Filosofía millennial: un relato personal más, un trauma menos

Sara Jáñez Dolz//

La represión emocional está llegando a su fin con los millennials, una generación de jóvenes que ha dejado atrás los prejuicios que sus antecesores tenían sobre los sentimientos. Los discursos personales son todo un éxito entre ellos: unos crean obras narrando sus vidas y otros las compran sin dudarlo. Gracias a ellas entienden sus emociones y descubren realidades de las que nadie les había hablado antes. Así es la terapia millennial.

Sé de memoria cada uno de los pasos estratégicos que hay que seguir para que la ropa no se encoja en la lavadora o para que la quinoa quede comestible. También sé que “si tiendes bien, planchas la mitad” y que si limpias el horno con vinagre y bicarbonato queda impoluto. En la nevera tengo una nota que me recuerda que cada tres meses tengo que pagar las facturas y cada mes el alquiler. A su lado, hay un flyer con ofertas del Telepizza y un post-it rosa con el número de teléfono del Jin Jin, un restaurante chino que te trae a casa el arroz tres delicias por poco más de tres euros. Hace cuatro años que no vivo con mis padres.

Era junio. Recibí un SMS: “Has sido aceptada en la Universidad de Zaragoza”. Metí, modo tetris, todas mis cosas en dos maletas y varias mochilas de deporte. Pensé que ser una gurú del orden sería suficiente para sobrevivir a 170 kilómetros de casa. Tres meses después aterricé en Paseo de Sagasta y abrí la puerta de lo que sería mi hogar durante los dos primeros años de vida universitaria: pocos metros cuadrados, alguna cucaracha y una decoración bastante rancia. Compré marcos de fotos y dos botes de químico para acabar con la invasión nocturna de insectos.

Empezaron las clases y, entre tardes de biblioteca y fiestas universitarias, exploré la corporeidad de la soledad, que es esa cosa que sientes cuando abres la nevera y ya no te quedan tuppers con la comida de tus padres. Ser la Marie Kondo 2.0 ya no me servía para solventar esta situación, pero al poco tiempo leí un verso que me reconfortó:

“Hay personas que podrían

ser ciudades

porque se convierten en hogar

allá donde vayas”.

Su autora es Loreto Sesma (1996), una poeta de 23 años que acababa de escribir estas líneas y uno de sus primeros libros, 317 kilómetros y dos salidas de emergencia, mientras recorría la distancia que separa Zaragoza -su ciudad natal- de Pamplona -el lugar al que se mudó para estudiar Periodismo-. Yo lo leí en el tren que me llevaba cada domingo de la casa de mis padres a la Estación de Goya, a diez minutos andando del piso con olor a insecticida. Teníamos la misma edad y el mismo sentimiento. Ella escribía y empezaba a ser famosa y yo lo leía y empezaba a entenderme.

Siempre han existido artistas cuyas obras son un reflejo explícito de sus emociones, como la pintura de Van Gogh en el siglo XIX o los poemas de Bukowski en el siglo XX. Sin embargo, lo de mostrar el interior de uno mismo nunca fue objeto de “superventas”. Hasta ahora. Solo hace falta acercarse al stand de poesía de cualquier librería para comprobar que al lado de las obras de Loreto Sesma hay otras tantas cortadas por el mismo patrón: libros escritos e ilustrados por jóvenes de la generación Millennial que narran su vida personal.

Sus coetáneos no lo consideramos como algo exacerbado o de mal gusto. De hecho, el discurso emotivo se ha convertido en todo un éxito entre nosotros. Ter, la famosa youtuber que cuenta con casi 400.000 suscriptores, admite en Manifiesto en Defensa del Millennial que: “Somos una generación que ha transformado la prensa rosa, el cotilleo de toda la vida, en psicoanálisis.”

Ella considera que ver el programa televisivo Keeping up with the Kardashians es una terapia. Yo, que leer y ver las ilustraciones de artistas jóvenes como Laura Escanes (1996), Inés Jimm (1996) o Paula Bonet (1980), también. Todo esto merece una explicación, pero, lo primero de todo ¿quiénes son los millennials?

Ilustración-Paula-Bonet
Ilustración: Paula Bonet
Los millennials: legitimadores del salseo

Los millennials son aquellos que nacieron entre el 1980 y el 2000, por lo que como indican la empresaria Núria Vilanova y el profesor Iñaki Ortega en su libro Generación Z. Todo lo que necesitas saber sobre los jóvenes que han dejado viejos a los millennials: “Han aceptado de forma natural acontecimientos tales como la consolidación de la democracia, la intensificación del proceso de globalización, la diversidad étnica, cultural y religiosa y el avance de la sociedad posindustrial.”

Para los que formamos parte de esta generación es casi imposible concebir un mundo distinto al impulsado por estas trasformaciones. Nos han educado en el hedonismo y, como indicó el escritor Simon Sinek en la conferencia Millennials in the workplace, criados con “estrategias fallidas de paternidad”. Es decir, que nuestros padres nos vendieron que, por el mero hecho de desearlo, podríamos conseguir todo lo que quisiéramos en la vida. Luego, llegó la crisis.

En España, “los jóvenes del milenio” sumamos unos 8 millones y, aunque cerca de la mitad posee un título universitario, componemos casi el 37% de los parados en el territorio nacional. Por este motivo, también se nos etiqueta como la “generación nini” o la “generación perdida”. Vilanova y Ortega afirman, con rotundidad, que han sido las depresiones económicas y nuestro precario devenir profesional lo que nos ha generado una frustración que reflejamos en la forma de ser.

Así que si te apetece conocer esta personalidad tan característica, solo tienes que teclear el nombre del millennial del que quieres saber más en el buscador de alguna red social y curiosear entre las publicaciones que comparte. No es un mito, la mayoría las utiliza de manera continua para contar todo lo que hace y mostrar su identidad al mundo. ¿Por qué? Sinek te da la respuesta: buscan diferenciarse del resto. Por ello, los millennials no suelen tener ningún prejuicio a la hora de contar, a través de las pantallas, lo que piensan y sienten.

Este fenómeno se produce porque las redes sociales facilitan la expresión de unas emociones que, quizá, no se mostrarían si estuviéramos frente a la persona a quien se las queremos transmitir. La distancia física funciona como una especie de amortiguador ante las posibles reacciones indeseadas de los demás y posibilita una comunicación más honesta y directa.

Internet se ha convertido en el hábitat natural de los millennials. De hecho, un estudio realizado en 2016 por el Observatorio de Redes de la consultora The Cocktail Analysis afirma que el 41% de nosotros no puede vivir sin su móvil y que el 65% solo se desconecta de la red una hora al día. Así, se configura el ecosistema perfecto para eso que llamamos los influencers.

Los pseudoFreud del siglo XXI: influencers e ídolos de toda una generación

Están entre los veintipocos y los treintaitantos y, como el resto de personas de su edad, usan las redes sociales para dejar constancia de todos sus movimientos. La única diferencia es que ellos cuentan con millones de seguidores y tienen la capacidad de influir en la conducta y en las opiniones de todos aquellos que les admiran. Han contribuido a que los pantalones de pana y las riñoneras hayan vuelto a estar de moda, pero también a que algunos tabúes hayan dejado de serlo. Al menos, entre los más jóvenes.

Laura Escanes (1996) admitió en Instagram que sufrió abusos sexuales por parte de su padre, Inés Jimm (1996) que estaba atravesando una etapa muy dura de su vida y Paula Bonet (1980) que tuvo dos abortos espontáneos en menos de un año. Las tres publicaron su propio libro en 2018. Las tres exteriorizaron todas sus emociones en esas páginas. Las tres triunfaron entre sus iguales: los millennials.

A este público ya no le importa si estas obras son de una estupendísima calidad. De hecho, es posible que ninguna de ellas pase a ser recordada como una de las grandes creaciones de la humanidad, pero como expone el ensayista Eloy Fernández en Emociónese así. Anatomía de la alegría (con publicidad encubierta), lo personal se ha instaurado como “un criterio totalitario” que ahora interesa más que otros temas porque revela aquellas condiciones humanas que, por lo general, se han preferido sepultar.

Los ídolos de los millennials hablan de sentimientos que las generaciones anteriores decidieron contener y, por tanto, comparten realidades por las que muchos jóvenes han tenido que transitar en silencio. “Son mártires que han sacrificado su privacidad para que nosotros seamos mejores personas” o eso asegura Ter, porque los influencers son los encargados actuales de hablar de las tendencias primavera-verano, pero también de transmitir al mundo qué se siente cuando tienes que superar una ruptura sentimental, la pérdida de un ser querido o un trastorno mental.

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Ilustración de Inés Jimm en su libro «Intimímate»

Aprovechan su éxito en Internet para volcar todas sus vivencias en unas obras que, con seguridad, serán compradas por sus miles de seguidores, ya que consideran estas creaciones como una especie de manuales de consulta a los que recurrir cuando no saben cómo orientar sus pensamientos. La falta de psicoeducación es una lacra que denuncian muchos expertos y que los millennials intentan solventar de esta manera.

Se sienten reconfortados cuando conectan con alguien que está atravesando una situación similar y luchan por acabar con el estigma de lo emocional para poder hablar de ello con libertad. Pero para conseguirlo, tendrán que arremeter contra la percepción que tienen los miembros de las generaciones anteriores porque, a diferencia de ellos, suelen coartar su capacidad para exteriorizar los sentimientos.

Llorar no es de débiles

Si mostrar en público el lado más sensible de uno mismo ha estado mal visto durante años es porque nuestra sociedad se ha estructurado sobre lo que la socióloga Arlie R. Hochschild denomina “normas de expresión emocional”, que son las que delimitan las circunstancias concretas en las que podemos expresar nuestros sentimientos. “En la vida cotidiana, muchos de los comentarios que recibimos de los otros se refieren a la conveniencia o no, la justificación moral o no, de mostrar una determinada emoción en un específico contexto social y a unas personas concretas”. Por ello, para no entrar en conflicto con la forma establecida de actuar, se han configurado espacios específicos para la liberación emocional: si te invade la rabia vete a un gimnasio y ni se te ocurra dejar que se te note en la oficina.

La cosa no se queda ahí. Para dar rienda suelta a lo que sentimos sin que nadie nos mire raro, no solo hay que prestar atención al lugar en el que estamos, sino que también hay que considerar la identidad sexual que nos califica. El filósofo Paul B. Preciado señala que las instituciones que se rigen por este criterio imponen modelos de conducta y definen, entre otras cosas, las posibilidades de expresión que tienen hombres y mujeres. Por ello, muchos creyeron que llorar delante de otros era una de las peores cosas que podía sucederle a un macho alfa.

Las razones por las que la sociedad ha condenado a la emotividad siguen. La religión cristiana, que fue junto al comunismo la doctrina con más influencia durante el siglo XX, convenció de que la parte racional del alma debía luchar contra las pasiones, ya que, quien no lo consiguiera estaría pecando y, por tanto, tendría que ser castigado a través de la penitencia.

Para evitar estos perjuicios, la mayoría de los predecesores de los millennials -los miembros de la generación X (1969-1980), los baby boomers (1949-1968) y la generación de los niños de la posguerra (1930-1948)fueron educados bajo los principios estoicos y senequistas. Los representantes de estos movimientos filosóficos aseguraron, allá por el siglo IV a. C., que la mejor opción para conseguir una vida equilibrada era actuar con contención ante aquellas situaciones externas que pudieran alterar el ánimo de una persona. Vaya, que las emociones nos convierten en esclavos.

Así, la sociedad se ha ido desenvolviendo junto a estas “formas de control social” que, como afirma Hochschild, han contribuido a  generar una “máscara emocional” generalizada que limita la libertad del individuo y le obliga a “sentir en sus adentros”. Sin embargo, los millennials han empezado a salir de esta jaula.

Hemos crecido con menos prejuicios gracias a la globalización y al desarrollo de las nuevas tecnologías. A muchos nos interesa consumir productos culturales que reflejen los sentimientos de una persona porque, a través de ellos, se conocen realidades de las que nunca nadie nos había hablado e incluso, en muchas ocasiones, descubrimos que nos sentimos reflejados en aquello que el artista o, en la mayoría de casos, el influencer plasma.

En ese momento, sus obras autobiográficas dejan de ser meros objetos que se ven, leen o escuchan y se convierten en catalizadores que estimulan el fin de la represión emocional.

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Ilustración de Inés Jimm en su libro «Intimímate»
Catarsis millennial

La palabra “catarsis” fue definida por Aristóteles en Poética. El filósofo entendió que este término, que proviene de la palabra griega “κάθαρσις” o “purga”, sirve para referirse a la capacidad que tenía la tragedia de impulsar la purificación emocional en la audiencia. Los espectadores se involucraban tanto en la trama que experimentaban lo mismo que los personajes y daban rienda suelta a todo el torrente emocional que guardaban en su interior.  La represión se dejaba a un lado y los sentimientos se mostraban de forma pura, por ejemplo, mediante el llanto.

Puede que te vaya a suceder algo parecido si lees la obra de Paula Bonet, Roedores. Cuerpo de embarazada sin embrión, y descubres qué siente una mujer cuando sufre dos abortos espontáneos. O igual, si ves los dibujos de Ines Jimm y despiertan algo en lo más profundo de ti. También puede que te ocurra si te sientes reflejado en las líneas que escriben Laura Escanes y Loreto Sesma. O incluso, si eres como Ter, y te identificas con las Kardashian. Da igual, el resultado siempre será el mismo: un mayor autoconocimiento.

La prevalencia de la dicción del “yo” en las obras de los influencers ayuda a los jóvenes que las consumen porque, gracias a ello, pueden poner nombre a sus emociones, así como entender mejor sus comportamientos y los del resto de personas que les rodean. De hecho, Sigmund Freud ya utilizó la catarsis con este fin: quería que sus pacientes experimentasen todos los sentimientos que tenían reprimidos, los comprendiesen y pudiesen hablar de ello con libertad.

La normalización de la emotividad es una de las consecuencias más visibles de este fenómeno. Los millennials ya no condenan -o al menos no tanto como antes- a quienes exteriorizan lo que siente en público: si sus referentes han hablado de abusos sexuales, abortos o situaciones amargas en redes sociales y libros, ellos también pueden hacerlo. A está generación le gusta el salseo porque es un tipo de narración que le abre la puerta a la empatía y favorece la comprensión del lado íntimo. El hiperconsumismo de las obras de esos influencers que cuentan su vida puede tener su parte negativa, pero también contribuye a que dé menos miedo decir que vivir a 170 kilómetros de casa, con alguna cucaracha y sin tuppers en la nevera, a veces, se hace duro.

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