Amigos de “hola” y “adiós”
¿Cómo hemos terminado con un simple “hola” si hace unos años éramos inseparables? Me pregunto cuando camino por la calle y me encuentro con caras conocidas. Recuerdo que con esas personas compartí risas de las que duelen en las mejillas y dejan cara de tonto. Tonto, pero feliz. Ahora, apenas cordialidad. A cualquier persona le dices “hola”. Y en eso se han convertido: en alguien más. Un desconocido.
// Pedro Modrego @pedromdrgo
El diccionario de la lengua española dice que un “amigo/a” es: “alguien con quien mantienes una relación de amistad”. Y “amistad” es: “el afecto personal, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato”. Es raro tratar de definir lo que es un amigo por medio de un diccionario. Sin embargo, ayuda comprobar que se recalca que la amistad nace y se fortalece con el trato. Y es que, a veces, el contacto se pierde como cuando nos podíamos perder de pequeños en un centro comercial. Sin saber cómo, ni cuándo, ni por qué, nuestros padres desaparecen entre la multitud. Así, también dejamos atrás a los amigos.
Es una sensación difícil. Como si una niebla densa apareciera de la nada y no nos dejase ver más allá. Puede que no haya razón. Los caminos, simplemente, se separan. Las amistades se forjan porque compartimos espacios: el colegio, el instituto, la universidad, el trabajo… Cuando no tenemos esa proximidad, mantener el contacto deja de ser un hábito y se convierte en un esfuerzo. Aunque seamos honestos: a veces somos nosotros los que dejamos de estar. Dejamos de escribir, de preguntar y de interesarnos.
Pero al final es una ruptura más. En la amistad también hay amor. Hay cariño. Y el corazón se rompe. Distanciarse de un amigo puede ser igual o incluso más doloroso que terminar una relación de pareja. Duele darse cuenta de que estas rupturas casi siempre se esconden. Las guardamos para nosotros, en un pequeño cajón que cerramos con llave. No queda otra cuando no hay razones claras. Todo se vuelve difuso, como si emborronases un cuadro de pinceladas imprecisas. Es así, las personas se van quedando por el camino y, a veces, no sabemos ni cómo.
Lo peor es que no hay un final. Es un silencio que se alarga a través de varios compases. Porque, en realidad, no ha pasado nada para dar por terminada la relación, ¿no? Y, aun así, sabemos que esa persona ya no está. Se convierte en un extraño. Cuando me pregunta mi madre:
– ¿Oye y qué tal “fulanito”?
– Pues… Bien, supongo…
¿Qué voy a decir? No sé nada. Sí, sé que mi madre intuye algo, pero prefiero dejarlo pasar. Nos quedamos con la cercanía de todos los años vividos que se han quedado atrás. En el presente, ya no hay trato.
No solo es el “hola” y “adiós”. También es el “feliz cumpleaños” y el “muchas gracias” de cada año. Recordatorios puntuales que nos hacen saber que existe ese trato cordial, pero no la confianza para contarnos en qué nos hemos convertido desde la última vez. Cuesta asimilar que la relación ha perdido la categoría de “amigos” y nos hemos transformado en simples “conocidos”. A veces, ni eso.
Durar para siempre es imposible. Nos perdemos y nos encontramos de nuevo, aunque ya no seamos los mismos. Con el tiempo, cada uno construye su propia crisálida, hasta que, un día, alza el vuelo con nuevas alas. Y en ese vuelo, inevitablemente, volvemos a cruzarnos para decir “hola” y poco más.

