¿Forever young?

Lucía Hernández//

La vejez llega más pronto de lo deseado. Se instala en nuestra vida y la trastoca.  La sociedad ha asumido una imagen peyorativa de ella y aunque sobrellevarla es posible, hay muchos que no saben cómo. Sin embargo, en el fondo es una suerte poder vivir lo suficiente para alcanzarla.

Las ganas de morir o de seguir viviendo. Una dentadura sumergida cada noche bajo el agua del vaso que se coloca en la mesilla, junto a la cama. Ser el campeón de la brisca o el eterno perdedor. Un kit a prueba de bombas: el bastón, el carné del jubilado y el pastillero de rigor. Responder “si Dios quiere” a un “hasta mañana”. La prueba del azúcar y de la tensión. Levantarse los domingos para sentarse en un banco del parque a dar de comer a las palomas, para ir a misa. Una dieta baja en colesterol, en sal y en sabor. Cantar “¡bingo!” un miércoles cualquiera. Un carajillo a las cuatro de la tarde y un paquete de pipas al atardecer. Apuntarse a última hora a una excursión del inserso. El taca taca y una operación de cataratas. Ligar en un chiringuito de Benidorm o en la consulta del reumatólogo. Hacer trampas jugando al dominó y jugársela cruzando en rojo.

Detrás de esta vida, anodina para algunos, se oculta el verdadero significado de la vejez, un itinerario escarpado por el que solo transitan los afortunados, pero que deja exhaustos a cuantos llegan a su final. Cada caso es diferente: algunos prefieren el parchís a la brisca; otros el tinto de verano al carajillo, pero la mayoría, sin esperarlo, debe enfrentarse a las mismas emociones.  

La soledad

Una de las lacras de llegar a una edad muy provecta es que no todo el mundo corre su misma suerte. Muchos ancianos deben presenciar cómo las personas que siempre los han acompañado comienzan a desaparecer y, con ellos, los lazos que los han mantenido unidos toda la vida. Los entierros, las enfermedades, los discursos de despedida se multiplican a lo largo de esta fase vital, que comienza a partir de los sesenta y cinco años. Asimismo, los parientes toman cada uno su propio camino y forman una nueva familia en la que el más veterano puede no ser el mejor atendido.

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De forma progresiva y silenciosa, empieza a forjarse un sentimiento tan desesperanzador como destructivo, que, por si fuera poco, puede llegar a rompernos el corazón. Así lo avala una investigación de John Cacioppo, profesor de psicología de la Universidad de Chicago, que afirma que el destierro —y encierro— extremo puede aumentar un 14% las probabilidades de muerte prematura de las personas mayores. En su estudio, el docente no incide tanto en la soledad como aislamiento físico, sino más bien en la sensación subjetiva de abandono: no es igual vivir solo que sentirse solo. Además, algunas consecuencias del envejecimiento, como la ceguera y la pérdida de la audición, agravan esa sensación de desamparo, que no debe concebirse únicamente como un mal psicológico sino también como una herida biológica que cuesta —y mucho— curar. Los expertos advierten de que el peligro radica en su carácter cíclico. La soledad es un círculo vicioso: cuanto más aislado se encuentre un individuo, más amenazado se siente. Y cuanto más amenazado se ve, más se aísla, según Steve Cole de la Universidad de los Ángeles.

Aunque en algunos casos no llegue a ser mortal, sí desencadena efectos perjudiciales para la salud: puede interrumpir el sueño, aumentar la presión arterial, incrementar el aumento matutino del cortisol — hormona del estrés—, alterar la expresión génica de las células inmunitarias, aumentar los niveles de depresión y reducir el estado de bienestar subjetivo general.

Un estado al que muchos llegan por propia voluntad. Apaleados por los dolores, deciden apartarse del mundo. Como si un teléfono que nunca suena y una mesa con un solo comensal fueran los únicos antídotos para aliviar todos esos males que muerden, que golpean y que, desde luego, se alimentan del temor.

El miedo

¿A qué? A todo. A la fragilidad, a la discriminación. A la incapacidad y la ineptitud. En cuanto una persona recibe la etiqueta de jubilado, la sociedad movida por su insaciable afán utilitarista le condecora con otra mucho peor: la de inservible. Ante esta situación casi de vacío existencial, da comienzo un tiempo de duda. Según la psicóloga Marina Canalla, la jubilación representa para muchos mayores “una transformación que la realidad impone. A partir de esta nueva realidad se abre un tiempo diferente, un momento de incertidumbre acerca del presente y del futuro, y los intereses empiezan a desdibujarse”. Este cambio afecta hasta a la propia identidad: “Las personas se desconocen. Aun cuando la jubilación haya sido esperada y deseada siempre tiene algo de sorpresa. Encontrarse con mucho tiempo libre, sin exigencias, sin responsabilidades que cumplir, entre otras modificaciones, repercute en el cambio de imagen que uno proyecta para sí mismo y para los demás. Las personas se interrogan acerca del sentido de la vida”.

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Las nuevas tecnologías tampoco han contribuido a mejorar su situación. Los mayores deben aprender a usarlas si quieren realizar actividades que antes ejecutaban por medio de métodos hoy en desuso. Sin embargo, en muchos casos los resultados no han sido los esperados. Con el paso de los años, se ha ido configurando una masa de ciudadanos que ha asumido la inevitable obligación de integrarse en el sistema digital con la esperanzada resignación del juguete anticuado. Como los mensajes que se quedan en el contestador y que nadie escucha, los ancianos, que colocaron las primeras piedras de la democracia de la que ahora disfrutamos, que hicieron del respeto y de la obediencia sus principales atributos, siguen esperando a que se cuente con ellos.

Consecuencia de esa incompetencia nace el mayor miedo de la senectud: la dependencia; el terror a perder la capacidad de decisión y, por extensión, de actuación. Al ser humano occidental le asusta necesitar, como también le asusta la despedida.

La muerte

En la cultura occidental nadie sabe cómo prepararse para decir adiós y la mayoría teme ese momento. Aunque hay quienes, influenciados por la religión cristiana, lo ven incluso como un regalo, como una oportunidad para reunirse con Dios y para reencontrarse con viejos familiares, la idea de dejar de existir, de abandonar un mundo que pase lo que pase continuará girando, resulta devastadora para muchos. La longevidad acerca a las personas al abismo, y se lo recuerda cada día.

Junto con este terror al polvo, a la nada, emerge la melancolía, la percepción del paso —y del peso— del tiempo. Como cantaban los Rolling Stones, “el tiempo no espera a nadie, y no esperará por mí”. Los recuerdos conviven a nuestro lado a lo largo de todos los años. Sin embargo, a una determinada edad se apoderan de nosotros. Encierran toda una vida en un puño, en un pañuelo manchado de lágrimas, de comida, de pintalabios, de felicidad y de desazón. Nos agitan, nos zarandean y nos inducen a maldecir la misma vida que antes veneramos. Los felices días de juventud se tornan más distantes e inalcanzables si se ven desde una mirada gastada y cansada que rememora el pasado como una huida hacia atrás, ante una madurez inevitablemente decepcionante.

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Además, los mayores se dan cuenta de que ya nada será como antes: las primeras veces se reducen y las dificultades aumentan. Ya lo decía Paul McCartney: “todos mis problemas parecían tan lejanos. Ahora parece como si estuvieran aquí para siempre”. Como él, muchos preferimos nuestro Yesterday.

Los manuales de autoayuda nos recomiendan hacer todo lo posible para envejecer con dignidad, pero…¿acaso eso es posible? ¿Qué es la dignidad? Desde una perspectiva optimista, se fomenta la idea de que mostrar un espíritu joven puede contribuir a encarar mejor la senectud.  Así, se promueve, a su vez, la teoría de que todos podemos ser Forever Young.

No hay duda: la vejez es una etapa más, la última. Lo malo no son las arrugas que marchitan la piel como fruncen una hoja; ni los dolores que entorpecen un recorrido como algunas comas dificultan la lectura. Lo malo es que cuando termina al punto final no le suceden dos puntos suspensivos.  

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