Voyerismo a 40 grados: paella y ‘Brexit’

Silvia Laboreo y Sandra Lario//

El arte de robar el alma

La fotografía consiste en robar. Robar almas, historias, anécdotas, sentimientos. Robar momentos fugaces para hacerlos eternos. Y con cada flash, con cada enfoque -y desenfoque- el fotógrafo se lleva con él un trocito de aquello que captura. Ya sea el cuerpo de mujer que se adivina a través de la cortina entreabierta del quinto piso o la mirada del hombre con guitarra y cicatrices que cada mañana toca las mismas canciones en la línea 5 de metro. Todo es susceptible de pasar a formar parte del álbum secreto de un fotógrafo.

Quien hace fotos tiene algo de voyeur, de intruso. Es alguien que quizás no debería estar ahí pero a quien la cámara dota de una especie de licencia, de un salvoconducto que le permite seguir la escena sin que nadie le perturbe. Quien hace fotos es como un cazador, cambiando el rifle de asalto por la cámara réflex. Una persona tras una pieza. Una persona tras una presa, quizás sería más correcto. Quieto, muy quieto; no se vaya a marchar. Un disparo y…listo. Pero aquí nadie pierde la vida –quizá sí un fino hilo de su alma congelado en el tiempo-.

Quien hace fotos siente placer al posar sus ojos indiscretos sobre la realidad, sobre las vidas ajenas. Lo cotidiano, lo vulgar, lo normal –¿qué es normal?-. La señora de la frutería de la esquina, el turista despistado de color langosta, aquel mendigo que duerme en el banco del parque o el corredor de fondo que hace un mes que lo empezó a ser.

Quien hace fotos impide que se las hagan. Hay una especie de regla no escrita, de código inviolable. El fotógrafo no aparece, no sale en la foto. Solo dispara.

Quien hace fotos inventa historias. Imagina las vidas que hay detrás de aquellos que aparecen en sus imágenes. Imagina sus anhelos, deseos, miedos, dudas y miserias.

Es por ello por lo que iniciamos esta serie, Voyerismo a 40 grados. Durante estas semanas de verano, diseccionaremos, analizaremos, buscaremos, inventaremos y nos apropiaremos de las historias que hay detrás de las fotos. Porque la fotografía es robar…el arte de robar el alma.

 

***

 

Es casi la hora de comer en una playa de la Costa Mediterránea. Un señor orondo lee el periódico mientras se tuesta por el sol de justicia que cae sobre sus hombros en los quince días que lleva encajando su silla metálica en la arena. No os lo creeríais, pero he escuchado en directo una fusión de jota y ritmos orientales tocada con una hermana de fábrica de esa misma silla. Pero volvamos al señor orondo, que lee el periódico sentado sobre el medio metro cuadrado de tela de arpillera descolorida por el mismo sol que le tuesta, mientras su mujer habla de componentes de cremas faciales con la señora de al lado.

“Oh, sí, te lo aseguro, la que yo uso lleva colágeno natural”, exclama adoptando la misma mueca que un pez boqueando. “Pero también anuncian una con colágeno hidrolizado”, rebate la señora, que hasta hace poco sólo era experta en sudokus tipo fácil. “Bah, ese no es tan eficaz como el natural”, increpa la primera mujer, defendiendo a ultranza los productos etiquetados bajo la palabra “natural” como los guiris a la paella y la cerveza en toda playa que se precie –los tópicos se agarran al ser humano como el arroz al fondo de la paellera-.

Guiris. Eran los únicos que faltaban en esta estampa costera, además del niño que decide entrenar para ser el nuevo Bolt en modalidad pista de arena al lado de tu toalla, de la niña que trata de moverse con normalidad bajo una capa de dos dedos de crema que le otorgan protección total –¿verdad, madres del mundo?-, la familia de 27 miembros con neveras azules, la familia que no tenía muy claro si playa o montaña y opta por tienda de Quechua en la arena y la mujer que hace topless -aterrando a unos padres que jamás se han planteado explicarles a esos hijos, que miran ojipláticos a la mujer, que una teta y un brazo son todo cuerpo, sin más complicación-.

En fin, estábamos en los guiris. Y en el señor orondo del periódico. Y en el momento en el que ambos protagonistas se juntan: ‘Brexit’. “Joder, Manuela, ¿pero cuántos días lleva este periódico en el capazo?”, exclama el señor orondo al toparse con la dichosa palabra. “Es de hoy”, afirma la mujer haciendo una pausa en su conversación con la vecina que ha pasado del colágeno al pulpo que hacen en el chiringuito de debajo de su apartamento –algo tendrán que ver, que los pulpos no tienen ni una arruga ni media-.

El señor orondo desliza las gafas de sol graduadas hacia la punta de su nariz y lee algo sobre la bolsa. Nunca ha entendido semejante cosa así que continúa con una columna que hay al lado de ese artículo. Habla del racismo. “¿Qué tendrá que ver?”. Lee:

Los informes policiales demuestran que los delitos xenófobos han ido en aumento en el Reino Unido tras el ‘sí’ a la salida de la UE. Minorías étnicas y religiosas y personas de procedencia extranjera han denunciado casos de acoso. ‘Go home’ en letras grandes en una Casa de Cultura polaca, un restaurante español con los cristales rotos o insultos y amenazas a un pakistaní en un autobús y a tres españoles en el metro son sólo algunos de los ejemplos de la exacerbada xenofobia que brota una vez elegida la opción separatista. Porque lo que podría parecer a ojos de quien no ha profundizado más allá de la “libertad de los pueblos a su autodeterminación” una elección a modo de disidencia con la UE, lo es. Sí, lo es. Pero no una disidencia que rompe con las inhumanas medidas adoptadas en la crisis de los refugiados ni con las directrices económicas ni con sus políticas autoritarias. Una disidencia con la tolerancia que se supone ha de albergar una comunidad para con sus miembros de manera intercultural y abierta. Una disidencia arrullada en el seno de la ultraderecha, que parece sobrevolar de nuevo un buen puñado de países pero que nunca se fue del todo. Y a quién le hace falta Muro de Berlín teniendo Océano Atlántico.

“Vaya”, medita el señor orondo mientras unos metros más allá, donde termina la arena y empiezan las casitas blancas con bajos atestados de restaurantes, unos guiris de espaldas anchas y rojas beben cerveza de la misma tonalidad que el susodicho para acompañar a la paella. Un pakistaní con un bigote fino y negro planta un plato rebosante de la guarnición estrella ante las narices de un guiri color pantone 1645: patatas bravas. Un par de polacos reflectantes –es su primer día– brindan con sendas jarras heladas de cerveza. Los guiris de espaldas anchas succionan la cabeza de unas gambas. Seguro que la pobre no sonreía tanto como Farage el día del referéndum –que, por cierto, acaba de dimitir; lo que el refranero español tildaría de “tirar la piedra y esconder la mano”–. El señor orondo les mira a lo lejos durante unos segundos mientras piensa en el racismo, en el Brexit, en la paella, en el pakistaní, en la violencia y… ¡ah! en el fútbol. ¡Aún no había leído las páginas de la Eurocopa! “Espera, ¿y ese? ¿Qué hace vestido de negro con este calor? Estos guiris están locos. Primero conducir por la izquierda, después separarse de Europa…”.

El chico de negro, portugués, apura su cigarro entre dos fachadas junto a la puerta de su cocina con una pañoleta también negra anudada a la frente perlada. Mira a cámara. Hasta ahora nadie lo había hecho. Click. Él, herido de instante, pisa el cigarro contra el empedrado y huye esclavo a remover con una cuchara de palo largo dos jarras de sangría con trozos de fruta dentro. Es Don Simón pero los guiris de espaldas anchas y rojas que han acabado sus cervezas de la tonalidad de la piel del señor orondo no lo sabrán jamás. ¿Habrán votado ‘sí’? En fin, da igual, unas u otras ideas seguirán absorbiendo las cabezas humanas el resto del año, como los guiris absorben las de las gambas servidas en paelleras negras gigantes de la Costa Mediterránea por chicos con pañoleta y delantal que sólo respiran en la pausa-cigarro.

Autoras:
Sandra Lario foto Sandra lario nombre

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Llevo 22 años en el mundo. Desde hace unos cuantos lo capturo a través de fotos y palabras para mostrar el alma y el rostro de nosotros mismos. He estudiado periodismo y fotografía y defiendo la poesía como primer y último recurso.

Twitter Blanca Uson

 

silvia laboreo foto silvia laboreo

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22 años en el DNI,17 para los porteros de los bares.Me gusta cundir, hablo mucho, soy un imán para catástrofes y anécdota andante. Cualquier día publico un libro y me hago famosa, mientras tanto escribo sobre las vidas de los demás. Colecciono recuerdos a través de postales y cuando tengo dinero viajo para ampliarlos.

Twitter Blanca Uson


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