#Instabodas

Paula Muñoz//

Las instabodas están de moda. Cada vez son más las blogueras, youtubers e instagramers que se suman a la tendencia de hacer de estas ceremonias un evento digno de cualquier red social. ¿La clave? Más de un vestido a medida, cientos de invitados y fotografías que merezcan toneladas de likes.

Anoche mi hermana, en una de sus rebeldías adolescentes de las de negarse a leer ese libro tan gordo del que se tiene que examinar en el instituto, me obligó a ver con ella un clásico cinematográfico: “Orgullo y prejuicio”. Los personajes de esta película de Joe Wright, basada en la novela británica de 1813, tienen como primordial objetivo en la vida contraer matrimonio. Al menos, la protagonista, Elizabeth, es una rebelde empedernida –casi más que mi propia hermana- y se niega a hacerlo ante la ausencia de amor. Aunque, por supuesto, al final lo hace.

Nunca he sido demasiado probodas: mis padres no se casaron y yo todavía no entiendo la necesidad de hacerlo. Los tiempos han cambiado y, si Elizabeth Bennet un día como hoy hubiera decidido dejarse de orgullos y prejuicios y continuar soltera, no ocurriría nada. Como mucho, la gente rumorearía sobre su celibato o, en el peor de los casos, solo la apodarían la loca de los gatos.

Nunca he sido demasiado probodas pero empiezo a serlo. Primero fue Dulceida, la influencer española por excelencia con más de dos millones de seguidores en Instagram. En 2016, contrajo matrimonio con su mujer Alba Paul y compartió su boda de cuento en la plataforma YouTube. Una boda en la playa de Sitges de por lo menos cinco ceros y casi 200 invitados. Un vestido de la firma Ze García con unos 35 metros de tul, que parecía más sacado de una película de Disney que de un taller de costura. No un vestido: dos, porque la fiesta posnupcial requiere lucir otro modelito. Para su sorpresa, el diseñador catalán amaneció al día siguiente con casi 10.000 seguidores más en su cuenta de Instagram.

Después fue Laura Escanes la que, casi un año más tarde, en mayo de 2017, le daba el “sí, quiero” al enigmático publicista y escritor Risto Mejide. Como si de una discípula de Dulceida se tratase, la también influencer catalana volvía a emocionar a Youtube con un video que ya ha sido visualizado en más de dos millones de ocasiones. La diferencia de edad de la pareja, que tan criticada había sido, demostró no afectar en absoluto a su boda de ensueño. De nuevo, muchos ceros a la derecha, más invitados —500 para ser exactos— y dos vestidos, esta vez de Rosa Clará. Cinco damas de honor y perfecto hasta el más mínimo detalle. En definitiva, lo justo y solo lo necesario para el que iba a ser, como poco, el mejor día de sus vidas.

Nunca he sido demasiado probodas pero estas dos influencers han conseguido influenciarme en cierto modo. Mientras ambas hacían realidad la boda de sus sueños, yo soñaba con tener algún día la mitad del dinero que estaban despilfarrando en ellas.

No lo hacen solo con la ropa y las marcas. Los viajes son una tendencia en auge y ahora, como vemos, también las bodas. Pero no hablamos de cualquiera: solo de las dignas de Instagram, las mismas que materializan el cuento de hadas más recurrente del patriarcado capitalista. Las redes sociales han transformado el mercado nupcial y han revolucionado la labor de los wedding planners, encargados de asegurarse de que todos sus proveedores ayuden a crear un evento digno de compartir. “Si no hay foto, no ha pasado” es la nueva máxima de la era digital. Dulceida y Laura Escanes son solo dos de las que más éxito han cosechado en España y, ambas, menores de 30 años. La estrategia de marketing de las firmas, aliarse con youtubers e instagrammers para atraer a las jóvenes masas, está de moda.

Y, hablando de bodas de película, el pasado fin de semana el príncipe Harry de Inglaterra y la actriz afroamericana Megan Markle se dieron el “sí, quiero” bajo la capilla de San Jorge del Castillo de Windsor. Lady Di habría estado orgullosa. Los medios de comunicación han alabado sobre todo la “sencillez” de la novia —vestida de Givenchy Alta Costura— y de la ceremonia. Además, el “You look amazing, I’m so lucky” del príncipe al ver entrar en el altar a su futura esposa entrar cumplió con creces las expectativas de sus más de 100.000 royalfans —cuanto menos, extravagantes—  allí concentrados.

El evento los convirtió en los Duques de Sussex y ha dado de qué hablar: desde el esmalte de uñas low cost de la novia hasta el highlighter que iluminaba su rostro, sin olvidar las velas de Diptyque que se emplearon para perfumar la ceremonia. Un ejemplo en toda regla de cómo se hace periodismo de investigación. Es una pena que las normas de la realeza inglesa prohíban a la princesa Megan tener Instagram, porque lo habría petado.

Al menos, ella se ha casado por amor y con el feminismo por bandera. Así lo ha declarado en su nuevo perfil de la página web de la monarquía británica: “Orgullosa de ser mujer y feminista”. Tan orgullosa como Elizabeth Bennet, por eso ha tomado la misma decisión que ella. Y la más importante de su vida: dejarlo todo atrás y vivir a merced de su marido hasta que la muerte los separe.

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