Superarse es un superpoder

Lucía Pedraza //

Vivimos en una sociedad que nos ha inculcado que todo se tiene que superar y que, si es pronto, mejor. No tenemos tiempo para marcar nuestro propio ritmo, para decidir cuándo queremos pasar esa página. Para el resto del mundo, el mejor momento es hacerlo ya, pero en muchas ocasiones, la superación llega cuando estamos preparados. 

Una ruptura. La muerte de un ser querido. El miedo a las agujas o a encontrarse una araña en la habitación. Una mala experiencia que marque nuestra infancia. Una nota en un examen que no ha sido tan buena como esperábamos. Una enfermedad a la que todo el mundo nos recuerda que hay que vencer, que hay que superar

Enmarcamos la superación como algo positivo, como una aspiración a la que hay que llegar, como una meta que, al cruzarla, nos posibilita ganar la carrera. La superación nos alivia, nos reconforta y nos permite dejar atrás todo lo que queremos olvidar. Pero hasta alcanzar esa celebración en la que encontramos calma y descanso, dejamos atrás un camino que más bien es todo lo contrario. Nos forzamos y nos exigimos dar lo mejor de nosotros mismos hasta desear una y mil veces abandonar y darnos por vencidos. Es entonces, cuando ya no podemos más, cuando el mundo en el que vivimos nos recuerda que abandonar no es un acto de valentía.

Los que han superado algo valen el doble, son fuertes, luchadores y de ellos –se supone– tenemos que tomar ejemplo. La superación genera empatía y envidia a partes iguales. Primero nos compadecemos del duro camino que ha tenido que recorrer nuestro compañero. Nos ponemos en su lugar para intentar comprender qué duro ha sido, y es ahí donde aparece ese sentimiento de querer parecernos a esa persona. Nosotros también queremos tener esa “facilidad” de sobreponernos a los problemas y, todo ello, se lo debemos a la sociedad en la que vivimos.

Intimidación

Conocemos las guías que, sin estar escritas, la sociedad estipula para hacernos diferenciar qué es lo que está bien y lo que no. No queremos destacar, ni para bien ni para mal, y por eso nos guiamos por la mayoría, tal y como demostró el experimento de Asch. Esta prueba concluyó que los seres humanos no somos libres para decidir nuestro propio camino, sino que nos dejamos llevar por lo que hace la masa para evitar sobresalir. La superación no se escapa de esta presión social.

Está bien visto superar los problemas con rapidez, sin dejar tiempo para que se asienten en nosotros y nos puedan, tal vez, enseñar algo positivo. Todo es una competición. Quien supera antes una ruptura de pareja es el ganador, el que ya no sufre por amor, el que ha pasado página; mientras que la otra se queda estancada en un amor que ya no es y no consigue progresar. La sociedad nos hace ganadores y perdedores, pero la realidad es que no hay nadie que sea derrotado. La vida no es una carrera de obstáculos. No hay una meta. Hay que vivir, sentir, aprender y disfrutar.

Si somos conscientes de que cada persona es, como se suele decir, un mundo, y de que llevamos ritmos diferentes, ¿por qué se sigue insistiendo en que es mejor superar cuanto antes todos los problemas? Pues por eso mismo, porque seguimos viendo esas situaciones como inconvenientes, fragilidades. Aspectos que entorpecen el ritmo, el bienestar, la producción y el progreso. En el libro La espiral del silencio. Opinión pública: nuestra piel social, la politóloga Noelle-Neumann explica que la opinión dominante –la cual percibimos como vencedora– genera un efecto de sumisión por parte de la población dominada. Si la mayoría piensa que temer a las alturas es perjudicial para tu salud, te lo harán saber y tendrás que actuar en consecuencia. No es de extrañar entonces que, si nos vemos avasallados por mensajes que nos guían en una misma dirección, nos subamos al barco y rememos también para intentar contentar o, al menos, para deshacernos de esas voces constantes.

 

photo-1564121211835-e88c852648ab

 

Vivimos en un mundo lleno de expertos y muchos otros que creen serlo aunque no tengan el diploma colgado en la pared. Ahora, tal y como ironiza Lory Anderson en su canción “Only an expert”, solo un experto puede solucionar el problema. Porque en Estados Unidos –y aquí en España también–, nos gustan las soluciones. Esos especialistas nos insisten en que liberarse de los miedos no solo es bueno para nosotros, sino recomendable. 

Las terapias se multiplican y nos abruman con consejos que dicen creer saber qué es lo mejor para cada persona en cada momento. La psicología positiva se ha puesto de moda: tienen el método definitivo y lo quieren utilizar contigo. La clave de esta terapia es centrarse en lo que sí funciona, en las fortalezas que tiene cada uno. Sin embargo, no se niegan las emociones negativas, ya que estas, tal y como defiende el Instituto Europeo de Psicología Positiva, “son necesarias para crecer y aprender”. Según afirma el profesor de psicología Christopher Peterson, la psicología positiva se encarga de estudiar “lo que hace que la vida valga más la pena”. Y nosotros, movidos por esa presión social que nos lleva de un lado para otro, caemos, esperando que sea esa la combinación perfecta que nos dé las respuestas para nuestra existencia.

 

Superar(se) o morir

La necesidad de superarse siempre está acechando. Nos superamos al hacer más abdominales cada día que vamos al gimnasio, si no comemos tanta grasa, si terminamos un trabajo y avanzamos otro, y hasta se superan los más pequeños cuando sacan mejores notas trimestre tras trimestre. Nos superamos porque queremos ser cada vez mejores.

El neuropsicólogo Paul Pearsall afirma en El último libro de autoayuda que necesitará que en el mundo del siglo XXI hay una epidemia de descontento crónico. Vivimos constantemente quejándonos de nosotros mismos y por eso nos exigimos cada vez más. Nos exigimos a diferentes niveles, pero siempre queremos progresar. A primera vista, puede parecer que la iniciativa de quererse superar es positiva, pero cuando se convierte en una competición que no tiene fin no resulta tan gratificante y nos hace, en muchas ocasiones, querer abandonar.

Sin embargo, para progresar, o para que, al menos, la sociedad considere que lo estamos intentando, es importante marcarse metas, tener la voluntad de querer batirse. Todos aquellos que tienen proyectos se están superando a sí mismos y son unos triunfadores. ¿Y qué pasa si consideramos que ya estamos dando todo lo mejor de nosotros? ¿Y si no queremos triunfar? Pues, entonces, no estamos en sociedad. Es por ese motivo que, llevados una vez más por la ola, miles de personas depositan cada día toda su confianza en las técnicas de superación personal que prometen grandes resultados si se siguen a rajatabla. 

 

jonny-caspari-DVzt7cvRKRo-unsplash

 

La autoayuda se ha puesto a la orden del día. Según la Federación de Gremios de Editores de España, se han llegado a vender 9.937.000 ejemplares catalogados como autoayuda y desarrollo personal. Además, en el año 2017, la Agencia ISBN inscribió 2.690 títulos que hacían referencia a este tema. Cualquier consejo positivo nos parece una lección de vida. No se nos permite disminuir nuestra motivación si no queremos caer en el pesimismo, el cual parece que es el peor de todos los agujeros. Siempre tenemos que estar en constante aprendizaje, en continua evolución personal y profesional. Aunque no esté en nuestros planes, sí está en los de la sociedad.

El marketing de la felicidad

Llenas están las estanterías de libros que nos cuentan historias de superación, que nos animan a ser como los protagonistas que se retan a sí mismos y aprenden a dominar la situación. Las grandes y pequeñas pantallas nos presentan a luchadores que se han ganado ese título tras superar adversidades que se les han presentado en el camino. Y si ellos han podido, nosotros no vamos a ser menos. El marketing de la felicidad también es un negocio que se aprovecha de la desesperación de muchos para vendernos un poco de optimismo y de ilusión.

El Secreto se ha posicionado como el libro clave para atraer todo lo bueno y, cómo no, para superar todo lo malo. Los ejemplares de este libro, omnipresentes en todas las librerías, comparten estantería con cientos de otros títulos que pretenden venderte la satisfacción por menos de veinte euros. El poder del ahora, El monje que vendió su Ferrari o Poder sin límites son solo algunos ejemplos que, a través de inspiradoras palabras, buscan atraparte para que prediques en tus redes sociales lo bien que te va tras leer sus consejos. 

Si eres más de películas, también están llenas las plataformas online de historias, algunas basadas en hechos reales, para que el efecto esperanzador sea más potente. Ningún género se escapa de recordarte que es importante tener objetivos en tu vida. Explotan el optimismo hasta límites insospechados. Forrest Gump, En busca de la felicidad, Intocable, Big Fish… podemos inspirarnos sea cual sea nuestro reto. Lo cierto es que ver que los demás pueden superar problemas mucho más complicados que los nuestros nos aporta ese subidón que nos hace pensar que podemos con todo, aunque esa sensación solo sea una trampa en la que hemos caído –de nuevo– por culpa del marketing.

 

photo-1543357480-c60d40007a3f

 

Y así, nos tienen a todos clavados enfrente de la televisión bebiendo café en una taza que nos recuerda lo wonderful que somos. Dando los #BuenosDías, las #BuenasTardes y las #BuenasNoches y deseando un feliz lunes a todos nuestros seguidores de Instagram. Compartiendo nuestros logros en el gimnasio y fotos con nuestra nueva pareja que demuestren que para nosotros superarse es el pan de cada día, aunque muchas veces pensemos que, como poco, superarse es un superpoder.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *