Una noche de colores con Kike Calzada

Texto: Susana Matondo. Fotografías: Alex Delgado Jimeno//

La Bóveda del Albergue es un lugar antiguo, discreto, humilde, escondido entre las calles de Zaragoza. Siempre ha sido un punto de encuentro de amantes de la cultura, un exponente de artistas cuya ambición está lejos de ser la de llenar estadios. Kike Calzada es uno de ellos. Él es un joven toledano cuya personal imagen pasa por unos pitillos, un inseparable sombrero Fedora, y muchas historias que plasmar en acordes. 

Kike repetía concierto en Zaragoza sin saber. Sin saber si iba a encontrarse la misma acogida que el último verano que estuvo en La Bóveda presentando su primer trabajo en solitario, El Hombre sin Hombros (2014), una obra musical dividida en cuatro piezas, una historia contada a través de cuatro canciones distintas pero con continuidad narrativa y melódica.

Esta vez Kike venía a presentar su segundo trabajo, Coloreados (2015). Para entonces ha había llevado su Gira de Colores a Albacete, Barcelona, Madrid, León, Ponferrada, Bilbao, Málaga, Granada y Guadalajara. Acompañado por Estefano Bradi al contrabajo, para el que durante el concierto pediría aplausos en varias ocasiones, Kike aterrizó en Zaragoza para estremecer las paredes medievales de La Bóveda. Y lo logró.

El público era modesto, pero quienes no conocían a Kike se quedaron a escucharle. Probablemente se sintieran atraídos por el magnetismo especial que provocan un hombre solitario y su guitarra. El concierto se abrió con los primeros suaves acordes de Dos que, pecando de repetir lo que ya muchos le habrán dicho, recuerda a algunos de los trabajos más emocionales de Pereza. Estas notas que evocaban a las canciones de Leiva y Rubén hicieron que el público se sintiera cómodo y sin intención de moverse del sitio.

Inmediatamente el registro musical cambió al llegar Clave de Sol. Con un predominio del contrabajo y un discreto punteo de guitarra, el músico nos traslada a un antiguo local clandestino de jazz, con una letra de tintes decadentes y un cantante que pide “un gramo de paracetamol”. Aunque la versión en directo no dejó nada que desear, hay que apuntar que la versión estudio de Clave de sol cuenta con una interpretación a piano que completa la inspiración de música negra.

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Siempre en contacto directo con el público, pero sin perder la concentración, Kike Calzada salta de los temas de Coloreados a otras de su disco anterior, el mismo con el que aterrizó en Zaragoza el pasado verano. “Es la historia que cuenta cómo un tipo tiene que perder el rumbo para encontrarse en equilibrio, darse cuenta de que está hecho de madera y después comprender que todo a su alrededor resulta ser como una bomba de disuasión. Después coge su sombrero y su guitarra y se viene a La Bóveda de Zaragoza y os canta esta canción”. Durante la primera parte de la historia del Hombre sin Hombros, Verticalidad, el público no para de sonreír, ni dejará de hacerlo, porque el músico requiere su ayuda para llevar adelante Somos Madera,con más de un entusiasta que canta el estribillo a todo pulmón: “Somos madera, somos madera, y nada más. Somos madera… con toda probabilidad…”. 

Lo cierto es que la pureza del sonido en directo de Kike Calzada invitaba a no perder la concentración. La voz sobre el escenario no tenía nada que envidiar a la de la versión estudio. Y tanto las cuerdas de la guitarra como las del contrabajo sonaron limpias y aguantaban los vibrantes acordes finales lo necesario.

La atmósfera se empequeñece cuando llega Sincronizados, una canción de colores cálidos con la que cualquiera puede fantasear a sentirse identificado: “cuenta la historia de dos personas que, a pesar de no verse, en realidad están sincronizadas siempre, y parece que el tiempo y el espacio no pasen nunca entre ellas”, explica el músico. A lo largo de la velada los momentos de intimidad crecen cuando arranca con Salvando la especie, que acompaña con una armónica: la recompensa no compensa en este estado de emoción”. Entre canción y canción, atravesamos los colores de su música: desde una melancolía gris hasta una sinceridad llamativa como el amarillo.

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El colofón fue inesperado, fuera de lo planeado en el setlist –no era el primer cambio que hacía a lo largo de la noche-. Estefano dejó el contrabajo estratégicamente colocado en el escenario, y Kike abandonó la guitarra para acercarse a otro instrumento: el piano. El toledano acarició las teclas para tocar No Quiero, canción de su época con el grupo Prohibido Adelantar. En esta ocasión dio un giro radical respecto a la versión original, llena de guitarras eléctricas y rítmicas. La musicalidad del piano aportó intimidad, cercanía, una atmósfera más azul.

Pero a lo largo del concierto no recayó toda la atención sobre Coloreados. Kike quiso compartir protagonismo con quienesfueron algunos de los míticos músicos que habían dejado huella en él y su estilo. Así, interpretó Pájaros Mojados, de Quique González, Crímenes Perfectos, de Andrés Calamaro, No digas que no, de Enrique Urquijo -a quien Kike alabó- y, por último, Quiero que estemos pegados, de los Ronaldos.

Durante la velada en La Bóveda con Kike Calzada, atravesamos una gama de colores que van desde el negro que evoca el jazz, hasta el rojo pasión que infieren las canciones de letra más intensa. En cualquier caso, la música de Kike Calzada tiene la capacidad de teñir a quien la escucha.

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