Pedaleando la ciudad

Ester Fernández García//

La compañía con la que viaja Kiko se llama Glovo, pero en Zaragoza también operan otras como Deliveroo o la recién llegada Uber Eat. A poca gente le resultan desconocidos ya estos nombres pero menos todavía si añado que Kiko y sus compañeros son esos que recorren la ciudad encima de su bicicleta con una mochila cúbica de color amarillo que les cubre toda la espalda. El caparazón de este glover es diferente. Se compró la opción de mochila estrecha -donde no cabe una caja de pizza- y alta. Su bicicleta le obliga a ir más inclinado y sentía que el cubo amarillo le iba a desestabilizar. Aun así, la suya también es grande y reconoce que “a veces pesa un poco”. Le costó, junto con una base de carga y algunas cosas más, 65 euros, que le devolverán cuando deje Glovo: “Sino, los reclamaré”. Su bici, su móvil y esta mochila son los únicos instrumentos que Kiko necesita para (re)descubrir la ciudad cada día. Su equipaje lo eliges tú.
Sims en bicicleta

Este viaje no es más que un videojuego del que Kiko es el protagonista. Tiene que ir cumpliendo objetivos en diferentes lugares de la ciudad. Cuantas más misiones realice y mejor las haga, sube su puntuación. Los jugadores son personas de Zaragoza que eligen desde su móvil a dónde tiene que ir Kiko, qué tiene que recoger y dónde lo debe llevar. A priori, no parece un mecanismo difícil; son las premisas de muchos videojuegos. La única diferencia es que no manejamos a un muñeco digital que está dentro de una pantalla, sino que controlamos la realidad. Kiko es glover,  lo que en el lenguaje moderno quiere decir un repartidor a domicilio de toda la vida.

Este sector movió en España 1.099 millones de euros en 2017, un 9% más que el año anterior. Este auge se debe, según los expertos, al cambio en los hábitos de los consumidores. Los nuevos modelos laborales de las grandes ciudades hacen que, especialmente las personas jóvenes, tengan menos tiempo libre para cocinar. Las motos de Telepizza comparten ciudad con bicicletas -aunque también hay repartidores a bordo de motos e incluso de coches- de Takeaway, Grubhub, Deliveroo, Glovo o Uber Eat, entre otros. Las tres últimas recorren Zaragoza y, aunque fundamentalmente todas son cadenas de comida a domicilio, se diferencian en algunas cosas más que el color de la mochilas que los repartidores llevan al hombro. Glovo, por ejemplo, te lleva a casa cualquier cosa que quepa en el caparazón amarillo y el resto solo entregan comida. La forma de pago también es distinta según cada modelo. En Deliveroo hay un precio fijo por pedido que es más alto que el inicial de Glovo, pues funciona como un taxi: este precio inicial como si fuera la bajada de bandera -algo más de dos euros- a lo que se suman treinta céntimos por kilómetro recorrido y cinco céntimos por cada minuto de espera en el establecimiento a partir del quinto. Uber Eat paga más a priori pero se queda con el 40% de lo que gana el repartidor y no le paga el IVA. Esta compañía recién llegada a Zaragoza, a diferencia de las otras dos, no tiene horarios, el trabajador acepta los pedidos cuando el quiera y no se le asignan de forma automática. Los medios de transporte son de los propios repartidores en las tres compañías.

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Kiko regresó a Zaragoza después de siete meses intentando buscarse la vida en Argentina, dónde ya había vivido un año de intercambio en la universidad. Recuerda que antes de marcharse ya había visto mochilas amarillas atravesando las calles y después de ver un anuncio en Instagram pensó: “¿Por qué no?”. Le gustaba ir en bicicleta y tampoco había tenido grandes trabajos, así que pensó que podía ser una buena opción. Además, lo planeó como una búsqueda de empleo: “Dentro de esta ola de encadenar trabajos precarios, al final aceptas cualquiera, te acomodas y se te quitan las ganas de buscar otros. Estar en un sitio tan precario te fuerza a buscar uno mejor”. Así que un uno de diciembre estaba en la reunión que significaba su bautismo: ya era glover, solo quedaba esperar que su móvil sonara.

Y es que hasta que ese sonido estridente no sale del móvil, hasta que la aplicación no te avisa de que tienes un nuevo pedido que realizar, no sabes realmente en qué consiste el viaje. Cinco meses después de comenzar en Glovo, ese sonido ya tiene hasta cama en la cabeza de Kiko y se ha metido tan profundo que le acompaña y pone banda sonora a sus recorridos. ¿A qué suena ese aviso? A presión. La presión por hacerlo bien. También por hacerlo rápido para que vuelva a sonar y poder hacer más y más para que la jornada resulte provechosa. Si la bici lleva un rato parada, suena liberador. A última hora es el sonido de la incertidumbre: “Puede que sea un pedido que te venga muy bien porque te deje al lado de tu casa y también tienes esa cosa de que te quedan diez minutos y si me mandan a la otra punta de la ciudad me van a fastidiar la tarde”. Porque la vuelta a casa no está incluida en este paquete de viaje. Cuando el videojuego se apaga, Kiko desaparece de la pantalla y comienza su vida real en la que nadie le paga la media hora que le ha costado volver a su casa desde la Almozara.

Poco tiene que ver Kiko con el flâneur decimonónico que deambulaba sin prisas por la ciudad, a pesar de que ambos redescubrían su propia ciudad. El Phileas Fogg de Verne no le queda tan lejos o a las periodistas Nellie Bly y Elizabeth Bisland, que batieron el récord de los ochenta días para dar la vuelta al mundo. Salvando las distancias, ambos viajes se parecen al recorrido diario de cualquier glover: viajes programados al minuto, como una carrera contrarreloj en la que hay que cumplir unos objetivos. Cuando el tiempo del flâneur se acelera y el siglo XIX va acabando, surge el globetrotter que busca la autenticidad de la ciudad pero que tan alejado sigue quedando del repartidor a domicilio actual. El geonauta ya se empieza a parecer más a esos ciclistas de caparazones amarillos, ya que el conocimiento deja de ser el principal objetivo. El geonauta mercenario, por ejemplo, también buscaba un lucro de sus itinerarios (Angulo, 2017).

Para entender mejor estos viajes, conviene conocer su mecanismo. Es sencillo. En los días y las horas establecidas, la aplicación de Glovo suena: un pedido nuevo. Miran dónde es, van al establecimiento que corresponde y esperan a que esté listo. Se suben a la bicicleta de nuevo rumbo a la casa donde les han apetecido unas hamburguesas del McDonald’s o un paquete de tabaco. Cuando el dueño de la casa apenas ha cerrado la puerta, otra vez tiriti-ti-tiriti. ¿Dónde hay que ir? Joder, otra vez a Goiko. Media hora esperando en la calle con la que está cayendo. ¿Dónde lo tengo que llevar? Vale, esto pilla cerca de la Universidad, no creo que me cueste mucho. Al acabar el pedido, otra vez el sonidito, otro pedido, dónde lo tengo que recoger y a dónde lo tengo que llevar. La misma rutina, como si se tratase de una cadena de montaje.

Cierzo en contra

El itinerario de viaje no lo eligen ellos, sino la propia aplicación mediante unos algoritmos cuyos factores nadie conoce. Al principio, la mayoría de los pedidos de Kiko eran entre Las Fuentes y Torrero: “Es decir, subir todo el rato la cuesta y morir”. Un recorrido especialmente duro porque pedalear con el viento en contra no es fácil y en Zaragoza la cosa se complica más con el cierzo que tumba la ciudad muy a menudo y se coloca como un muro en medio de esa cuesta. Después, un recorrido muy repetido era ir bajando poco a poco desde Las Fuentes. Ahora lo que más hace es llegar hasta el centro para acabar en La Almozara o en avenida de Madrid, arriba del todo. Entre sus incontables viajes, el que más repite consiste en recoger en el centro, sobre todo en McDonald’s, en Goiko Grill o “en un sitio de noodles cerca de la Plaza de los Sitios”, para llevar al barrio Universidad.

Zaragoza no es una ciudad de grandes lluvias, sin embargo, en los últimos meses ha caído agua para años. Y la mayoría le ha caído encima a Kiko mientras iba en bici con su mochila amarilla al hombro y sin chubasquero. Como un mochilero de Pekín Express: “Dan unos chubasqueros pero yo nunca he pasado por la oficina a por él. Entonces voy con pantalón, zapatillas y demás, con mi ropa normal”. Los glovers eligen las horas que van a trabajar y tienen 48 horas como mínimo para echarse atrás. Así que cada día que tiene que trabajar, Kiko mira por la ventana y si llueve o hace mal tiempo, el día ya empieza torcido. Recuerda perfectamente la primera jornada que trabajó con lluvia: “Me mandaron ir desde Las Fuentes al centro y de allí, al Actur y me costó como una hora porque llovía muchísimo. Cuando llegué, me tocó ir casi a Juslibol pero yo estaba chipiado, o sea, notaba los pies calados de agua y estaba tiritando. Entonces ahí sí que renuncié a hacer más pedidos y me volví a casa”. La presión y el estrés marcan los viajes de estos repartidores porque tienen que estar disponibles en las horas que han elegido estar. Cuando se rinden, cuando el agua les cala hasta los huesos o cuando se le rompen los frenos, cuando no pueden más y se van a casa su puntuación baja. Estos puntos de excelencia -Kiko tiene 4,85 de 5- marcan las horas disponibles en las que pueden ponerse la mochila. Pero si no hacen horas, no hacen pedidos y baja la cifra. Una pescadilla que se muerde la cola y se convierte en el runrún que intenta hacer explotar las cabezas de los glovers a ritmo de tiriti-ti-tiriti.

Quizás sea más difícil de entender que los glovers estén tan atados a esa puntuación y que no puedan elegir libremente cuando hacen pedidos si les digo que son autónomos. Utilizan el eufemismo “colaboradores” cuando en realidad son trabajadores de la empresa pero pagándose ellos la seguridad social y sin los derechos que les corresponderían. “Hay compañeros que se lo creen, que utilizan esas palabras, se llaman a sí mismos colaboradores de Glovo”, cuenta resignado Kiko. Entre los compañeros se llevan bien, coinciden en los bares y dedican el tiempo a criticar: “Ayer hice este pedido de mierda y reclamé, me acaban de mandar un pedido larguísimo que tendría que ser para una moto…”. Pero si algo le ha sorprendido a Kiko en estos meses es que muchos de sus compañeros sean acríticos con la empresa: “Cuando llueve hay un plus pero lo tienes que reclamar porque sino, no lo ponen. Hay compañeros que aunque se lo digas, no reclaman y es por temor. No tienen esa cultura de protesta, de reclamar sus derechos. Lo ven como el trabajo del futuro y les parece que van a progresar en Glovo”. ¿Tienen beneficios por esa actitud? Los secretos del algoritmo de asignación de pedido impiden saberlo; aunque Kiko algunas veces ha pensado que sí: “El mejor pedido que te puede tocar es ir al McDonalds, sobre todo al de plaza de España, porque son pedidos cortos y hay muchos. Yo hay días que no paso nunca por uno y hay otros que los ves ir y venir constantemente”. ¿Qué pasa si el glover desactiva la asignación automática? Correcto, acertaste: baja la puntuación. También es posible hacer una reasignación de pedido, que no resta puntos pero tampoco se puede abusar de ello. A veces no hay otra opción: Kiko, por ejemplo, nunca viaja a Valdefierro y Valdespartera.

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Zaragoza es una ciudad con una bicifobia crónica. Sin embargo, las bicicletas son un medio de transporte fundamental en una ciudad que disfruta de 130 kilómetros de carril para ellas y 50.000 usuarios del servicio “bizi”. “Hay como cierto odio a las bicis sobre todo en gente mayor”, cuenta Kiko. Soporta cada día quejas y refunfuños por caminar bajado de la bici por la calle o aguanta enfados y sustos cuando es la gente la que no mira si pasa algún ciclista. Cuando la noche cae y la gente sale, no faltan los gritos “¡Indurain!” o “¡Contador!”. Eso ya lo sabía antes de empezar en Glovo porque siempre se movía en bicicleta. Pero hay muchas cosas que no conocía de su propia ciudad. Siempre había vivido por el centro y había ido a casas de amigos en otros barrios pero nada más. Le faltaba descubrir mucha ciudad y su facilidad para perderse siempre le ayuda. Las callejuelas estrechas del barrio Jesús, en la ribera del Ebro, esconden una Zaragoza muy antigua que le conquistó desde el primer viaje-pedido.

Los problemas con los clientes no son habituales en la ciudad. Alguna mala cara por haber tardado más de la cuenta y poco más. “Cuando te salta un pedido en Sagasta o en Constitución siempre piensas: Bah, seguro que por lo menos me cae una propina. Y no, es más habitual que te den propina en Torrero o en Las Fuentes”, explica tras decir que nunca ha notado elitismo ni superioridad en quienes le abren la puerta para recoger su pedido. Las diferencias entre barrios se notan igual encima de la bici. El Gancho, Torrero o Las Fuentes son barrios más populares, donde la gente hace vida en la calle, se relaciona más con los vecinos. Los glovers hacen más viajes a estas zonas que a barrios donde vive gente con un nivel socioeconómico mayor: “En Torrero y Delicias dejo mucho del McDonald’s. Son barrios obreros en los que se ve que es la comida para el cumpleaños de los niños, por ejemplo. En los barrios ricos hay menos viajes, me imagino que porque su ocio consiste más en salir fuera”.

Instantáneas de la ciudad

Pasar el día encima de una bici de arriba abajo de una ciudad en la que conviven tantos medios de transporte es peligroso. Kiko ha tenido más suerte que un compañero al que le dio un coche hace poco. Muchas caídas pero nada grave: moratones, rasponazos y el despertar de una vieja lesión de tobillo después de que se cayera la noche antes de que quedáramos. No le pasó nada ni cuando le fue haciendo fotos en marcha a una mujer que llevaba un caniche en una barca de fruta en la parte trasera de la bicicleta. Porque Kiko siempre aprovecha para hacer fotos a todo lo extraño que ve; como cuando un hombre estaba sentado en una silla plegable, que cerró cuidadosamente y se metió debajo del brazo cuando llegó el autobús en el que se tenía que montar.

Sus ojos son como una cámara que va grabando el transcurrir de la vida de quienes se le cruzan. Una cámara que se pierde por las callejuelas y se encuentra en las grandes avenidas. Una cámara que viaja por una ciudad desconocida para quien, como Kiko, siempre ha vivido allí. Una noche, mientras se perdía entre las calles de casas bajas del barrio Oliver alguien se acercó y se interesó por esos viajes que hace -“es muy habitual que te pregunten cómo funciona esto”- para terminar insinuándole si podía servirle de transporte de su droga. Se quedó en una anécdota más para contar y es que Kiko no ha sentido nunca peligro en la ciudad.

Cuando la batería de esa cámara se va apagando, cuando los últimos recorridos que te ha mandado el videojuego casi te han sacado de la ciudad o cuando el viaje está a punto de terminar, Kiko suele pensar en números, en el número de viajes que ha hecho, en lo que lleva ganado: “Vas pensando en consumismo como un modo de desestresar”. Al final, volverá a casa. Quién sabe si después de una hora pedaleando sin cobrar o después de haberte encontrado con tus amigos a dos manzanas de casa. Pero volverás a casa. Para cargarte la mochila amarilla al hombro al día siguiente y seguir grabando Zaragoza. Un día, desde los ojos del que viaja y al siguiente, del que piensa: “Vaya trabajo de mierda”.

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