Cinco poetas españoles en el Festival Luna de Locos

Gloria Serrano//

Del 29 de agosto al 2 de septiembre, el Festival Internacional de Poesía de Pereira, Luna de Locos, contará con los versos, con la escritura, con los libros y con la presencia de cinco poetas españoles. Se trata de Elena Medel, Raquel Lanceros, Luis García Montero, Ernesto Pérez Zúñiga y Jordi Vals Pozzo. Pereira, un municipio colombiano que probablemente no conozcan tan bien como el Macondo inexistente de García Márquez. Pereira, la capital de Risaralda en la región paisa, en el eje cafetero. Pereira «la querendona, trasnochadora y morena» y «La perla del Otún». También una ciudad infiltrada por la violencia que causa el narcotráfico, la misma que inspira eventos culturales como este.

“Y fui rey en mis sueños y nada al despertarme”, de Shakespeare, es el lema que acompaña el cartel con el que este año promocionan la onceava edición del festival que tuvo sus orígenes como parte de “un ejercicio extraacadémico en el ámbito de la Universidad Tecnológica de Pereira, en el Planetario de la Universidad con una programación dedicada a la difusión, el análisis y la creación poética” que integra a estudiantes, profesores y miembros de la comunidad universitaria.

Jhonattan Arredondo vive —o resiste o lucha— en esta ciudad. Es estudiante de literatura y un cronista nato, abandonado a la poesía o salvado por ella. Es un chico de veintiséis años que lee a Juan Vicente Piqueras, a José Hierro, a Giovanni Quessep y a cualquier escritor que se cruce en su camino y sea capaz de revolucionarle el espíritu, de liberar su mundo interior, de sacarlo del tedio o de la angustia que, a veces, nos causa la vida. Es un escritor de los que escriben por sobresalto, que encuentra en la palabra ese “alimento maldito”. Y es, sobre todo, un amigo a quien me une la conmoción que ambos advertimos al leer Confesión del fugitivo.

26 números de la revista Luna de Locos se han publicado en dieciocho años, la antología que antecede al festival, “una publicación dedicada a ser la memoria impresa, y también el espacio de reflexión y comunicación” del proyecto del mismo nombre que ya se ha convertido en corporación, con el objetivo de hacer de diversas expresiones artísticas —música, cine, teatro, artes plásticas— las herramientas que le permitan a Pereira construirse como núcleo urbano y como sociedad. Además de la Universidad Tecnológica, para ello han contado con el apoyo de la alcaldía y de la Cámara de Comercio que vieron con buenos ojos la realización de un festival en el marco de la agenda cultural de la región.

Jhonattan colabora en la organización y cada año su entusiasmo crece al conocer la lista de invitados que en esta ocasión incluye a escritores de Canadá, Israel, Italia, Gran Bretaña, España, Argentina, Ecuador y, por supuesto, de Colombia. Es Jhonattan quien, además, me sugiere comunicarle a otros el impacto social que connota esta obra, resultado del empecinamiento de muchos, como él, en que la poesía sea experiencia personal y colectiva, revelación, diálogo, enseñanza. Para unírseles en esta locura llega hasta Pereira Elena Medel (Córdoba,1985). Para leerles su ensayo ‘El mundo mago. Cómo vivir con Antonio Machado’ (Ariel, 2015). Y para decirles: “Descalza, de puntillas, vuelvo a tener diez años y a morirme/por dentro de tanta soledad…”.

Raquel Lanceros (Jerez de la Frontera, 1973), poeta y traductora, presentará su obra poética reunida en ‘Esta momentánea eternidad. Poesía’ (2005-2016). Y recitará sus versos llanos en los que habla de las cosas que no se dicen, pero se piensan: “Yo nunca resistí las despedidas/con su mezcla de muerte y precipicio/con el aroma amargo de la finitud”. Luis García Montero (Granada, 1958) les dirá a los pereiranos que “las palabras son barcos/y se pierden así, de boca en boca/como de niebla en niebla” y que todos juntos, durante el festival, conformarán una bruma espesa que recorrerá calles y plazas para llenarlas con un lenguaje que es exactitud, el poético.

Quizás, y con algo de suerte, el madrileño Ernesto Pérez Zúñiga (1976) invite a los asistentes a preservar su memoria histórica y les diga que “no se puede recordar lo que se desconoce”, como escribió en Descubrir el olvido, el artículo publicado en El País, en el que hace referencia a otro poeta, Miguel Hernández. Y quizás lea en voz alta: “Yo soy/el que cohabita detrás de mi figura/Yo soy/aquel que mueve mis muñecos/yo soy aquellos árboles rezagados al bosque/Yo soy/aquella casa donde nunca he llegado”. Jordi Valls Pozo (1970), poeta catalán, podría comenzar diciendo que “el amor es un espectáculo incierto”. O que “no se muere por crucifixión, se muere/por metáfora”.

Todo esto podría suceder como ha ocurrido en años anteriores, como lo cuenta Jhonattan y como ha quedado documentado en videos y galerías fotográficas en las que se ve a niños y adolescentes aproximarse a los poetas para conversar con ellos, para decirles que sí, que sí, que la cultura y las artes son muestra de la grandeza humana y pueden ser vasos comunicantes de la paz en Colombia, un país donde medio siglo de conflicto armado tiene desaparecidas a miles de personas —más de 60 mil de acuerdo con el Centro Nacional de Memoria Histórica—.  

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Pero la violencia no tiene fronteras y —menos mal— la poesía tampoco. Hoy, cuando Barcelona muestra su vulnerabilidad frente a los atentados terroristas, cuando Las Ramblas dejaron de ser epicentro turístico para convertirse en plató mediático de víctimas mortales, bien valdría que diéramos unos pasos hacia atrás en esta carrera descontrolada del 2.0, para regresar a las coordenadas donde la palabra tenía un peso en nuestras vidas y nos ayudaba a esclarecer los porqués de distintas situaciones. Me refiero a cuando sí nos deteníamos a leer y esa lectura —sin necesidad de bots ni de hechos alternativos—hacía que nos adhiriéramos a una causa noble, denunciáramos una injusticia o nos asombráramos de nuestra existencia, tan limitada en el planeta.

No es añoranza, sino sentido común. César González o Camilo Blajaquis (Morón, 1989) fue uno de tantos pandilleros argentinos, uno de los agujereados por las balas y los cuchillos, por la pobreza y el desprecio hasta que se topó con la poesía y entonces comenzó a regurgitar lo que denomina “esquizofrenia poética”. En la actualidad es poeta y director de cine. Es una persona —un ser humano— que dejó de ser fantasma o monstruo gracias a que alguien alumbró otro camino en el que no es preciso robar ni matar para subsistir. De esta forma logró trasladar sus sentimientos a poemas como este:

“Yo sí pienso en esas cosas./Pienso en lo frío de la soledad del sol/en la eterna virginidad de la luna,/en la relación amorosa del viento y las hojas/y en que la lluvia/es el momento/en que el cielo y la tierra/tienen un orgasmo.

La gente reunida en medio de un parque, sentada en el pasto fija su mirada en Mónica Aasprong. El verde de un jardín botánico, en tonalidades que se antojan imposibles, sirve de marco para que otros escuchen atentos a Gianni Darconza, mientras en un auditorio repleto Víctor Rodríguez Núñez narra lo que aconteció una tarde en la que “el sol decidió quedarse fijo”. En bibliotecas, en salones de usos múltiples, en patios escolares la poesía penetra y muestra que siempre es algo que trasciende. Hombres y mujeres, adultos y ancianos, expertos y aficionados sucumben al poeta, renacen con la poesía y no les queda más que aplaudir maravillados, como si hubieran llegado al cielo.

Esta es una de las muchas alternativas para estimular el aprendizaje y democratizar el conocimiento, para ponerlo al alcance de todos. Luna de Locos es un festival transformador de la ciudad y de sus habitantes. Es un lapso en el que cada lugar adquiere una nueva significación, un nuevo aspecto y un carácter comunicativo. Es las sonrisas que los asistentes no pueden ni quieren disfrazar; sonrisas imprescindibles como la poesía de Celaya y de Vallejo, particularmente en un panorama mundial donde abundan individuos enfermos y estresados por lo precario del trabajo —si lo tienen—, por el utilitarismo y la competencia en las relaciones personales —si aún las fomentan—; en fin, por el sinsentido que nos causa este momento histórico saturado de posverdad, en el que no conseguimos reconciliarnos con el pasado ni vivir a plenitud el presente ni visionar otro futuro más alentador.

Cuando la escritora Piedad Bonnett informa en El Espectador de Colombia que, “según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), 332 millones de personas padecen depresión en el mundo; de ellas, 788.000 mueren, casi todas por suicidio. Se calcula que para el 2020 esta será la enfermedad más frecuente en el mundo, superando las cifras de las enfermedades cardiovasculares y el cáncer”. Cuando Dawn Foster publica en The Guardian un artículo acerca del alto grado de insatisfacción laboral de los británicos y las consecuencias que conlleva. Cuando la contundencia del mal parece ganar terreno ante lo incontable del bien. Cuando esto pasa, no estaría mal tomarnos en serio el efecto vinculante de la poesía y considerarla como un toque, una llamada, un saludo urgente.

“Es increíble como con tan poco se hace tanto. Por ejemplo, los del equipo hacemos de todo: acompañamiento, prensa, organizamos; mejor dicho: lo que nos toque”, comenta Jhonattan y agrega que su amigo José Castro, estudiante de la Licenciatura en Filosofía, también se encuentra entre los colaboradores. Gracias a estos jóvenes el programa del festival adquiere redondez mediante la realización de conversaciones, lecturas, talleres y galas que expanden las oportunidades y equilibran la historia de marginación de la capital risaraldense que, a pesar de su problemática latente, en agosto celebra las Fiestas de la Cosecha y los 154 años de su fundación.  

Para el escritor colombiano William Ospina, este festival policéntrico es un proceso de convivencia, educación, pensamiento y sensibilidad que debe ser valorizado en su total dimensión. Hagámosle caso, pensemos que versificar nuestra cotidianidad tiene mayor relevancia de la que ahora imaginamos. Hagámosle caso y, parafraseando a Álvaro Mutis, pensemos que la poesía es una de las tantas cosas que necesitamos “para ayudarnos a llegar hasta el fin de cada día”.

Autora:
Gloria Serrano foto Gloria Serranolinea decorativa

Periodista mexicana en Madrid, siempre buscando la grieta en el muro. Máster en Gestión de Políticas y Proyectos Culturales (Universidad de Zaragoza). “Saber mirar y saber decir” son los principales retos del periodismo que aspira a no quedarse en el olvido, que intenta contar algo más que una simple historia. Para mí, cultura se escribe en plural, es la fiesta de lo colectivo.

Twitter Blanca Uson


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