, sino que se muestra la crudeza y la violencia de dichos actos tal y como son. En este caso, mostrar no es incitar, sino enseñar. 

Mientras la serie se colaba en las polémicas por mostrar fotos de penes o representar un fanfic erótico con dos miembros de la boyband One Direction, nos ha golpeado en la cara con su representación de la masculinidad tóxica y las consecuencias de la hipersexualización activa de la adolescencia. Al fin y al cabo, cualquier tipo de opinión tiene cabida en este tipo de controversias. Lo importante es que hablen, que dé lugar a debate, y que se cuestionen todos los puntos que toca la serie, que no son pocos.

Finalmente, el punto de inflexión que provoca no solo un cambio drástico en la serie sino en los propios personajes, es la llegada de la obra de teatro de Lexi Howard, Oklahoma (bueno, “Our Life”) en el ya icónico último capítulo de la segunda temporada. Lexi, cuyo personaje estaba relegado a un segundo plano y era mera observadora silenciosa de todas las tramas, ha conseguido el desdoble total de los personajes a través de esa realidad espejo basada en la vida de los protagonistas. Ahora los espectadores son ellos. Ahondamos en la relación de amistad entre Rue y Lexi, vemos los celos de la autora por su hermana Cassie e incluso victimizamos a Maddy tras mostrar con tremendo ahínco la relación tóxica que mantenía con Nate. Además, vemos como vuelve explícita la incomodidad con su sexualidad de este último tras mostrarse ante todo el instituto.

Con todas estas cartas sobre la mesa, solo toca esperar a la tercera temporada para conocer el destino de nuestros protagonistas favoritos. Eso sí, eso no pasará hasta 2024. Hasta entonces, siempre nos quedará Oklahoma.

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