La violencia de género era una realidad sin palabras

Irene Ibáñez//

“Lo que no se nombra no existe” -George Steiner.
La violencia de género es una realidad que ha existido siempre tras un velo de silencio. Un velo grueso y opaco que nos cubría a todos hasta que Ana Orantes lo deshizo contando en un programa de televisión los abusos a los que le había sometido su ex marido. Tras apagar las pantallas, Ana Orantes fue asesinada por el hombre al que acababa de denunciar en público. La realidad se hizo palabra, y la palabra recorrió los medios de comunicación de todo el país.  

Chillón explicaba en El giro lingüísitco que “conocemos el mundo, siempre de modo tentativo, a medida que lo designamos con palabras y lo construimos sintácticamente en enunciados, es decir, a medida que lo empalabramos”. Todos sabemos qué es el fuego porque le hemos dado un nombre, hemos asignado esa palabra a ese elemento, a esa realidad. Así construimos lo que nos rodea, le damos sentido y ordenamos lo que percibimos en nuestro entorno. Nombramos el fuego desde que se descubrió con la primera chispa, el primer destello. La violencia de género arde en las mujeres del mundo entero desde las primeras hogueras. Era una realidad sin palabras, pero existía y existe.

El término «violencia de género» no empezó a utilizarse hasta los años 90. Para María Luisa Maqueda, catedrática de Derecho Penal, la sociedad se sigue resistiendo a reconocer que la violencia de género no es el resultado de la diferencia de sexos, no es una violencia individual en el ámbito doméstico; es una discriminación atemporal fruto de la estructura social basada en el patriarcado. Es decir, se trata de entender esta violencia como algo cultural y social, no biológico.

A este respecto, debemos hablar de la gran diferencia que supone hablar de género o sexo. El problema en España, “es que -según asegura Menéndez en el número 2 de la revista Nueva Época- los diccionarios todavía no han recogido la relación entre género y sexo, lo que permitiría establecer el significado de violencia de género con el sentido de violencia contra las mujeres”. En la primavera de 2004, a raíz de la redacción del proyecto de Ley Integral contra la violencia de género, la Real Academia de la Lengua creó un informe posicionándose en contra del uso del sintagma «violencia de género», recomendando al gobierno que no se emplease en esta Ley. Esta decisión, tomada por 37 hombres y 3 mujeres, se basaba en la afirmación de que “en español no existe tradición de uso de la palabra género más que para referirse a género gramatical o al concepto de género entendido como «conjunto de seres establecido en función de características comunes» y «clase o tipo»”. En su lugar, la RAE recomendaba que la Ley se denominase “Ley integral contra la violencia doméstica o por razón de sexo”. Como concluye Lamarca en su artículo de la revista Espéculo, hablar de perspectiva de sexo, como querría la RAE, nos lleva a referenciar solo realidades biológicas y anatómicas, mientras que la perspectiva de género nos abre las puertas a la dimensión sociocultural en la que se encuentra la violencia de género.

Medios de comunicación

Tuvo que llegar Ana Orantes, coger un micrófono en un plató de televisión y contar su historia. Pero no solo eso, tuvo que ser asesinada después para que al fin nos decidiésemos a nombrar la realidad de la violencia de género. 

Fue entonces cuando se multiplicaron las noticias sobre abusos en el entorno doméstico. Según un informe del CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas) de marzo de 2001, “el 92 % de los encuestados afirmó haber visto, oído o leído noticias referidas a malos tratos a mujeres en los seis meses precedentes”.

Si como decía Steiner, “lo que no se nombra no existe”, con Ana Orantes descubrimos también que salir en los medios de comunicación, es existir. A raíz de su aparición en televisión y su asesinato, no solo se deslizó ese velo de silencio, sino que también “se generó un nuevo «prototipo» de información en el sentido de que modificó los criterios de selección periodísticos, favoreciendo el aumento de la cobertura sobre el tema”, recalca Menéndez en Nueva Época. Desde 1997 se ha logrado la visibilización del problema mediante los mass media y las redes sociales, pero aún queda mucho trabajo por hacer en cuanto al tratamiento y calidad de este tipo de noticias.

En un taller sobre perspectiva de género impartido en Zaragoza por Ana Requena, redactora jefa de género en eldiario.es, afirmaba que las mujeres “seguimos apareciendo muy relacionadas a otra persona, o como amas de casa o como personas sin especificar su ocupación”. En el diario El Mundo en su sección llamada La otra crónica, nos encontramos con este titular: «El braguetazo de la hermana de Jesulín con un millonario de Forbes». La mujer de la que se habla en esta frase no es una mujer, es la hermana de y la amante de. En otro periódico, en este caso el ABC, leemos en la sección de Economía: «El salario que debes pagar a tu empleada del hogar en función de las horas de trabajo». Es decir, usamos el masculino como género neutro, pero si se trata de “empleada del hogar”, no caben dudas, solo puede ser una mujer.

Al difundirse la violencia de género en los medios actuales, parece que está de moda incidir en los detalles escabrosos, atraer al lector mediante el morbo y el sensacionalismo, explicar incluso la cronología de la muerte de una mujer: “Detenido por descuartizar a una joven de 18 años en Valdemoro (Madrid): el hombre fue sorprendido después de que arrojara el cráneo ensangrentado de una mujer en unos matorrales”, se podía leer en una noticia de EFE del 18 de octubre de 2019. También parece que hemos caído en la rutina, que esto es el pan de cada día con frases como esta: “Asesinada a cuchilladas otra mujer por su expareja”, titulaba Coleto en El foro de Ceuta el 1 de octubre de este año. Como incidía Ana Requena, “no es otra mujer asesinada”.

“No hay pensamiento sin lenguaje”, afirma Chillón en El giro lingüístico; y la sociedad pensó muy tarde la violencia de género. Hizo falta algo más que expresar la realidad con palabras, tuvo que ser nombrada por los medios de comunicación. “Lo que no se nombra no existe”, decía Steiner, pero siempre habrá realidades muy complejas y dolorosas que habrá que gritar además de designar.

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