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Un viaje por España y sus pueblos de colonización

María Angulo Egea// @AnguloEgea//

Empezamos por el título de este singular libro Colonización. Historia de los pueblos sin historia, I Premio de No ficción de la editorial La Caja Books, 2024. Un título acertado donde los haya porque en efecto la palabra clave es “Colonización”, esa forma invasiva de apropiarse de un territorio para imprimirle un sello personal, político, cultural, económico, para re-poblarlo, pero ahora, así, de esta manera y bajo estos parámetros. Formulación y principio que subyace en todo el volumen que comentamos.

Pero más interesante es el subtítulo “Historia de los pueblos sin historia”. Interesa especialmente porque es esa reconstrucción histórica la que le aporta un valor extraordinario a este I Premio de No Ficción de La Caja Books. Los escritores y cronistas, Marta Armingol y Laureano Debat, han trabajado e investigado con afán histórico. Con el ímpetu y la ambición de recomponer, reconstruir, armar y ordenar las historias sociales de estos pueblos de colonización españoles. De hecho, cuando se va leyendo la pregunta o más bien exclamación es ¡Dios! ¡Cuánta información! ¿Cómo han sido capaces de organizar, de ordenar todo este material con tanto sentido histórico, periodístico y literario? Queda claro que para ello han alternado recursos y miradas: la del historiador, la del sociólogo, la del antropólogo, la del escritor, la periodística, ensayística, la testimonial. Se muestran diestros en lo general y telescópico pero son especialmente virtuosos en el análisis microsocial, en el retrato de lo que solemos llamar “historias de interés humano”. Cómo van dando forma a todos los testimonios para convertir las fuentes en personajes de sus relatos.

¿Qué decirles? Desde el periodismo narrativo o de la crónica -en la que venimos trabajando algunos- este es un volumen impecable, modélico. Han logrado construir su ornitorrinco, si seguimos al escritor mexicano Juan Villoro en su ya clásica definición de la crónica; o su “criatura fenomenal”, si le apostamos a la escritora peruana Gabriela Wiener. La crónica se compone de muchas partes, como un ornitorrinco, como un animal extraño. Esta escritura crónica está formada por muchos recursos de otros géneros; ninguno es exclusivo suyo. Y en “Colonización” encontramos ensayo, entrevistas, perfiles, polifonía de testimonios, condición subjetiva, datos, hechos, capacidad de narrar desde el mundo de los personajes, sentido dramático, compromiso, diálogos, descripciones… De todo, pero con mesura, en su dosis justa, para no arruinar el proyecto para contar con verdad, para darle sentido a la Historia y a las historias.

Marta y Laureano nos llevan de viaje, nos quieren sumergir en unas aguas profundas y novedosas. Para bucear en este océano lo primero es ajustarnos el traje de neopreno. Y es lo que hacen en el primer capítulo: “Una historia de los pueblos sin historia”. Estos periodistas y escritores nos ponen en situación. Nos presentan el territorio en el que nos van a introducir. Nos hablan de un movimiento migratorio único en la España del siglo XX. En el que hubo 55.000 familias que migraron de sus núcleos rurales donde las carencias eran muchas y los jornaleros no tenían esperanzas de alcanzar propiedad alguna.  O bien abandonan municipios inundados para construir pantanos y se desplazan para fundar nuevos asentamientos que se llamarían “pueblos de colonización”. Nos explican de dónde parte este proyecto de (contra) reforma agraria en España y cómo la lleva adelante el Régimen del dictador Franco por medio del Instituto Nacional de Colonización. El proyecto de crear una ruralidad modélica, una “nueva nación rural”, moderna, renovada e higiénica, con un funcionamiento interno similar al de los llamados kibutz de Israel.

En este primer capítulo se menciona el sueño de ser propietarios, de hacerles propietarios también por parte del Régimen. Se huye como de la peste “del proletario”. En 1957, ya dijo José Luis Arrese, Ministro de Vivienda, al presentar unas propuestas que pretendían hacer frente al chabolismo surgido tras la migración del campo a la ciudad, en un célebre discurso: “Queremos un país de propietarios, no de proletarios, dado que el hombre, cuando no tiene hogar, se apodera de la calle, y perseguido por su mal humor, se vuelve subversivo, agrio, violento…” Y a rajatabla que a los de los pueblos también había que convencerles para la causa y desactivar posibles reacciones rurales. Para todos casa y yugo.

Ya tenemos el traje de buceadores y unas mínimas nociones con este primer capítulo, así que nos van a colocar la botella de oxígeno para retomar “aquel primer viaje de la familia colona” (p.21) por medio de un segundo capítulo “De viaje al patrimonio desconocido”. Aquí se presenta el proyecto arquitectónico, urbanístico y artístico que se fue diseñando para dar forma a cada uno de los pueblos que iban creándose. No hay tanto periodismo narrativo sobre el arte como tema y objeto. Si acaso recordar ¿cómo no? al padre del Nuevo Periodismo, Tom Wolfe en su libro ¿Quién teme al Bauhaus feroz? O el también norteamericano John Mc Phee, El rescate del arte ruso (salvación de un patrimonio perdido). Y más recientemente la argentina María Gainza tiene publicadas estupendas criticrónicas.

Este proyecto artístico de los pueblos de colonización que encarnaron en primer lugar los tres arquitectos encargados de diseñarlo: José Luis Fernández del Amo (que diseñó trece pueblos diferentes y ya puso una impronta artística determinante para escaparle al folklorismo y buscar iniciativas más minimalistas, apoyadas en lo aprendido de las vanguardias de principios del XX, como las desarrolladas en la Bauhaus), con su joyita: el singularmente artístico pueblo de Vegaviana, premiado en diversas ocasiones e inmortalizado por el fotógrafo Joaquín de Palacio, Kindel; Con Alejandro de la Sota y su apuesta por la circularidad y el pueblo de El Temple, entre otros. Y José Borobio, que se ocupó de los pueblos de la cuenca del Ebro, de los aragoneses. Y aún nos queda ver la singular apuesta para las iglesias.

El arte sacro de los pueblos de colonización fue diseñado exprofeso nada más y nada menos que por figuras representativas del Grupo de El Paso, como el propio Pablo Serrano, Rafael Canogar o Manolo Millares entre otros. El lema: “Que nada compita, en lo alto, con el campanario de las iglesias y, en lo llano, con la centralidad del templo” (p.57), concretan Laureano y Marta. Con semejante elenco, el proyecto al margen de la funcionalidad tenía que virar artístico. Y así fue tanto en los diseños arquitectónicos como en la novedad de un arte sacro alejado de lo figurativo y de la iconografía a la que estaban acostumbrados los nuevos colonos de aquellos lugares de donde provenían. Hubo una apuesta evidente por formas abstractas. Estos cronistas rescatan un artículo de Enriqueta Antolín para Cambio 16, del 4 de abril de 1983 que se titulaba “Artistas infiltrados. Rojos, ateos y abstractos en los pueblos de Franco”. Ahí se dice todo. Qué mejor manera de empezar un libro que con una crónica de arte y perfiles.

Con todo este aparejo ya podemos hacer una inmersión profunda en el territorio que representan los pueblos de colonización. Pero como sucede tantas veces más que de territorio o a la par que de territorio tenemos que hablar de una comunidad, de la comunidad que da forma a ese espacio. Y es aquí donde el libro se “cronifica” (se hace cien por cien crónica) para mostrarnos a los habitantes de estos pueblos. Son 2 capítulos en “primeras personas”.  Si bien aparecen una sucesión de semblanzas, me parece especialmente valioso el discurso coral de la crónica titulada “Colonos, colonas e hijos” (p.87). Marta y Laureano rescatan muchas de las voces, opiniones y comentarios de estos pobladores, de sus vivencias, de sus experiencias para que esta polifonía nos invada y podamos atisbar mínimamente la complejidad de esta comunidad que formaron “55.000 hombres, sus mujeres e hijas y nietos.” El segundo capítulo, que ayuda a comprender el bosque, el ecosistema que representan estos pobladores, es el dedicado a “las colonas”. Las mujeres en el ámbito rural son quienes dinamizan, quienes ayudan a conformar un tejido social, muchas veces a través de las Asociaciones de Amas de casa, ellas son quienes criaban, pero también las que iban a los campos y luego trabajaban en las faenas del hogar. Marta y Laureano han querido poner de relieve el esfuerzo y valor de las mujeres en los pueblos de colonización y subvertir el relato oficial (secundario) para darles un lugar protagónico. De las colonas, como del resto de las mujeres de la Dictadura, se ocupaba de instruir la Sección Femenina, como cuentan, y por ello en los pueblos existían las Escuelas del Hogar rural. La consigna, ya la saben, ser “el ángel del hogar”. Nos narran con maestría historias de vida como la de Maica de Vetaherrado (un pueblo de la margen derecha del Guadalquivir) que “nació casá”; como la de la primera taxista de Valdecalzada, Isabel Corcobado, profesión que, si ahora es complicada de ejercer por los machismos y abusos constantes, imaginen antes; como Amparo y Maribel, dos modistas, dos costureras de Sagrajas, cerca de Badajoz, una, bordadora desde sus 23 años y ya tiene más de 80, lo que le valió para no tener que ir al campo a trabajar; otra, Maribel, ha reconvertido la vieja casa de colono en un taller de alta costura. Su firma: Cafarela; o como la ingeniera técnico agrícola, María Carmelo de San Lorenzo de Flumen, en los Monegros de Huesca, todo un referente en el cultivo de arroz en España y, en Bruselas, la representante de las cooperativas en la Unión Europea.

Poco a poco estas crónicas nos hablan de pueblos y de personas. El mapa de España lo vamos llenando de puntitos. Otro tema clave, si se trata de hacer justicia a estos pueblos y a sus pobladores, tiene que ver con la Memoria. Con hacer memoria de cómo fueron las formas, los pasos y quienes se ocuparon de lograr que estas tierras yermas en su mayoría pudieran tener entre otras cosas agua para regarlas. Será el apartado “Teoría de la Memoria” donde se aborden estas cuestiones. En concreto la crónica titulada “Furtivos del canal” es extraordinaria. Nos habla del llamado Canal de los presos, que fue construido por presos políticos republicanos, que vivían en una colonia penitenciaria, una suerte de campo de concentración, y que tuvieron la misión de llevar agua desde el embalse de Peñaflor hasta el embalse de Don Melendo, para que se regasen las tierras de la zona del bajo Guadalquivir. Una obra faraónica, un canal de 158 km, que cuentan y cantan entre otros el grupo de música electrónica, Pirámide. Se nos relata ese espacio marismeño del sur que hemos visto también en películas como la Isla mínima. Enclaves como El Palmar de Troya, muchos de cuyos habitantes descienden de presos republicanos. Estos cronistas nos hacen palpar el dolor de las historias tremendas de la postguerra que brota pero también el deseo de algunos de hacer memoria y el derecho al olvido de otros.

En esta parte también destaca la crónica dedicada al pueblo de San Isidro de Albatera, en Alicante, que tiene este arranque:

“Cuando empezaron a cavar la tierra prometida, los colonos de los pueblos nuevos sacaron piedras, salitre, arcilla, malas hierbas y poca tierra fértil. Pero los de San Isidro de Albatera encontraron algo más: cráneos y huesos de personas en lo que serían sus campos de labranza. No les dijeron, no sabían, no querían problemas: sobre las parcelas que obtuvieron con la adjudicación de la plaza de colonos había funcionado hasta hacía muy poco un campo de concentración, uno de los más grandes de alrededor de los trescientos que existieron en la España de Franco. Los números de la colonización y los de la concentración en macabra coincidencia” (p.143).

Marta y Laureano recogen también la polémica con los nombres de algunos pueblos como Villafranco del Guadiana y Villafranco de Guadalhorce, el apellido “del caudillo” que arrastran otros, si se cambian, si se mantienen, cómo y qué se decide en cada pueblo y lo mismo con los símbolos. Vestigios del pasado que hay a quienes les soliviantan y molestan sobremanera y quienes entienden que es parte de su idiosincrasia y que deben mantenerse.

Otro apartado que no podía faltar en una investigación de esta envergadura es el que denominan “Documentos de identidad”, dedicado a los archivos: libros de aniversario realizados en los pueblos, otros libros, archivos, centros de interpretación, exposiciones como la que acaba de albergar la Fundación del Instituto de Crédito Oficial (ICO) en Madrid de Ana Amado y Andrés Patiño, que guarda tantas concomitancias en su planteamiento con este volumen que presentamos. El Museo de Valdecalzada de Badajoz fundado hace nada en 2023.

Otro apartado dedicado a aquellos pueblos que no llegaron a nacer, que han sido abandonados o que han desaparecido compone una de las secciones más hermosas periodísticamente hablando porque se trata de crónicas muy breves, que condensan una cuidada expresión y unos cierres geniales: irónicos, efectivos, sorprendentes, bellos.

“Durante este viaje las marcas del abandono se alternan con lugares invisibles, con fantasmas del pasado y del futuro, con silencio y el eco de la dinamita que ha dejado rastro incierto del escombro” (p. 197)

“Nos acercamos despacio, cada vez un poco más, atraídos por las voces distorsionadas que salen de dentro. Un paso, otro, hasta que el perro nos aleja a puro ladrido” (p. 206)

Irónico cierre en la crónica que nos habla de un pueblo de colonización de Almería arrasado y gentrificado.

“La única casa de colono original de La Puebla de Vícar resiste en medio de un solar que ya está vendido, rodeado de edificios enormes (…) fue una empresa sola la que compró muy barato durante los años de la burbuja inmobiliaria para construir edificios y sepultar el trazado original del pueblo (…) Minutos después, ya dentro del coche y de camino hacia otro pueblo, leemos en la web del Grupo Ureka la siguiente consigna: “Mejoramos el pasado, mantenemos el presente, pensamos en el futuro” (p. 210).

El pueblo de Granadilla fue expropiado en 1955 porque se iba a inundar pero no sucedió y, sin embargo, sus habitantes fueron a parar al pueblo de colonización de Alagón del Río (antes del Caudillo). Y ahí están las ruinas de Granadilla. Han surgido algunas iniciativas para tratar de recuperarlo, pero no prosperan. La única que sí ha dado su fruto es construir nuevos nichos en el cementerio de las afueras, exclusivos para quienes nacieron allí. Por este motivo nuestros cronistas concluyen con ironía “Aunque siempre hay peros: la condición de volver para quedarse en Granadilla es estar muerto” (p. 218)

El penúltimo de los apartados “Aquí antes no había nada” se ocupa de cuestiones del hoy, del turismo, de procesos de repoblación actuales, de propuestas de éxito y novedosas en algunos pueblos. Una de las mejores partes del libro, con artículos como “Tener pueblo” y sobre todo “Colonización is very different”. Otra apuesta escritural de Marta y Laureano que transita mucho más el artículo cultural y el ensayo periodístico. Conceptualizan lo que significa el turismo para estos pueblos nuevos en una España tercerizada y entregada al turismo. Porque estos pueblos difícilmente encajaban en la tradicional “exaltación bucólica” o en la “exageración folklórica” desde la que se posicionó España dentro del mercado europeo desde finales de los 50 y sobre todo en los 60 desde el Ministerio de Información y Turismo dirigido por Manuel Fraga Iribarne. Estos pueblos no entran en ese “paisaje turístico” (estudiado por Cristina Arribas Sánchez) que se ha generalizado en donde se vende como “auténtico” un folklorismo de toros, flamenco y ruralidad. Imagen pintoresca inventada en el XIX de la mano de viajeros románticos franceses e ingleses. Los españoles aprendimos pronto a mirar, a querer y a valorar España también desde estos tópicos que nos alimentaban y daban de comer. Aún siguen dándonos de comer en esta tierra dedicada al turismo. Compramos esa imagen de España y de los españoles, y la hemos exprimido tanto que hasta estamos convencidos de su existencia.

Pero tampoco encajan los pueblos de colonización bajo el prisma turístico de la modernidad. Con todo, Marta y Laureano rescatan proyectos originales y apuestas interesantes y también bastante bizarras, estrambóticas, particulares. Ellos las cuentan muy bien con respeto, pero sin olvidar su punto ingenuo, su punto lúdico, hasta su punto irónico como al hablar de las casas rurales que se encuentran en El paraíso de Brovales, que dirige Eduardo Reales en Extremadura. Solo un trocito servirá para que se entienda la socarronería de estos dos cronistas que parecen en estos momentos estar mirando por el objetivo de la cámara del fotógrafo británico Martin Parr en su famosa serie de fotografías The last resort con gente corriente, vulgar, intercambiable en un paisaje turístico trash. Así describen, estos periodistas juguetones, a Eduardo Reales, el inventor de este particular resort rural extremeño:

“Nos atiende ataviado con su propio merchandising. Camiseta blanca de mangas naranjas con soles, montañas, algo azul que parece agua, algo verde que parece algo verde. Y nos enseña sus casas todas ocupadas por familias o por nutridos grupos de hombres a quienes les pedimos permiso para atravesar su intimidad y ver las piscinas, los salones, algunas habitaciones, todo en un armonioso estilo kitsch y brillante. Colores pastel y carteles de “En esta casa reina el amor”, patios interiores con piscinas de acrílico y césped sintético. No vemos una sola traza de las antiguas viviendas de colonos, ni siquiera algo preservado como mero detalle simbólico” (p. 236).

Otro momento Martin Parr nos lo brindan al describir el espacio turístico de “Don Cactus” en Carchuna, cerca de Motril, Granada. “Un conglomerado de casas prefabricadas bajo el concepto glamping (glamour +camping) rodeadas de césped sintético, parcelas para tiendas y bungalós. Los precios son altos y hay bastantes moscas atraídas por la fruta y el estiércol con el que se alimenta la fertilidad de los invernaderos. Junto a las casas un manto de plástico se extiende tierra adentro sobre los cerros.” (p. 242)

Se cierra con acierto esta sección y casi el libro con un pueblo de colonización como Las Norias de la zona de Cabo de Gata, de Almería, que está completamente invadido por los plásticos e invernaderos que caracterizan esa zona y habitado o repoblado por quienes trabajan bajo estos plásticos, los marroquíes, subsaharianos…muchos migrantes por las calles. Nuevos colonos. Y emerge el debate en esas calles, con quienes conversan, a quienes les preguntan por la convivencia entre españoles y marroquíes principalmente. Tras claros comentarios racistas, se escucha: “Aquí en España no hay racismo, hay realismo” y más delante se dice que no hay problemas de convivencia porque no se convive. Lo que hay es “coexistencia”.

Aún nos regala este viaje un epílogo testimonial. Un relato en primera persona de la monegrina que ha escrito este libro. Marta Armingol regresa, como Ulises, a su pueblo Cartuja de Monegros para mirarlo con nuevos ojos, con la mirada nutrida que ya tiene tras este largo viaje por otros pueblos de colonización. Es un cierre hermoso, alegre, de fiesta, el pueblo está y es una fiesta. El pueblo está lleno de vida.

Este viaje por España, como pedía un antiguo viajero español del XVIII, Antonio Ponz, en su Viaje por España. Cartas en las que se da noticia de las cosas más apreciables y dignas de saberse que hay en ella, muestra costumbres, se ocupa de la realidad social, nos aporta testimonios de primera mano, se describe y observa el detalle, se explican las dificultades, se escribe y registra sobre el terreno, pero sobre todo se penetra con tiempo en las cosas.


Hemos cumplido diez años y, en los últimos meses hemos publicado diferentes piezas para celebrarlo. No te las pierdas en nuestra sección 10 años de zero.

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