Se alquila barrio

Ester Fernández García//

No resulta fácil de pronunciar. Sin embargo, la palabra gentrificación está desde hace meses en las conversaciones de quienes viven en los centros de las grandes ciudades. La expulsión de la población endémica -tradicionalmente de clase baja- de estas zonas es solo la última fase de un proceso marcado por la especulación inmobiliaria, la liberación de alquileres y la falta de regulación del mercado de la vivienda. La proliferación del turismo ha acelerado un fenómeno en el que todos los ciudadanos tienen un papel importante.

Recuerdo como si fuese hoy el día que llegué a Zaragoza. Nada más sacar un pie del coche de mi hermana, el fuerte calor de julio me golpeó en la cara. Un día maravilloso para recorrer la ciudad en busca de una nueva vida. Buscamos con el GPS la dirección de la primera residencia de estudiantes que íbamos a visitar -Baltasar Gracián, 1-. Miramos el reloj. Aún es pronto. Vamos a sentarnos en esta terraza y desayunamos algo para hacer tiempo. Y allí estábamos mi madre, mi hermana y yo con un zumo de naranja y un croissant a la plancha en el Bar Benidorm, justo debajo de lo que iba a convertirse en mi hogar durante un año y a un paso de la Estación de Goya, donde tantos trenes iba a coger para volver a casa. Mi madre miró fijamente aquellas letras grandes que decían “Benidorm” y entonces sonrió y nos dijo: “ahí va, pero si este bar es de toda la vida. Venía el abuelo mucho cuando estuvimos viviendo aquí”.

Aquel bar en el que mi abuelo y yo nos hemos tomado tantos cafés bajó la verja hace unos meses. Ocupará su lugar una franquicia del restaurante 100 montaditos. Como el Benidorm, son muchos los bares y comercios que tienen que cerrar en los centros de las ciudades para dejar espacio a las grandes cadenas. Estos sitios de toda la vida acaban convirtiéndose en los llamados no lugares, aquellos donde todo está estandarizado de manera que cualquier persona se pude manejar con facilidad, pero donde uno no puede ir y charlar con el camarero porque ya le conoce. Cuando uno de estos emblemáticos lugares echa el cierre, mi muro de Facebook se convierte en un muro de las lamentaciones. Sin embargo, ¿hace cuánto que no entrabas en aquel bar?

Gentrificación 1

Lo mismo ocurre con los famosos cupcakes, esas magdalenas de sabores infinitos coronadas con crema de colores llamativos, que protagonizan cafeterías y tiendas con la decoración más moderna a 500 metros a la redonda. La cafetería Doña Hipólita es uno de esos. En la plaza San Felipe, en pleno centro de Zaragoza, hace esquina un local de techos altos, piedra vista y decoración antigua vintage. En una gran mesa descansan más de quince tartas diferentes y algunos cupcakes y en la barra se puede pedir té matcha, y tostadas con aguacate. Creo que también te ponen un café con leche. Cuando aparece uno de estos lugares, ya se puede decir que estamos al 75% en el proceso de gentrificación.

Así lo explican Álvaro Ardura y Daniel Sorando, los autores del libro First we take Manhattan. La destrucción creativa de las ciudades. Doña Hipólita es además un lugar restaurado. Incluso la carta recuerda a los muestrarios que pasaban de cliente en cliente cuando este salón de té era una tienda de telas. La renovación de lugares antiguos en otros que consigan atraer a clientes no es más que otro símbolo de gentrificación. Y funciona bien, porque yo, que llevo viviendo en Zaragoza cuatro años, no creo que hubiera entrado nunca a una tienda de telas del centro y ya llevo tres visitas a la cafetería Doña Hipólita.

 

Objetivo: Casco Viejo

La gentrificación es el proceso de elitización y aburguesamiento de los barrios tradicionalmente degradados de los centros de las grandes ciudades. De esta manera, la población original de esta zona va siendo desplazada por otra con un mayor nivel adquisitivo. Al mismo proceso se le llama a veces regeneración urbana, para huir de todas las connotaciones de conflicto. Sin embargo, a favor o en contra, nadie puede negar que este proceso de transformación de las ciudades trae problemas.

Este fenómeno llegó a España al entrar por la Barcelona postolímpica hasta llegar al centro de Madrid. Comenzó por el barrio de Chueca, donde el colectivo gay protagonizó el proceso de cambio, y continuó hacia Malasaña, donde las tiendas de ropa vintage y los bares de gintonic llenan las calles. La gentrificación ha cruzado la Gran Vía madrileña y preocupa ahora a Lavapiés. Mientras, otras grandes ciudades del país comienzan a sufrir sus efectos, como el barrio de San Francisco en Bilbao o el Cabanyal en Valencia. Zaragoza tampoco está exenta de estas dinámicas y el entorno de Las Armas y el barrio de la Magdalena ya están en el punto de mira.

Hay quienes piensan que este tipo de procesos acaban con la identidad del barrio. Sin embargo, esta se construye a partir de quienes vivan en él. Los hábitos de consumo y las formas de vida de las personas son dinámicas y van cambiando; con ellos, cambia la esencia de cada lugar, el ambiente, los planes de ocio… Hace años, las clases medias tendieron a ocupar los barrios de casas unifamiliares de la periferia de las ciudades y ahora prefieren acercarse a los cascos históricos. Esta transformación como un proceso natural y espontáneo no es peligroso, el problema es que se convierta en una operación dirigida protagonizada por la especulación inmobiliaria. El mecanismo es sencillo: comprar activos inmobiliarios cuando es muy barato porque la zona está degradada y venderlo a un precio más alto cuando se pone de moda. Así se recogen los efectos negativos de la gentrificación. Una primera fase de abandono y estigmatización, que hace que los barrios más emblemáticos se conviertan en lugares a los que da miedo entrar; una segunda fase de especulación y encarecimiento y una última fase, de expulsión de quienes vivían allí porque no pueden asumir los precios de los alquileres cuando el barrio se pone de moda.

 

Un chill out en mi plaza

Lo que no parece tan sencillo es detectar que un barrio se va a poner de moda. Incluso el que sepa darse cuenta merece haberse forrado. Aquí funciona otra operación programada en la que la cultura se convierte en agente gentrificador y protagoniza la función. Los ejemplos no son difíciles de encontrar. La primera vez que fui al entorno de Las Armas, dentro del barrio Lanuza-Casco Viejo, fue para un festival de Food Trucks. Había venido una amiga de visita y pensé que le iba a gustar coger algo de comida en una furgoneta de color mint y tomar una cerveza con música de fondo. Para llegar, atravesamos un par de calles estrechas con balcones que tenían la ropa tendida desde donde varias señoras charlaban de lado a lado. De pronto, mientras pensaba que aquello me recordaba al barrio barcelonés de La Barceloneta se abrió ante mis ojos una plaza blanca impoluta, a rebosar de gente que hacía cola frente a furgonetas vintages de todos los colores. Al final, nos comimos un hot dog -caro- de pie porque los chill outs estaban hasta la bandera.

Gentrificación 2Después de aquello, he vuelto para un festival de cine al aire libre en eque me cobraron hasta por la hamaca y para mercadillos de ropa modernita y productos ecofriendly. Y todavía volveré para algún concierto que otro cuando empiece el buen tiempo. Todos son planes culturales diseñados exclusivamente para jóvenes de entre treinta y cuarenta años con un nivel adquisitivo alto. Un tipo de ocio con el que la población de clase baja no se siente identificada y del que no participa. Un tipo de ocio que desplaza a los pobres en favor de los ricos. Un tipo de ocio que no es más que un mecanismo de expulsión. El dinero vuelve a imponerse sobre todo lo demás.

El arte urbano es otro producto cultural que resulta determinante en este proceso. Las pintadas y murales de color llenan las fachadas de los barrios, también el de Las Armas, y se convierten por tanto en una herramienta para vestir de atractivo los centros urbanos, uno de los pasos fundamentales de las dinámicas gentrificadoras. Estos murales atraen a gente de la ciudad y de fuera al barrio, pero no porque sea Las Armas o Malasaña, sino porque esa pintada queda genial de fondo en una foto de Instagram. Y es que, además, este tipo de lugares que resultan atractivos para la clase media terminan haciéndose todos iguales. Ya no son lugares para vivir, son una marca y todas están cortadas por el mismo patrón, a veces incluso las hacen los mismos sastres.

 

Vecinos por un día

Los activistas que luchan contra la gentrificación culpan de la subida de los precios del alquiler a tres grupos sociales: hipsters, gays y turistas. Sin embargo, como ya se ha explicado antes, debido a los nuevos hábitos de consumo todos podemos convertirnos en agentes gentrificadores, por lo que es importante ser conscientes del riesgo para minimizar el impacto e impedir que estos barrios se conviertan en parques temáticos para turistas. La progresiva proliferación de apartamentos turísticos gracias a portales digitales como Airbnb y el aumento de la construcción de hoteles en estos barrios llena estos lugares de personas que solo llegan para conocer la ciudad durante unos días. Personas que no hacen vida en el barrio y que, por tanto, no lo revitalizan que es el objetivo teórico de estos procesos. Los ataques de turismofobia protagonizaron muchos conflictos el verano pasado, pero los responsables de esta situación no son los turistas, sino las inmobiliarias y los propietarios que buscan enriquecerse, sin importarles que el barrio se quede vacío al convertirse en un lugar de paso. Alguien efímero, que un día será Marta y sus amigas y otro día será Juan y su familia, desplaza -sin ser consciente de ello, al menos directamente- a Rubén, que compraba en la frutería de la esquina y llevaba sus hijos al colegio del barrio. Los procesos de desplazamiento existían antes de esta avalancha turística comenzara hace pocos años, pero sin ninguna duda esto ha acelerado el proceso de manera exponencial.

Las ciudades no son algo estable que se mantiene intacto con el paso del tiempo, más bien al contrario, se transforman cada segundo en función de las personas que caminan por sus calles, compran en sus comercios y habitan en sus casas. Si los hábitos de consumo de los ciudadanos van cambiando, las ciudades tendrán que adaptarse a ello. Por eso cerró el Bar Benidorm de la Avenida de Goya de Zaragoza, porque hacía meses que ni tú ni yo entrábamos por allí y preferíamos tomar un trozo de carrot cake en Doña Hipólita. Y no pasa nada. No pasa nada si es un proceso tan natural como lo describo. El conflicto comienza cuando los agentes inmobiliarios desarrollan una operación mediante la que compran pisos baratos cuando la zona está muy degradada y los venden a jóvenes de clase media o los convierten en pisos turísticos cuando se pone de moda, gracias a los eventos culturales diseñados exclusivamente para eso: para poner un barrio de moda. De esta manera, quienes llevan toda la vida viviendo ahí se tienen que marchar, ya que no se sienten identificados con los planes de ocio que ofrece la zona o porque no pueden asumir la gran subida de los precios del alquiler que experimenta su barrio cuando se convierte en cool. La clase social y, por tanto, el dinero vuelven a imponer su poder y esta vez es capaz de expulsar a quienes vivían en El Raval, en Malasaña o en Las Armas de su casa de toda la vida.

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