Excepcionalismo americano II: el final de la narrativa

Texto: Tim Stark. Traducción: Ignacio Pérez. Fotografía principal: David Tubau//

 

La voz de un norteamericano en España

 

Donald Trump es un genio, esa es la tesis que defiendo hoy. Sustento mi argumento en que la necesidad de narraciones para controlar/guiar a la sociedad ha llegado a su fin y en que Trump –quizá inconscientemente– se ha dado cuenta de ello y lo utiliza en su propio beneficio. Me baso en el ritmo y el contenido de sus afilados mensajes, de 140 caracteres o menos, y en el evidente éxito que tienen.

¿Recuerdan al gran saxofonista Charlie Parker? Charlie, con relativamente poco apoyo, cambió el rumbo del jazz –uno de los logros más complejos del ser humano– de manera permanente y en cuestión de solo unos minutos. Nadie duda de que fue un genio, pero eso no evitó que sufriera y sobrellevara ese sufrimiento interno de forma egoísta y autodestructiva. Se dice que no acompañó a su hija durante su sufrimiento y posterior muerte, y llegó a torturarse tanto que, cuando murió, a la de edad de 34 años, los médicos creyeron que el cuerpo pertenecía al de un hombre de 60. Las biografías de Charlie Parker intentan explicar esa adicción a las drogas como una combinación de sensibilidad artística elevada con un encuentro por casualidad con la morfina después de un accidente de tráfico. Aun así, a Charlie Parker se le ama. Charlie Parker nos ayudó. Charlie Parker era un buen tío.

Esa es la historia que contamos.

Donald Trump, al que todos –menos sus defensores– ven como un bufón mentiroso, estúpido y racista es, por el contrario, el malo. Más aún si se recuerda que en 2016, durante su campaña, llegó a decir que podría plantarse en la quinta avenida de Nueva York, disparar a alguien y no perder votantes. Lo dicho hasta ahora es supuestamente verdad –si es que alguna vez existió tal cosa– y, pese a los esfuerzos que realizaron los periodistas para dar a conocer su naturaleza deleznable, ahí lo tienen: presidente de los Estados Unidos. Los periodistas americanos se esfuerzan cada día en alcanzar mayores cotas de honestidad y en publicar mejores textos de periodismo narrativo pero, en este momento, prácticamente todo lo que escriben es pánico verbalizado. Parece ser que para que se te respete dentro de la profesión debes, al menos, haber escrito un artículo en el que se describa a Donald Trump como un hombre loco, torturado, vagando por los pasillos como un cíclope ciego; asustándose a cada paso, tropezándose y avanzando inexorablemente hacia su propia autodestrucción. Puede que esto sea verdad pero, aun así, Donald Trump sigue siendo un genio.

Trump

 

El ser consciente de lo que uno hace o dice no es un requisito para ser un genio. Tampoco lo es caer bien. Solo hacen falta pequeños destellos de perspicacia y la habilidad de actuar conforme a ellos. Aunque nos pese, somos cómplices del ascenso de Trump y el surgimiento de la política del odio. Y lo somos por el simple hecho de que damos la espalda a aquellos que actúan de acuerdo a una moral que consideramos inferior. Donald Trump es esa arrogancia hecha carne, una arrogancia que siempre vuelve y nos muerde.

Y quizá llegue a comernos enteros.

Hace unos días, en el portal de periodismo –a veces interpretativo– Salon, Bob Cesca escribió que “no podemos dejar que Trump controle la narrativa de todo un país”. Muy bien –pensé- ¿y cómo lo hacemos, Bob? Hillary Clinton no supo cómo hacerlo. En su bien financiada factoría de narraciones, Hillary Clinton no encontró ni un solo método que fuera la mitad de efectivo que uno de los grotescos tuits que publica Donald Trump cuando, literalmente, está en el baño.

En una entrevista con Juan Cruz en El País, en 2008, Christian Salmon, uno de los observadores más sagaces que hay actualmente en lo que respecta al uso que de la narrativa hacen los políticos y las grandes estructuras sociales, destacaba la importancia que tiene el tiempo en la efectividad o –de forma más precisa– la necesidad de narrativas:

Antonio Damasio, neurocientífico, apuntaba recientemente que “el cerebro es la articulación de la razón y de la ilusión”. Es algo normal. Hoy en día, una campaña electoral es una agresión permanente al cerebro con un bombardeo de noticias falsas. Cuando Roosevelt hablaba en la radio, uno tenía tiempo de pensar: la razón podía retomar el argumento. Hoy no hay tiempo de reflexionar, y eso hace desaparecer los espacios democráticos. Para que existan, esos espacios necesitan tiempo, una arquitectura institucional (las cámaras parlamentarias, el poder ejecutivo, el poder legislativo). Toda esa arquitectura está desapareciendo y está siendo sustituida por otra escena: la escena de la performance política, es decir: un hombre se sitúa delante de la audiencia y trata de orientar las emociones hacia sí mismo.

 

The Great Eclipsing of Trump 2017

En otras palabras: no hay tiempo para la narrativa.

No es algo nuevo. Debord, en su Sociedad del espectáculo, ya lo advertía. Tampoco es patrimonio exclusivo de los intelectuales: en una de sus predicciones distópicas, Philip K Dick, en 1968, ya hablaba de la destilación de la narrativa en pura emoción. Más tarde, Blade Runner llevaría ese argumento al ámbito de la cultura popular. Hemos tenido tiempo para pensar en ello y sospecho que lo que hace que rechacemos –más bien, que temamos– la posmodernidad  no es el hecho de que creamos que narrativas desagradables y mal editadas vayan a acabar con nuestras altas aspiraciones venidas directamente del altísimo y van a ser reducidas a tristes y silenciosos momentos delante de un café en un bar por la noche. Lo que de verdad tememos es que no haya narrativa, que las secuencias de palabras desparezcan de verdad.

The Coolest Selfie Pic

Ya no queda tiempo. Y quizá no haga falta. Trump puede haberlo demostrado ya.

La descripción que hace el periodista y escritor argentino Martín Caparrós sobre la narrativa hipócrita de la edad de oro de la democracia americana da justo en el clavo –El País, 26 de enero de 2017-. Habla sobre una narrativa resucitada por los propios periodistas que esperan volver a la era pre-Trump. Caparrós no se fía de esa arrogancia que nos llevó a descartar a Trump en base a la idea de que un candidato debe ser honesto y estar preparado. Ahora, ha vuelto a acertar con el resurgimiento de la narrativa hipócrita con respecto a la independencia catalana –The New York Times, 25 de septiembre de 2017-.

Se nos está pasando y no estamos reconociendo que esa hipocresía, recogida a través de cámaras y en grabaciones para la posteridad ya no importa. Y no importa porque la narrativa ya no es esencial. Carles Puigdemont ha tomado nota y se ha apoyado en el oportunismo temporal, más que en el storytelling, para ascender.

13/01/2015

Este es el horror y, por eso, hace unas semanas, las imágenes más escalofriantes no fueron las de Rajoy ordenando ingenuamente a la Guardia Civil evitar las votaciones, como aventuró Caparrós un mes antes. Las imágenes más escalofriantes fueron las de las fiestas tipo MTV en las calles celebrando la República de Catalunya, llenas de sonrientes y atractivos periodistas de televisión; fiestas sin ningún peso, basadas en una narrativa que puede comprimirse en una sola palabra: independencia, un término que dista mucho de ser una narración.

Mi español todavía flaquea, pero, aun así, percibo que el tono Caparrós suena cansado, hastiado. Agotado, como el novelista americano Kurt Vonnegut cuando, de joven, siendo prisionero de guerra, fue obligado a empujar enormes carretadas con cuerpos calcinados la mañana siguiente al bombardeo de Dresde. Termino y me da la sensación de que debería disculparme por la eficiencia, la genialidad y las últimas exportaciones de mi cultura y mi  presidente.

 

 

Versión original

American Exceptionalism II: The End of Narrative

My thesis today is that Donald Trump is a genius. My argument is that the need for narration to control / lead a society has come to an end and that he (perhaps unconsciously – it doesn’t matter) recognizes this and uses it to his advantage. My supporting data are the rhythm and content of all his weaponized communications of 140 characters or fewer and their obvious success.

Remember the great saxophonist Charlie Parker? Charlie, with relatively little collaboration, changed the course of jazz, one of the most complex of human undertakings, permanently and in a matter of minutes – no one doubts that he was a genius. Charlie also managed his psychic pain selfishly and self-destructively, was arguably absent in his own young child’s suffering and death, and self-tortured to the point that his 34-year-old body was identified upon his death by the medical examinar as that of a 60-year-old. Biographies of Charlie Parker aim to pin his drug addiction on a combination of heightened, artistic sensitivity and a chance encounter with morphine after a car accident. We love Charlie Parker. Charlie Parker helped us. Charlie Parker, was nice.

So we paint that narrative.

Donald Trump, who everyone not his supporter considers the poster-child for stupid lying racist buffoon and cause of all that is bad, while on the campaign trail in 2016, famously said that he could stand on Fifth Avenue in New York “and shoot somebody” and he would not lose voters. This is a truth if there ever was one and, despite the best efforts of all prim and proper offended journalists to publicize his disgusting nature (fact-checked, or course!), he is now the president. The more honest amongst American journalists are (supposedly drinking a lot more these days, and) delivering the most personal efforts of narrative journalism in their careers, and all are, essentially, essays of verbalized panic. The new smug in American journalism requires as table-stakes that one write a story about how Donald Trump is wondering the halls (tortured, of course!) like a madman, a blinded Cyclops scaring hell out of all in his path, trampling them as he stumbles toward his own self-destruction. May be true, but he is still a genius.

Self-awareness is not a requirement of genius. Nor is being nice. Only flashes of insight and the ability to act on them. We are arrogantly complicit in the rise of Trump, the rise of the politics of hatred, whenever we dismiss as less effective those who possess a morality we consider inferior. Donald Trump is that arrogance, made flesh, come back to bite us on the ass.

A few days ago, writing for Salon, the American online (often interpretive)journal, Bob Cesca argued that “We can’t let [Trump] control the national narrative.” OK, great, I thought, so how do we do that, Bob? Hillary goddamned Clinton didn’t know how. Hillary goddamned Clinton couldn’t find, in her well-funded narrative factory, anything that was as half as effective as the grotesque tweets shat out by Donald Trump, literally, while on the toilet.

In a 2008 interview (“Vivimos en la gran mentira” by Juan Cruz for El Pais), Christian Salmon, one of our most adept describers of the public, modern use of narrative by politicians and other large organizations, points out the effect of the compression of time on the effectiveness, or more precisely, the need for narrative:

Antonio Damasio, neurocientífico, apuntaba recientemente que “el cerebro es la articulación de la razón y de la ilusión”. Es algo normal. Hoy en día, una campaña electoral es una agresión permanente al cerebro con un bombardeo de noticias falsas. Cuando Roosevelt hablaba en la radio, uno tenía tiempo de pensar: la razón podía retomar el argumento. Hoy no hay tiempo de reflexionar, y eso hace desaparecer los espacios democráticos. Para que existan, esos espacios necesitan tiempo, una arquitectura institucional (las cámaras parlamentarias, el poder ejecutivo, el poder legislativo). Toda esa arquitectura está desapareciendo y está siendo sustituida por otra escena: la escena de la performance política, es decir: un hombre se sitúa delante de la audiencia y trata de orientar las emociones hacia sí mismo.

In other words: There is now no time for narrative.

This is of course not a new idea. We read Debord’s Society of the Spectacle in school. Nor is it the purview exclusively of intellectuals – the spectacle is interpreted a mere year later in Philip K Dick’s 1968 dystopian prediction of the distillation of narrative into pure emotion (by simply skipping the narrative!), and later delivered to popular culture as illustrated in the Blade Runner films. We have had time to think about this, and wesuspect that the real reason we dislike, actually fear, postmodernism is not that we expect nasty (and badly edited) narratives that reduce our greatest aspirations from the celestial down to (oh God please, at least a few) sad but peaceful, wordless moments staring over a cup of coffee into the night from the window of a Runyunesque cafe, but, rather, we fear that there will be no narrative, no sequence of words, at all.

And if there is no time for something, well, there can be no need for it. Maybe this horrible genius Trump has proven that.

The Argentinian journalist and writer Martín Caparrós’ description of the hypocritical narrative of the golden age of American democracy, a narrative resuscitated by journalists who expect a return to same post-Trump, is spot-on (El Pais, 26 January 2017). He is suspicious of the same arrogance that leads us to exclude Trump from consideration as an entity skilled or honest. Now, only a few months later (The New York Times, 25 September, 2017), he reviews and correctly predicts the outcome of resuscitating the hypocritical narrative of Catalunyan independence.

But what we are all failing to admit, publicly, or perhaps even to ourselves, is that this hypocrisy, which Donald Trump identifies on camera and records for all posterity, no longer matters.Because narrative no longer matters. Carlos Puigdemont has obviously taken notes, because his recent rise has been due to timing, not storytelling.

This is the horror, and this is why last Friday night the only images more frightening than those of Rajoy’s recently foolishly assigned Guardia Civil suppressing the vote, as mentioned by Caparrós a month ago, were those of the MTV-like gleeful street parties celebrating the Republic of Catalunya, replete with very attractive smiling tv journalist hosts, devoid of any weight, based on a narrative comprised of only one word, independence, which is not a narrative at all.

My Spanish is still weak, but to me Caparrós sounds weary. Weary like the American novelist Kurt Vonnegutafter he was forced as a young prisoner of war to push cartloads of dead burned bodies the morning after the bombing of Dresden. I almost feel like I should apologize for the efficiency, the genius, of my culture, my president, in our latest export.

 

 

 

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