El templo secreto de Ernestina de Champourcín

Paz Pérez //

Nunca quiso que la llamaran poetisa, prefería el término poeta. Y fue poeta. Ernestina de Champourcín fue una de las escritoras de la Generación del 27 que quedó relegada al exilio de la memoria después de la Guerra Civil. Luchó por no ser tipificada, por tener el mismo espacio que los hombres y creyó en una ambigüedad política y fronteriza en una España dividida que exigía más que nunca explicaciones.

“Cuando todo el mundo define y se define causa un secreto placer mantenerse desdibujada entre los equívocos linderos de la vaguedad y la vagancia”

Su misticismo se malinterpretó y está calificada únicamente como poeta religiosa. Pero fue mucho más que eso. Ernestina construyó con su poesía un templo que, aunque acariciaba la espiritualidad de Dios, iba mucho más allá de él. Era una búsqueda de amor humano y hacia uno mismo, un diálogo interno que contenía anhelos, recuerdos, sentimientos de comunión con la naturaleza, nostalgia por lo perdido y por lo imposible, incertidumbre, imposibilidad de conectar con lo exterior y un intimismo afilado y desgarrador.

Aunque sí abrazó al Opus Dei años antes de su muerte y sus últimos poemas sí tienen un carácter más religioso, es un error no querer descifrar el resto de su obra. Su espiritualidad y su influencia de autores como Santa Teresa o San Juan de la Cruz así como su amigo Juan Ramón Jiménez le llevaron a decantarse por el purismo poético que agonizaba en aquel tiempo ante el empuje de las vanguardias.

Un estilo que no impidió en aquella época que fuera una de las mujeres que primero consiguió abrirse paso entre el machismo de la época que cuestionaba aún la capacidad de una mujer para escribir. Aunque publicar no le supuso una lucha, ya que su padre era un barón y poeta, y enseguida fue valorada por escritores coetáneos como Salinas, Guillén o Cernuda.

Ernestina nació en Vitoria en 1905 y desde su infancia latía en ella un corazón soñador que le llevaba a inventarse historias y cuentos. Se crió en el seno de una familia aburguesada. Su educación fue privilegiada y dominó desde una edad temprana el inglés y el francés, lo que le convirtió en una de las traductoras más importantes del siglo XX.

Enseguida supo que la literatura era el medio en el que podía dejarse llevar por sus evocaciones y emociones y que eso le permitiría un mayor control de ellas de cara a las relaciones humanas. Su proceso creativo fue de la mano de una inmersión en sí misma y de un rechazo externo. A los 21 años publicó su primer libro, En silencio, y comenzó a ser reconocida en los círculos intelectuales madrileños, aunque actualmente es considerado por los críticos una obra aún inmadura en la que la autora todavía no ha encontrado su propio estilo y está demasiado influenciada por su admiración a Juan Ramón Jiménez.

Ernestina ChamporcinChampourcín fue lectora voraz y poeta muy abierta al aprendizaje de lecturas y descubrimientos, y no se privó nunca de explorar las posibilidades de las formas. Una búsqueda de estilo que ella misma dividía en varias etapas: “Primero, la eclosión inesperada; segundo, paisaje de amor. Pasión y pintura; tercero, invasión de algo que lo emula todo, búsqueda de fusión hacia otro; por último, amor trascendente. No basta ser, es inevitable trascender”.

Cuando llegó la República, que Ernestina acogió como un tiempo de cambio y esperanza, participó intensamente con su marido Juan José Domenchina en la vida cultural madrileña. Asistía a las tertulias de Baroja y Valle Inclán y tomaba parte en los manifiestos poéticos y en las conferencias en el Ateneo. Desde entonces, su voz se destacó original y se le puede considerar, según Emilio Miró, “la primera voz femenina del grupo poético del 27”. Su poesía es profunda y ligera, suave y contundente, y tiene la misma contradicción que ella guarda para sí y que parece nacer de la división que crea entre su templo y lo que pervive fuera.

También se asomó a la novela con una obra, escrita en 1934, La casa de enfrente, un libro por el que ella misma sentía rechazo y que calificó como “un error de juventud”. Sin embargo, muchos críticos como Carmen de Urioste-Azcorra consideran que es una obra que nos muestra la evolución social y sentimental de una mujer en las primeras décadas del siglo XX. Una novela que habla de cómo Elena, la protagonista,  trata de entender tanto a su vecino, al que se dedica a espiar, como a su amante Arturo. Esa imposibilidad de acceder al otro y el miedo que eso produce es un tema común en los poemas de Ernestina, que tiene una cierta nostalgia de poder tocar pero no traspasar y de la falta de entendimiento de la poeta del resto de seres humanos.

Pero, además, la novela es mucho más que eso. Es una crítica a la educación burguesa, a la deficiente formación sexual de las niñas —que, por ejemplo, se tienen que bañar vestidas—, a la necesidad de obediencia en el internado, y habla con naturalidad de las tendencias “perversas” de la protagonista.

Su voz, la voz de muchas

Ernestina nunca compartió la idea de que la mujer tuviera que tener necesariamente un papel distinto al hombre y aunque en los últimos años renegó de la palabra feminismo, lo cierto es que sus actos y sus escritos inspiraron a muchas mujeres de la época a no solo escribir sino también publicar. Algunos críticos creen que fue la que impulsó aquel movimiento a las que hoy llaman las Sinsombrero: María Zambrano, Concha Méndez, Josefina de la Torre, Margarita Manso o Carmen Conde, entre otras muchas.

“Nada sabéis de mí,  ni siquiera vosotros

cuya vida transcurre en paralela

sucesión frente al cauce de la mía.

Si eres mujer, no llores. Tu congoja

irrita y exaspera al que no entiende.

¿Qué saben ellos de ese amor oculto

que estremece tu cuerpo mal guardado,

de la enorme ternura desolada

que te invade sintiéndote desnuda?”

Todas ellas enterradas debajo de aquellos sombreros que se quitaron en público como acto simbólico en el que se liberaron del papel de madres y esposas. Ernestina, junto con ellas, defendió que sus poemas no fueran considerados únicamente para mujeres. Insistió en que el espacio reservado en los periódicos para la poesía aparecieran nombres de hombres y mujeres juntos; criticó la primera antología de Gerardo Diego que omitió a las mujeres y apareció en la segunda junto a Josefina de la Torre; también acogió con cariño a todas las mujeres que buscaron su consejo para dedicarse a la poesía.

En 1926 ingresó en el Lyceum Club, la primera asociación femenina que nacía para defender a la mujer, impulsada por María de Maeztu. Sus objetivos eran desarrollar iniciativas en todos los campos —ciencia, arte, caridad— que ayudaran a las mujeres. Una lucha que mantuvo aun exiliada en México donde siguió con la labor de promover las actividades culturales y formativas para las mujeres indígenas y además impulsó a otras mujeres intelectuales a poner en marcha asociaciones similares al Lyceum Club o publicaciones literarias.

Mujeres en el Lyceum Club Femenino

Pero no solo fueron sus actos por las mujeres los que inspiraron a tantas otras. Fue también su voz. Una voz que hablaba con firmeza, que no pretendía una feminidad débil y dependiente de los hombres sino que entendía que ser mujer no le brindaba un papel fijo e inevitable. Uno de los temas donde más se ve la fuerza que tenía Ernestina era en los poemas amorosos. Entre esos versos uno puede intuir toda esta fortaleza, un papel protagonista y activo —poco común en aquel entonces— en el que una mujer seduce y escoge.

“Voy a arraigar en ti. Mis fuerzas más oscuras

remueven lentamente la tierra de tu alma.

Quisiera penetrarte y enraizar mi esencia

sobre la carne viva que nutre tu fervor.

Ahondaré en ti mismo y abrasará tu sangre

el fuego de la mía rebelde y soñadora.

Invadido por mí, derribarás la cumbre

que te aleja del cielo”.

Este proceso de liberación puede encontrarse también en la novela antes citada, La casa de enfrente, donde se hace una alegoría al acto de amar del que es capaz una mujer. “¿Por qué los hombres no han de querer del mismo modo que nosotras? … Yo hago en cada ocasión más, mucho más de lo que él espera. En cambio, él no hace nunca las cosas que yo me atrevo a esperar”.  También muestra un claro rechazo al matrimonio y a las normas sociales que se exigían a una mujer en las relaciones amorosas como ser recatada, fingir frialdad, esconder sus sentimientos o no entregarse a su enamorado para hacerse valer.

Ernestina Champorcin

Pero más allá del plano amoroso, también destaca por su muestra sin tapujos del erotismo femenino. Por ejemplo, en la novela habla sobre disfrutar de su propio cuerpo: “A veces me quedo desnuda unos instantes para poseerme mejor”. Y rechaza su papel sumiso también en el plano sexual — “no he de limitarme, como otras mujeres, a ser ante el amor un objeto pasivo”— e incluso combina esta idea con deseos masoquistas cuando revela el placer que le provoca estar atada y depender de una “voluntad desconocida”. Todos estos ejemplos muestran la ruptura de Ernestina con las convenciones a las que se veían sometidas las mujeres burguesas en esa época.

“A tu lado me duele la ausencia de mi misma,

esa absorción en ti que me hace vulnerable

solamente a lo tuyo y me impide el retorno

a lo que me quitaste; la entraña de mi entraña”

En este libro aparecen muchos reflejos de la vida de la propia escritora. En las cartas que mantiene Ernestina con una de sus compañeras Carmen Conde, que aparece publicado en el epistolario editado por Rosa Fernández Urtasun, se puede leer como comparte fetiches con la protagonista del libro, anécdotas y los mismos pensamientos que la protagonista.

Las bombas y la segunda patria

Pero las bombas de los franquistas no sólo derribaron edificios, también destrozaron el ambiente despreocupado y cultural de la España republicana. Durante la guerra, Ernestina se dedicó a ayudar a niños huérfanos y a atender, como enfermera, a milicianos. De ello habla en su novela inacabada Mientras allí muere, cuya protagonista es una enfermera, donde analiza temas como la crítica a la educación de las niñas —ya presente en su anterior novela—.

La victoria de los golpistas llevó a Ernestina, como a tantos otros intelectuales, al exilio. Sin embargo, a diferencia de aquellos, no manifestó pena ni dolor por alejarse de España, algo que tuvo que hacer porque su marido fue secretario de Azaña y no tanto por sus escritos que estaban muy alejados de defender ninguna posición política.

 “Hay manos que triunfan al quedarse vacías y otras como puños que no conservan nada”

Además, Ernestina tenía mucha más conexión consigo misma que con cualquier tierra y tomó aquel exilio como un viaje de aquellos que solía narrar en los cuentos que le gustaba inventar en su niñez. México fue para ella otra patria donde encontró otro de sus placeres relacionados con la palabra: la traducción. Las dificultades económicas llevaron a Ernestina a tener que dedicarse a trabajos remunerados y no fue hasta que Daniel Cosío Villegas, ensayista mexicano, supo de estos problemas que Ernestina comenzó a volcarse en la traducción. La primera obra que tradujo fue una biografía de Voltaire. Le gustó tanto a Villegas que a partir de entonces le permitió escoger las obras que quería traducir. Y así tradujo más de medio centenar de obras, la mayoría ensayos, libros históricos o sociales.

Su trabajo fue visto como la construcción de un puente cultural que permitió “despertar las cabezas de la España franquista”, como diría su marido. En forma de traducciones en editoriales americanas empezaba a llegar la voz de los desterrados. Muchas de las traducciones de Ernestina de Champourcín siguen vigentes y reeditándose a pesar del tiempo transcurrido.

Vivió en México hasta 1972 porque su marido sí vivió el exilio como una condena y su deseo de volver, que no parecía compartir Ernestina, le arrastró de nuevo a la capital española. Allí conoció otro Madrid del que no disfrutaba. Volvió sin recibir una gran acogida y no fue hasta más de 15 años después cuando recibió el primer reconocimiento que ocurrió debido a que Luz María de Torremozas, una amiga suya, decidió enviar uno de sus libros a un concurso. Ernestina consideraba releerse a uno mismo, recitar o presentarse a concursos literarios como “una cursilería”.

Ernestina murió en 1999 con 94 años.  Su reconocimiento como poeta española no llegó hasta diez años antes, cuando se le concedió el Premio Euskadi de Literatura en castellano en su modalidad de Poesía (1989), el Premio Mujer Progresista, la nominación al Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1992 y la Medalla al Mérito Artístico del Ayuntamiento de Madrid en 1997. A pesar de ello, nada aparece en los libros de texto sobre ella. Y no figura en la memoria de la cultura colectiva española.

Ernestina Champorcin
Ernestina y su marido

Su marginalidad nunca fue algo que le acomplejara, sino que le regocijaba debido a que su hermetismo no corría peligro en aquel estado. Hablaba en las entrevistas con más molestia de los reconocimientos que del olvido. No entendía la poesía como un acto de comunicación hacia los demás, puesto que le parecía que la comunicación humana era incierta y rozaba lo imposible, sino que la defendía como un acto personal e íntimo. Fue su intimismo, precisamente, lo que sedujo a tantos amantes de la poesía que la descubrieron. En una entrevista que le hicieron unas estudiantes en 1996, cuando le preguntaron acerca de qué se siente por la falta de reconocimiento, ella contestó: “¡Naturalmente que no se me conoce! Yo no he ido por ahí hablando de mis libros, ni ofreciéndolos, ni presentándolos a concursos… Yo me casé durante la guerra y me dediqué por entero a mi marido y a mi poesía durante los 34 años que estuve en México, ¡nada más!”.

La poesía de Ernestina se convirtió en un templo secreto. Pero el templo aún se mantiene en pie, inmutable y alejado del mundo. Uno debe pasear por sus paredes de mármol en el silencio propio de quien busca. Allí son sagradas las voces de las mujeres que cantan a la libertad y a la rebeldía. La poesía de Ernestina es un refugio y una caricia que nos acerca a nosotros mismos. Ernestina intentó alejar ese templo del resto porque era su habitación propia. Porque tenía miedo a que dejara de ser un refugio y empezara a ser una atracción turística, puesto que con el paso del tiempo, el mundo le era cada vez más ajeno y molesto y solo encontró paz en sus versos.  “No hay mundo que la llene /pero sí algo vivo / que la besa y la calma”.

Autora:
Paz Perez foto Paz Perez nombre

linea decorativa

Periodista, poeta y viajera. No sé si por ese orden. Estudié periodismo para dedicarme a descubrir, comprender y cuestionar un mundo que me apasiona y decepciona al mismo tiempo. Soy la contradicción hecha persona. Un manojo de dudas existenciales que suelo resolver escribiendo en hojas sueltas planes que nunca sigo.

Twitter Blanca Uson


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *