Seguir al rebaño no es libertad de expresión
Ainhoa Montero Tolosa //
La tendencia es clara. Rosalía con su último disco Lux hace todo un culto a la religión católica y la divinidad. Victoria Secret vuelve a la pasarela con modelos perfectas. Y el color Pantone del año es el Cloud Dancer, una tonalidad de blanco. El conservadurismo ha invadido la cultura justo cuando estas ideas son las que predominan en política. Qué casualidad que todo haya cambiado a la vez y que la cultura se haya convertido en el exponente de los extremismos.
Este comportamiento de despolitización de la cultura choca con lustros anteriores en los que las canciones estaban llenas de mensajes reivindicativos y los artistas se posicionaban a favor de causas sociales. Ejemplo de ello es la cantante norteamericana Taylor Swift. Mientras que en 2019 utilizaba su altavoz para hablar de injusticias como en la canción The Man del disco Lover que protesta por los privilegios que gozan los hombres en la industria musical. Ahora la artista de Nashville opta por un perfil más bajo y sus letras ya no gritan mensajes y ya no muestra su posición ideológica. En los últimos años, se ha desmarcado de las críticas hacia Trump y ya no se muestra tan defensora del feminismo ¿realmente esto es libertad de expresión o el arte se está convirtiendo en un producto ideológico que diseñan las altas esferas de poder?
El ser humano tiende a pensar que en las democracias la censura no existe y que cada uno es libre de decir o de consumir lo que quiere, pero esto no es del todo así. Ya lo dijo McLuhan en Understanding Media, “el medio es el mensaje”. Y es que todo lo que se publica en redes sociales, viene filtrado por los dueños de esas aplicaciones. Los trabajadores de estas plataformas son los que controlan el algoritmo según los parámetros que quieren estas empresas. Y como toda empresa, van a posicionar mejor aquellos contenidos que no les sean incómodos y que defiendan las posturas de sus gobiernos para poder beneficiarse de privilegios sin importar el cambio de opinión.
Mark Zuckerberg tras el asalto al Capitolio emitió un comunicado en el que expresaba que bloqueaba las cuentas de Trump de Instagram y Facebook para garantizar la democracia. Más tarde le devolvió sus redes sociales, pero con la advertencia de que si publicaba algún contenido que fuera en contra de las políticas de estas plataformas sería eliminado. Ahora, que es el presidente de los Estados Unidos, el dueño de Meta toma una postura completamente diferente y opta por quitar el programa de verificación de sus aplicaciones.
Esto provoca que cada uno pueda decir y publicar lo que quiera en las dos redes sociales más influyentes a nivel mundial sin ninguna restricción. Solo con hacerse una cuenta cualquiera puede subir a la red o consumir lo que quiera, lo que provoca una sensación de libertad total. El problema llega cuando no todas las ideas son visibles y se terminan reproduciendo las mismas una y otra vez, lo que configura un espacio homogéneo que no representa al total de la sociedad. El claro culpable es el algoritmo que con su férreo control sobre los contenidos decide cuáles tienen derecho a ser visibles y cuáles no.
Somos libres de elegir lo que queremos consumir, pero no siempre todo el contenido tiene fácil acceso. Y al final las ideas que más ve el consumidor son el discurso que más va calando en la sociedad. Tal y como expuso el psicólogo polaco del siglo XX Robert Zajonc cuánto más se ve algo, más gusta. Por tanto, van politizando la cultura con las mismas ideas, para que finalmente los patrones que interesan sean considerados como correctos por la amplia mayoría.
Este sistema provoca que los artistas no se salgan de esas líneas porque hacer eso les traería consecuencias profesionales. Para evitarlas se aplican la autocensura y no se decantan por un posicionamiento claro. No hace muchas semanas la rapera Nicki Minaj se declaró fan número de Donald Trump. Algo que chocó a muchos de sus seguidores, ya que hace años defendía causas contrarias a la ideología del mandatario del partido republicano. En 2016, con su canción “Black Barbies” expresaba que el presidente Trump la quería echar del país y rezaba para que los extranjeros no fueran deportados.

Pedimos que los artistas compartan sus opiniones, pero cuando expresan algo con lo que no estamos de acuerdo la respuesta que reciben es la cancelación. Ya no escuchamos las ideas del otro para ver qué nos puede ofrecer, nos limitamos a estar en una zona de confort. Seguimos en redes sociales a las personas que hacen el contenido que nos gusta, cuando escuchamos música elegimos las canciones que nos apetece escuchar y al ir a comprar ropa vamos a las cuatro tiendas populares. Ya no nos gusta lo incómodo, el algoritmo nos ha dado la vía para eliminarlo. Ya no vamos a los pequeños comercios y en detrimento cada vez hay menos estilos marcados porque lo importante es seguir las tendencias. Censuramos lo impredecible, en favor de lo predecible y blanco.
Estas elecciones parecen inocentes y sin importancia, pero realmente estas pequeñas decisiones contribuyen a la reiteración del mensaje “correcto” que se quiere transmitir en la sociedad. Así que de algún modo todos contribuimos a la censura de unas ideas sobre otras en la cultura.
En la última gala de los Goya, la chapa de Free Palestine se convirtió en la protagonista de la noche. Un gran número de personas la exhibieron en la alfombra roja y aquellos que no la llevaron y que compartieron una opinión diferente fueron criticados de forma masiva. ¿Por qué los discursos de reivindicación fueron dirigidos hacia este conflicto bélico, pero nadie dijo nada de la guerra de Ucrania o de los ataques a Irán?

Son muchas las personalidades del sector cinematográfico que por presión terminan callando. Y en los discursos se vio que el tema de Gaza quedó como protagonista, pero nada del tema de Adamuz, de la amenaza de Trump de anexionarse a Groenlandia o de la situación que se está viviendo en Cuba.
Algunos valientes en las entrevistas de la alfombra roja se desmarcaron de las opiniones mayoritarias y compartieron sus puntos de vista, aunque por ello fueron criticados de forma masiva. Aldo Comas y Macarena Gómez denunciaron que también se debía hablar de los “50.000 muertos de Irán” en manos de la dictadura de los ayatolás y que por tanto se debía acabar con los regímenes teocráticos. Otra señalada de la noche fue Silvia Abril que cuándo le preguntaron acerca de la ganadora a Mejor Película, Los Domingos, se posicionó en contra del crecimiento de la fe en la iglesia católica entre los jóvenes. Enseguida se formó un juicio colectivo con insultos y críticas hacia los actores.
A los gobiernos y a los políticos también les gusta disfrazar esta censura en forma de seguridad para llegar a manipular el pensamiento de la sociedad. Hace unos días Vox proponía en el Congreso prohibir el burka y el niqab en espacios públicos para proteger a las mujeres ¿pero alguien se ha preguntado si esas mujeres quieren llevarlo o no?
Nos gusta alardear de la libertad de expresión, siempre y cuando esta no afecte a nuestras creencias, entonces nos centramos en atacar al prójimo. Esto hace que cada vez haya menos valientes que se atrevan a decir en lugares de relevancia su verdadera opinión. Somos incapaces de dialogar y compartir en un mismo espacio distintas opiniones para enriquecer nuestra forma de pensar, cuando algo se sale de ahí ya directamente lo omitimos, nos dedicamos a arremeter al que decide compartir otra visión sobre un asunto y ya lo tachamos de facha o de rojo.
En los últimos años se ha ido consolidando una sociedad de rebaño, en la que es complicado saber cuándo las opiniones son de verdad o se expresan de forma influenciada por factores externos. Por ello, hoy es más importante que nunca fomentar una sociedad con voz propia, que sea libre de decir lo que piensa sin miedo al qué dirán.

