Yo sí creo a las mujeres egipcias

Ana Baquerizo//

Sucedió durante la primavera de 2018. Amal pidió un taxi para ir al banco. Mientras le pagaba, empezó a acosarla. Se fue. Por la calle, un guardia de seguridad también la intentó acosar. Nadie hizo nada, ni siquiera la policía. Al llegar a casa, sacó su móvil y se grabó contando que ese  día eran todos: «Las autoridades no nos protegen». Un juez la condenó a dos años de cárcel.

El vídeo, de imagen precaria, dura 11 minutos y 58 segundos. En él, una mujer de 34 años suspira, se atusa el pelo, recoloca sus gafas de pasta, empieza a hablar. Se queja del acoso sexual que viven, como ella, las mujeres egipcias; empieza a hablar en un tono que se va volviendo contundente conforme pasan los minutos. Cuenta sus vivencias personales, critica a las autoridaes por hacer leyes —hace cinco años se tipificó por primera vez el acoso sexual como delito— que no se cumplen en la práctica.

A pesar de haber compartido el vídeo entre los amigos de su cuenta personal de Facebook, fue difundido por medios de comunicación afines al Gobierno que le acusaron de insultar a Egipto. Unos días después, el 11 de mayo, las autoridades fueron a su casa de madrugada y detuvieron a Amal. Tras ser condenada en firme a dos años de prisión, son varias las organizaciones por los derechos humanos que han exigido su liberación hasta conseguir, el pasado mes de febrero, su libertad condicional. El siguiente objetivo es lograr la absolución de todos los cargos que pesan sobre ella: «difusión intencional de noticias falsas que podrían dañar la seguridad y los intereses públicos», «uso de ideas en favor de actos terroristas» y «pertenencia a un grupo prohibido».

 

Amal Fathy y Mohamed Lofty, un matrimonio que incomoda a la dictadura

Tanto Amal como su marido son firmes defensores de sus ideas. Esta no es la primera vez que ella ejerce el activismo. Ya había fomado parte de movimientos juveniles para impulsar cambios democráticos. Su marido es cofundador de la Comisión Egipcia para los derechos y libertades, una ONG que denuncia violaciones de derechos humanos, especialmente torturas y desapariciones.

«Siempre ha sido peligroso para los egipcios expresar sus opiniones o involucrarse en cualquier forma de activismo. Con Mubarak, después de las manifestaciones de 2011, después de julio de 2013… Pero la intensidad de los arrestos y desapariciones vienen aumentado claramente desde 2014″, apunta su marido, Mohamed Lofty. Señala que ser activista en Egipto significa vivir sabiendo que tienes el móvil pinchado y que puedes ser arrestado en cualquier momento.

Durante nueve meses, ha estado visitando a Amal en la cárcel una hora semanal junto al hijo de ambos, de tres años. Recuerda cómo le ha cambiado el carácter: era extrovertida, soñadora. Había trabajado como modelo, actriz y ayudante de dirección y, aunque los últimos años se había dedicado a cuidar a su hijo, quería retomar su faceta de actriz.

«Seis meses antes de su detención, había vuelto a las clases de interpretación. Pero estar presa ha deteriorado mucho su condición fìsica y mental. En julio, perdió la sensibilidad de la parte inferior de su pierna izquierda. Depresión, ataques de pánico, alucinaciones… también ha sido duro estar separada de su familia. Una vez fuera, necesita recibir tratamiento y recuperarse para reanudar su vida normal», subraya Lofty.

Una «vida normal» que Amal Fathy debe intentar hacer mientras está en libertad con cargos, sabiendo que los acosadores que describía en el vídeo siguen impunes, que el sistema castiga a las mujeres que denuncian e invierte los papeles de víctima y delincuente. Quizá su cárcel sea vivir así. El Gobierno niega la magnitud del problema, pero las mujeres llevan años luchando por visibilizarlo. Empezaron un año y medio después de la primavera árabe, participando en la campaña «ojalá«.

Desde entonces, han dirigido iniciativas como el mapa del acoso sexual o documentales. Una lucha que no se limita al acoso sexual sino que está consiguiendo romper el tabú que pesa sobre otras violencias de género como las violaciones, con la activista Azza Soliman a la cabeza, y tantas otras mujeres que se han propuesto cambiar Egipto.

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