DESTACADOSReportajesTERRITORIOS

La escritura como respuesta a la realidad: jóvenes poetas en la Cuba actual

Entre la crisis cotidiana, la libertad creativa y los problemas de difusión, una nueva promoción de autores cubanos escribe sin aceptar una única forma de representar el país

Carmen Jiménez-García// @carmen.ji

«Un poema no resuelve tus problemas», escribe Pablo G. Lleonart. Tampoco devuelve la luz, llena una cisterna ni garantiza el próximo transporte. En la Cuba actual, sin embargo, los jóvenes poetas siguen buscando un lugar entre la precariedad cotidiana, la memoria familiar, la emigración y las nuevas formas de circulación digital. Lejos de formar un grupo homogéneo, estos autores escriben desde una realidad común, pero no responden a ella de una sola manera: algunos la traducen desde la libertad creativa; otros la cargan, casi inevitablemente, en la sintaxis, las imágenes y el vocabulario.  

Tras años de apagones y trayectos que se alargan porque el transporte no llega, queda todavía una pregunta menos urgente, aunque no menor: qué lugar ocupa todo eso cuando alguien se sienta a escribir. Pablo G. Lleonart, poeta y periodista nacido en Matanzas en 1996, rechaza que la literatura tenga que obedecer a una obligación social o política previa. «Toda obra puede contener significados sociales o políticos, pero imponerlos como obligación al artista es perjudicar la obra misma», sostiene. En su caso, la realidad cubana entra en la escritura «no por obligación sino como consecuencia natural del entorno» en el que vive. 

Esa presencia no implica convertir el poema en consigna. Lleonart habla de «anclar en el trópico una traducción de lo universal»: leer la cotidianidad cubana desde múltiples referentes, con la libertad de escoger «cómo y de qué forma» decirlo. Giselle Lucía Navarro, poeta y artista visual cubana nacida en 1995, lo formula desde una imagen más corporal: quien hace arte en Cuba está «mordido por la necesidad de saltar, enfrentar, ignorar o conversar» con esa circunstancia. Crear, para ella, supone hacerlo «de la forma posible y con los materiales posibles», pero sin renunciar a la exigencia. 

Ernesto Delgado, poeta y profesor nacido en Placetas en 1996 y ganador del Premio Loewe a la Creación Joven por Pálpito, formula esa relación desde un lugar más áspero. Para él, «la extraña realidad cubana» está presente en su obra «desde la sintaxis y el vocabulario hasta en la forma de ver el mundo a través del poema». Delgado habla de aislamiento, frustración, encierro y muerte; de una realidad que los cubanos llevan «a cuestas» incluso cuando intentan apartarse de ella

Su imagen más clara aparece al mirar hacia la tradición: «Si antes Eliseo o Lezama hablaban de las mamparas, los portales, los plátanos, nosotros hablamos de lo que quedó de esos portales, de esas mamparas, de esos plátanos». Ahí se abre el primer conflicto del reportaje. La realidad atraviesa la poesía joven cubana, pero no siempre como consigna. A veces entra como entorno y libertad; otras, como ruina, herencia y peso

Quien hace arte en Cuba está «mordido por la necesidad de saltar, enfrentar, ignorar o conversar» con esa circunstancia. Giselle Lucía Navarro

Una generación sin nombre

Poner nombre a un grupo de poetas siempre es una forma de ordenarlo y, a la vez, de reducirlo. En el caso cubano, esa etiqueta resulta especialmente delicada. Lleonart no cree que exista una generación como la del 27 en España o el grupo Orígenes en Cuba. Reconoce, más bien, a jóvenes que comparten tiempo, espacios e intereses literarios. 

Navarro introduce un matiz necesario: «Todavía, como generación, no tenemos un nombre». Quienes nacieron desde mediados de los noventa llegaron a la juventud «en medio de una crisis editorial y social bastante profunda». En el mapa literario actual, según Lleonart, no hay «un voto unánime», sino una «asamblea» de escrituras elegíacas, búsquedas experimentales, poemas cercanos a la cotidianidad cubana o restos de la llamada Generación Cero. 

La misma cautela contra la etiqueta aparece en el prólogo de Plan para matar al emperador, la muestra de poesía joven cubana preparada por Sergio García Zamora. Allí se presenta a los autores como un conjunto «diverso, cambiante, múltiple en sus planteamientos éticos y estéticos». Los une una red de lecturas, amistades, certámenes y decisiones vitales: permanecer, marcharse o escribir desde una zona intermedia donde el país sigue presente. 

Yoandy Cabrera, en el artículo La mula en el abismo: poesía cubana en el comienzo del siglo XXI, publicado en Cuadernos Hispanoamericanos, lleva esa lectura a un plano más amplio: internet, la diáspora y las revistas digitales han desplazado parte de la poesía cubana hacia un espacio donde la isla ya no funciona como único centro. La imagen que mejor define este mapa no es la de una escuela ni la de un manifiesto, sino la de una constelación: voces cercanas por contexto, pero distintas en su forma de mirar.   

Memoria, pérdida y experiencia

No comparten una poética común; sí una memoria atravesada por pérdidas. En Lleonart, esa memoria empieza muchas veces en la familia: la imagen del padre y de la madre vuelve como una forma de mirar al origen, pero también al país. El poeta se reconoce hijo de una década marcada por la caída del Campo Socialista y de la URSS, una fractura que en Cuba no fue solo económica. «La realidad cotidiana de Cuba está atravesada por muchos dolores», explica, antes de acudir a un verso de César Vallejo que parece repetirse en la poesía cubana reciente: «Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!».

La emigración introduce otro matiz en la respuesta de Delgado. No habla de temas nuevos, sino de una forma distinta de regresar a las mismas obsesiones: «Estamos repitiendo los mismos temas desde que los primeros ojos vieron el sol». En su caso, la realidad de emigrante le ha hecho volver al amor, la muerte, la pérdida, la resiliencia y la bondad desde la distancia

En Navarro, esa relación con la poesía aparece todavía más ligada a la necesidad de ordenar lo vivido: «Toda mi poesía surge de experiencias reales», afirma, ya sean propias o de personas con las que ha compartido camino. Para ella, escribir es una forma de «traducir el mundo», desmadejar emociones y encontrar sentido a lo vivido. A veces, dice, necesita escribir un poema para poder conciliar el sueño. 

Reducir la poesía joven cubana al testimonio de una crisis sería quedarse a medias. La familia, la emigración, la pérdida o la necesidad de escribir para dormir muestran cómo la historia se filtra en la vida privada. Antes de preguntarse qué lugar ocupa la poesía, aparece otra cuestión más incómoda: cuánto espacio queda para el arte cuando sobrevivir ocupa el centro

Vivir antes que escribir

Esa cuestión deja de ser abstracta cuando se mira desde la vida diaria. Delgado lo dice sin rodeos: «el poeta también tiene que comer y vestir decentemente». Su respuesta no idealiza la carencia ni convierte la miseria en combustible artístico. Al contrario, advierte que «el arte y la carencia no se llevan bien»

«El arte y la carencia no se llevan bien». — Ernesto Delgado

Un apagón en La Habana, en febrero.Foto: Yamil Lage / AFP / Getty Images.
Un apagón en La Habana, en febrero. Foto: Yamil Lage / AFP / Getty Images.

La crónica de IPS, La vida cotidiana empeora día a día por el colapso energético en Cuba, muestra esa precariedad en escenas concretas. Fernanda, contadora de 51 años, se levanta a las cinco de la mañana, casi siempre sin luz; cuando la electricidad vuelve, empieza lo que ella llama «el maratón»: llenar cubetas, cocinar, cargar teléfonos, conectar el refrigerador. Marta, trabajadora del sector educativo y empleada en una biblioteca, organiza su jornada según los cortes eléctricos. Tomás Leyva, agente de seguridad, depende de un transporte público debilitado por la falta de combustible. 

«La poesía cubana es invisible para la sociedad cubana —resume Delgado—. Si hoy en el mundo la literatura está en una decadencia social, imagina en un país donde tu tiempo debes emplearlo en intentar conseguir algo de comida para tu casa, ropa o en sobrevivir a los apagones». Navarro lo dice desde otro tono, menos tajante pero igual de consciente: para muchos cubanos resulta difícil pensar en asuntos abstractos como la literatura cuando las horas del día se reparten en resolver cuestiones de supervivencia

«¿Cuánto alimenta un poema?» — Pablo G. Lleonart

Ahí la poesía aparece en su lugar más incómodo. No como salvación ni como adorno: es una forma frágil de persistencia. Lleonart lo formula desde Información Nutricional, un poema construido a partir de una pregunta casi doméstica: «¿Cuánto alimenta un poema?». La respuesta no oculta el límite: un poema no sustituye la electricidad ni llena la nevera, pero puede nombrar la vida que queda entre un apagón y otro. 

Publicar, circular y ser leído

Internet ha abierto una ventana, pero no siempre una casa. La poesía cubana reciente circula por revistas digitales, blogs, redes sociales y editoriales de la diáspora. Cabrera habla de una Cuba desplazada al espacio virtual, donde se cruzan isla, exilio y lectores. 

La red, aun así, no sustituye al libro ni resuelve la crisis editorial. Navarro explica que «salvo poquísimas excepciones», los premios literarios son una de las pocas vías que tienen los jóvenes escritores cubanos hacia el libro impreso. En Cuba, añade, «están prohibidas las editoriales independientes»; las estatales tienen «una política muy centralizada». La crisis editorial, dice, es «bien fuerte» desde hace más de una década: se publican menos títulos, con ediciones pequeñas, y cuando uno agota su tirada «difícilmente vuelve a hacerse otra». En otros casos, el libro puede pasar «hasta siete años» en imprenta esperando insumos. 

Sede de Ediciones Vigía, en Matanzas, referente dela edición artesanal cubana y del libro como objeto. Foto: Daniel Larson / Google Maps.
Sede de Ediciones Vigía, en Matanzas, referente de la edición artesanal cubana y del libro como objeto. Foto: Daniel Larson / Google Maps.

Lleonart reconoce esa apertura sin caer en un entusiasmo ingenuo. Antes, la circulación era más restringida y la literatura cubana vivía en una especie de burbuja; internet —más aún después de la COVID-19— permitió un intercambio constante con lo que se escribe dentro y fuera de Cuba. Sin embargo, la visibilidad digital también crea saturación: permite aparecer, pero no siempre ser leído. 

Delgado formula ese problema desde otro ángulo: publicar puede ser «demasiado fácil» y, precisamente por eso, incluso la buena literatura corre el riesgo de pasar desapercibida. Navarro coincide en el límite de esa circulación: las redes y revistas digitales le han permitido difundir su obra en otros contextos, pero siguen siendo insuficientes, porque «el libro es lo que habla de la obra de un escritor». El problema ya no es solo publicar: está en ser leído. 

Una persona lee un libro en una calle de La Habana.Foto: EFE / Ernesto Mastrascusa.
Una persona lee un libro en una calle de La Habana. Foto: EFE / Ernesto Mastrascusa.

Tal vez un poema no sirva para aquello que más urge. No llena la nevera, no trae de vuelta a quien se fue ni ilumina una casa durante un apagón. Pero la literatura pocas veces ha servido para eso. «Cuba es una isla de poetas, siempre lo ha sido», recuerda Navarro. La poesía joven cubana se escribe desde esa tensión: no salva de la realidad, pero tampoco se aparta de ella. La mira, la arrastra, la transforma y, a veces, consigue hacer de una pérdida una forma de permanencia. 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *