Una mirada al interior de Averly

Elisa Navarro//

Isidro Melero, herrero de profesión, retrocede al pasado para contar sus 25 años de experiencia en la fábrica aragonesa.

Nada más llegar, Isidro me enseña sus trabajos que, en abundancia, cuelgan de la pared de su casa de verano. ¿Qué mejor carta de presentación? Objetos elaborados artesanalmente, únicos e irrepetibles. Objetos que, especialmente para él, tienen un valor incalculable.

De padre herrero, de abuelo herrero, de tíos herreros, de hermanos herreros. Isidro Melero forma parte de una larga saga familiar que decidió hacer del hierro duro e inflexible, un material maleable. Solo el calor del fuego y la gracia de unas manos tan curtidas tienen la capacidad de hacer del hierro, una obra de arte.

Tras trabajar en diversas empresas y talleres, la vida lo conduciría finalmente hasta Averly, el taller más grande de Aragón en fundición industrial y artística. Averly, el taller donde Isidro trabajó 25 años de su vida. Sin embargo, su trayectoria profesional se remonta mucho tiempo atrás pues con tan solo 8 años aprendió a trabajar. “Cuando ahora veo a niños jugar con más o menos esa edad, recuerdo que para mí, no había juego de ninguna clase. Mi padre estaba solo en la fragua y necesitaba mi ayuda”. Al morirse, el Isidro de entonces 17 años,  se quedó al frente del oficio. “A esa edad ya herraba solo las caballerías. Tenía que sacar adelante el trabajo de la fragua siendo tan solo un crío”.

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Isidro Melero junto a un yunque fabricado por él.
Su primer contacto con Averly

Mayo del 66. Tras haber trabajado en diversas empresas, Isidro fue a Averly en busca de trabajo. Para ser aceptado, le hicieron una prueba en la que debía demostrar que sabía trabajar. Y así, plano en mano, siguió paso por paso lo que en él se indicaba. Preparó un material, lo soldó, lo repasó… Una vez acabó, le dijeron que podía regresar cuando quisiera.  Tenía entonces 28 años.  

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Todo el mundo conoce Averly de puertas para fuera. Mucha gente habla de la fábrica, del edificio, de su derribo, de qué habría hecho falta para salvarlo y de los intereses económicos que había -y sigue habiendo- detrás de esta gran mole de hierro, máquinas y ladrillos. Averly fue la empresa aragonesa donde se coció gran parte de la que ahora es la identidad artística de la ciudad. La empresa de la que salió todo tipo de maquinaria hidráulica, industrial y agraria.

Todo zaragozano conoce Averly, pero de puertas para afuera. Son muy pocos, en cambio, los que también conocen su interior con todos sus detalles. Los que lo han visto y vivido su  esplendor. Pocos los que han conocido una empresa llena de vida, ambición, proyectos y futuro; y menos todavía, los que pueden afirmar que, en esos hornos donde bullía el hierro, se cocía también el día a día de los que allí crecieron profesionalmente. Isidro Melero es uno de ellos. “En  Averly se hace uno persona en el sentido del oficio. Pude realizar todo tipo de trabajos. No es que solo fuera soldador o calderero. Tocaba soldaduras, forjas… Te exigían ser un profesional de los pies a la cabeza. Te pagaban para que lo fueras”.

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Isidro en su casa de verano.

Sin embargo, como congelado en el tiempo, Isidro solo puede hablar con certeza de los 25 años de su vida en los que trabajó como operario de 1ª. Lo que pasó antes y después, son para él datos y números que, como nos ocurre a la mayoría de zaragozanos, necesitan ser verificados y contrastados. ¿Cuántos conocen la Verdad de lo ocurrido en Averly?  Por desgracia, un porcentaje demasiado bajo de la población.

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La segunda vez que me cité con Isidro fue en su casa de Zaragoza. Me dijo que había encontrado material sobre Averly que podría resultar de mi interés. Entre los recortes de periódicos y documentos de la empresa; dos fotografías que datan de junio de 1977 -justo el ecuador de sus días como operario- en las que aparece junto a otros compañeros.     

Como es habitual, las fotografías antiguas invitan a repasar con el dedo esa parcela de tu pasado, que gracias a un trozo de papel, sigue teniendo cabida en tu memoria. “El que está aquí abajo, a la izquierda, era el cronometrador, le decíamos el barbas”.

La función del cronometrador, como su propio nombre indica, era la de cronometrar los trabajos. “Cuando ibas a empezar una faena, venía este hombre con un boli y un reloj y apuntaba todas tus maniobras. Así, cada trabajo que realizabas te lo daban cronometrado. Si no lo hacías en el tiempo estimado, perdías dinero. Si antes de empezar la actividad te indicaban que era una labor de 20 horas, debías realizarla en 18 para poder ganar algo. Si, por el contrario, lo hacías en el tiempo estimado, no recibías nada y, si tardabas más, perdías dinero”.  

En la foto, también, un mandrilador, que se encargaba de perforar o pulir los agujeros de las piezas de metal; un ajustador de la hidráulica u otro hombre que trabajaba en la fundición, allí donde se encontraban los famosos hornos. El hierro fundido se vertía en los moldes de los que luego saldrían los bancos, las farolas, las fuentes, las estatuas…en definitiva, gran parte de la ornamentación en hierro de la Zaragoza actual.

Y siguiendo con el repaso de rostros que pueblan la fotografía, la del carrero, un oficio valioso por haberse perdido en el tiempo, por no tener ya cabida en este mundo moderno. El carrero, con la ayuda de una yegua, era el encargado de sacar los escombros de la fundición para llevarlos hasta un vertedero cerca del Ebro.  

Ellos, los que posan en la fotografía, no son sino una muestra de los muchos trabajadores y trabajos con los que ha contado la empresa a lo largo de sus más de 150 años de historia. 1977, una época en la que Averly gozaba de tan buena salud, que parecía indestructible. ¿Quién de todos ellos iba a predecir entonces que a la empresa le quedaban poco más de 30 años de vida?

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Fotografías en Averly. Junio 1977.

Había desde ingenieros superiores hasta  encargados de sección, peones, peones especialistas, aprendices, oficiales de primera, segunda y tercera. La diferencia entre estos tres últimos era su grado de profesionalidad y, por supuesto, su sueldo. Isidro, entró como oficial de segunda y pronto ascendió a primera.

De hecho, también en 1977, fue premiado por la empresa por su buena labor, a través de unos reconocimientos que el director concedía anualmente al mejor trabajador del año.

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Documento que certifica su reconocimiento.

La función de Isidro dentro de la fábrica era la de herrería: generadores, estufas, prensas hidráulicas para estrujar el aceite, el vino… “En las prensas antiguas hemos trabajado mucho nosotros”.  

“Además de herreros había carpinteros, ajustadores, torneros, pulidores, moldeadores… Estos moldeadores, que trabajaban en la fundición, eran verdaderos artistas. Con una cucharilla eran capaces de hacer todas las figuras pero con una precisión…Había tíos de miedo”.  

Es la profesionalidad lo primero que viene a la memoria de Isidro cada vez que echa la vista atrás; cada vez que debe indicar uno de los valores indiscutibles del que fue, durante tantos años, su segundo hogar.   

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El Paseo María Agustín es -era-, entre otras muchas cosas, Averly.

Hace unos días, pasé por allí y, mientras esperaba en la acera de enfrente a que el semáforo se pusiera en verde para los peatones, observé de frente, durante dos largos minutos, la que hace menos de dos años era una fachada enorme. Es preciso utilizar un tiempo pasado porque hoy, de lo que fue Averly a lo largo del Paseo María Agustín, solo queda ya su jardín -ahora desalmado- y su característico portón principal. Un portón que mal resiste, acotado y remordido, por un bloque nuevo de edificios  y, todavía en construcción, que amenaza con ir ganando poco a poco más terreno en aras, como no, de los intereses económicos. Unos edificios que, anexionados, a la que fue la entrada de Averly han acabado por arrebatarle su  gracia y encanto genuinos. Una fusión antiestética de modernidad e historia; de dinero y pasado; de economía y cultura, que amenaza con borrar para siempre el sello indiscutible que caracterizó, durante tantos años, al  Paseo María Agustín. Y yo me pregunto: ¿cómo un proceso que mentalmente se antoja tan largo y complicado pudo resolverse tan rápido, teniendo en cuenta además que, hasta el año 2011, la empresa permaneció abierta? Se lo pregunto también a Isidro.

Cuando él entró en la empresa, Guillermo Hauke ya llevaba seis años al frente de la fábrica. De hecho, a lo largo de sus 25 años de trabajo, no conoció a otro patrón. Recuerda también que la madre de Hauke estaba siempre por allí y, que con orgullo, enseñaba a todo aquel que lo deseara la totalidad de las instalaciones y lo más preciado que se recogía en cada una de las naves. “Era una gente que tenía mucho interés en enseñarlo todo, porque era suyo. Cuando había visitas, una sala que nunca se quedaba sin mostrar era el cuarto de medallas. Medallas que la empresa había recibido por su buena labor y que podían proceder incluso de Alemania, de Francia…También enseñaban los distintos modelos que allí se fabricaban”.

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Algunos de los modelos de farolas  con los que contaba la empresa.

Tras fallecer la madre de Hauke, su hijo no tardó apenas un par de años en morir también. Entonces, la empresa pasó a manos de sus dos hijos y de Mari Carme Hauke, hermana de Guillermo, que trabajaba entonces como profesora en un colegio de monjas. En 2013, la inmobiliaria Brial compró los suelos, firmando así su final.

Un enamorado de su oficio

Es curioso ver cómo el hierro en sus manos parece plastilina.  

-El martillo para mí: pa pa pa pa… eso se aprende aunque depende de la persona. Porque he conocido a gente que ha estado toda la vida y no tiene aquello de darle gracia a la cosa. Para doblar una pieza, la que sea, hay que tener mucha idea de dónde le pegas, si le tienes que dar poco o mucho, en resumen: mucha martingala.  Para este oficio se necesitan muchos años. Si te equivocas al doblar, hay que volver a enderezar la pieza y volverla a doblar otra vez.

Me gusta mi oficio porque lo he hecho toda la vida y creo que es una cosa importante.

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Reloj elaborado manualmente por Isidro

Isidro Melero se siente orgulloso de su profesión, allí donde seguramente encuentre, por mucho que pasen los años, al Isidro verdadero. Allí, donde seguramente guarde algunas de las satisfacciones y recuerdos más bellos de su vida. “Tiene el hierro metido en la cabeza, no puede pensar en otra cosa”, asegura su esposa.

Y es que el hierro ha sido uno de sus principales compañeros de viaje. Por eso, a sus 80 años de edad, le sigue acompañando. En sus ratos libres trabaja por placer, para sí mismo. Piezas de todas las formas y tamaños siguen siendo obra de sus manos. De hecho, prácticamente todo el material de hierro y metal que hay en su casa ha sido creado y diseñado por él.  

Isidro tiene rasmia, impulso, decisión. Un hombre con fuerza, seguro de sí mismo. Isidro Melero es un artista.    

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-¿Y si un día lo derruyeran por completo?

A veces pienso: “¿Y a mí qué más me da que lo derriben o no? pero claro me da. Esa empresa me ha dado de comer muchos años. Además, estoy muy orgulloso de saber que he trabajado entre grandes profesionales. Allí dentro, vi cosas que de haber trabajado en otro sitio nunca habría llegado a conocer. A lo largo de mi estancia en Averly, me ofrecieron trabajar en otras empresas como, por ejemplo, la General Motors. Me llamaron hasta tres veces. Realmente me lo pensé porque en la GM hubiera ganado más dinero pero, en realidad, los trabajos a desempeñar no tenían comparación. En Averly, había que crear constantemente, se te exigía solvencia, profesionalidad. Hacían falta uñitas y es, lo que al final, te hacía sentir realizado.  

Me gustaría que estuviera tal y como estuvo siempre y poder pensar cada vez que paso por allí: “Aquí trabajé yo muchos años”.

Si destruyesen todo lo que yo conozco, sería una lástima porque en el interior había mucha maquinaria. Por ejemplo un martillo pilón, que ahora ha pasado ya a la historia. Con este martillo se hacían las piezas con las que luego se trabajaba, no como ahora que vienen prefabricadas mecánicamente. Maquinaria que, de tan antigua, es ahora una reliquia. Si hubieran limpiado las naves y las hubieran expuesto tal y como estaban… una preciosidad.

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Un terreno que vale mucho dinero. Un terreno que abarca un espacio demasiado céntrico, demasiado grande (de la calle Borao a la Autovía y del Paseo María Agustín a la calle Trovador), demasiado apetitoso, como para que cualquier empresario no tuviera la tentación de tasarlo, limitarlo. La tentación de hacer de la historia, del arte y del pasado, dinero, más dinero. Averly vale -valía- mucho más que unos cuantos miles de millones. Un precio que ni con todo el dinero del mundo podría nadie pagar.

Y con la sensación de sentir que un engranaje ha fallado para siempre, en 2016 ya parece irreversible: la Máquina de las máquinas ha caído en Zaragoza. Averly, la que fue, durante 150 años, mucho más que una empresa de fundición.

Autora:
Elisa Navarro Foto Paz Perez nombre

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Nunca tuve claro mi futuro, sigo sin tenerlo. Mochilera de espíritu, amante del sol y el chocolate y contraria a la rutina. Sueño con un periodismo comprometido que corrija anomalías y exprese con palabras cómo poder vivir en un lugar mejor. Lo que nos callamos o no proyectamos al exterior no existe y muere en nuestro interior.

Twitter Blanca Uson

 

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