Delitos y cine: A la sombra de la estatuilla

Jorge Marco, Julio Beltrán y Pablo Gracia//

Quedan tan solo diez días para que dé comienzo la más glamurosa de todas las galas de cine. Un día señalado en la agenda de muchos, donde los yankees se ponen sus ropajes de gala y, con más o menos – normalmente menos – acierto, ensalzan las que consideran las mejores producciones de la temporada.

En esta ocasión, al igual que en las noventa y dos anteriores, competirán por las ansiadas estatuillas las afortunadas seleccionadas entre todas las obras estrenadas en EEUU a lo largo del pasado año, y alguna extranjera que ha tenido la suerte de no caer en el habitual olvido al que suelen ser condenados a los metrajes de habla no inglesa. Hoy, nos acercamos a tres de estas películas para dar nuestro particular veredicto.

Érase una vez en… Hollywood (Quentin Tarantino, 2019)

Luces de neón, descapotables, cigarrillos, hippies, fiestas, alcohol, vaqueros, figurantes, calor y, sobre todo, Sharon Tate. Sharon Tate bailando, Sharon Tate conduciendo, Sharon Tate embarazada, Sharon Tate viéndose a sí misma —a la Sharon Tate real— en una sala de cine, nerviosa, atenta a la reacción del público. Las risas en la oscuridad de la sala le llenan. Sharon Tate es feliz. Porque la última película de Tarantino es un homenaje sincero a esa actriz que se convierte en un signo de pureza y de cruda bondad humana, rescatándola de un final que no se merecía para colocarla como alguien sin igual, por encima del resto. Y todo con apenas unas pocas líneas de diálogo, solo siendo ella. Solo ella.

Alrededor de esta Sharon Tate encarnada en la figura de Margot Robbie gravita una excusa que permite disfrutar del Hollywood de finales de los años sesenta, y cuyos protagonistas, vecinos a su vez de Sharon Tate pero mucho más reales, son Rick Dalton, un actor que comienza a sentir los últimos coletazos de su carrera profesional, y Cliff Booth, su doble de acción —compañero pero sobre todo amigo— que aprovecha la crisis de Rick y su problema con el alcohol para ejercer de chófer, de manitas y de hombro sobre el que apoyarse. Este último punto es de vital importancia ya que aparte de todo lo que ya se ha dicho sobre esta película y el sentimiento de nostalgia que transmite, no se ha valorado lo suficiente lo bien que representa la fuerte amistad que une a estos dos personajes.

Tarantino consigue de una forma nada artificiosa crear momentos verdaderamente emotivos entre Rick —Leonardo DiCaprio— y Cliff —Brad Pitt— en los que se aprecia un cariño mutuo y desinteresado más allá de la relación profesional que debería unirlos. Un ejemplo sería la escena en la que ambos ven en casa de Rick un capítulo de la serie FBI en el que éste último interpreta al villano mientras beben cerveza y Cliff comenta lo bien que luce su amigo en pantalla. Y es que el personaje de Brad Pitt, a pesar de parecer secundario, está presente no solo como el mayor apoyo de DiCaprio sino como una figura clave en los momentos más cruciales de la película. A la vez que Rick Dalton ensaya en un rodaje o descansa en su piscina privada, Cliff Booth vaga por Los Ángeles recordando su pelea con Bruce Lee o enfrentándose en dos ocasiones a la secta de Charles Manson. En la primera de ellas Tarantino consigue generar una tensión propia de una cinta de terror, como si introdujera un corto de tipo slasher dentro de la película, y en la segunda imprime su sello más reconocido, por decirlo de alguna manera. Como cierre, por si quedaba alguna duda sobre la amistad entre estos dos personajes, lo último que Rick le dice a Cliff antes del final es: “Eres un buen amigo”. Cliff responde: “Lo intento”.

Ambos le sirven a Tarantino para salirse de su estética más característica y explorar con verdadera humildad un ambiente único de un tiempo que ya pasó, donde todavía se emitían series de cowboys y le gente iba a los autocines, donde el alumbrado de los carteles de neón inauguraba una segunda vida nocturna y donde la inocencia del mundo acabó rompiéndose aquel 9 de agosto de 1969. Un acto tan grotesco solo podría ser reparado con la misma violencia con la que se generó el primero, y para ello debían existir un Rick Dalton o un Cliff Booth.

 

Lo que queda claro una vez ha terminado Érase una vez en… Hollywood es la confianza que deposita su director en el poder de la ficción para cambiar a mejor la realidad. Si el destino que nos queda a las personas de carne y hueso es oscuro, cuando no trágico, el final que nos brinda la invención y la representación solo puede ser positivo y amable. Que Tarantino haya llegado a esta conclusión puede ser la mayor lección que se lleve consigo desde que empezó en esto del cine.

J’ai perdu mon corp (Jérémy Clapin, 2019)

En un principio había planeado reseñar el último y sublime retoño de Bong Joon-ho, Parasitos, pero ha cosechado tal éxito y tal avalancha de análisis, críticas y reportajes, que sería necesaria una descomunal cantidad de ingenio para añadir algo a lo ya escrito. Ingenio que no hallareis aquí. De forma y manera que nos limitaréemos a haceros la entusiasta recomendación de ir a verla en cuanto podáis.

En su lugar, vamos a centrarnos en una obra que ha pasado bastante más desapercibida. Se trata del primer largometraje de Jérémy Clapin: J’ai perdu mon corps, que ha sido nominada a mejor película de animación.

¿No soñasteis alguna vez, sumidos en ese delirio que es la infancia, con ser astronautas y surcar los cielos a lomos de un transbordador espacial? ¿No os imaginasteis a vosotros mismos siendo objeto de todas las miradas y todos los deseos? Cuando éramos críos en eso consistía la idea de futuro. Iba de imaginar que seríamos grandes astronautas, virtuosos músicos o valientes bomberos. Iba de pensar que nos sobrepondríamos a cualquier obstáculo y, sin titubear un segundo, nuestra fuerza inagotable nos conduciría, de victoria en victoria, rumbo a nuestros objetivos. Nada resultaba imposible o inimaginable, no existía más limite que el decidiéramos imponernos.

Lamentablemente, y como escribía Jaime Gil de Biedma: “Ha pasado el tiempo, y la verdad desagradable asoma…”. Ninguno de nosotros es astronauta. Ninguno de nosotros ha cumplido todas esas promesas que una vez vertimos en el patio del colegio. Las cosas, tal y como son ahora, resultan amargas y descoloridas en contraste con cómo nos las planteamos en un principio. ¿Y de quien es la culpa? Podría ser nuestra. Podría ser que nos hayamos traicionado a nosotros mismos. Que por incapacidad o vagancia no hayamos explotado nuestro máximo potencial y por ello ahora nuestra vida es la que es y no la que soñamos que sería. Podría ser que, existiendo la posibilidad de alcanzar la felicidad, nuestras decisiones erradas nos alejasen de ella. Nos arrojasen a un abismo del que ya no hay retorno posible. Podría ser que debiéramos sentirnos culpables por no ser felices. Podría ser que ya no merezcamos ser felices.

Estos son los fantasmas con los que, día a día, se ve obligado a lidiar el personaje principal de J’ai perdú mon corp, Naoufel. Este joven parisino perdió en su prometedora infancia todo cuanto le importaba. La prematura muerte de sus padres le forzó a mudarse con su indiferente tío y su irresponsable primo. Desde entonces, malvive o sobrevive en las calles de la metrópoli como repartidor de pizzas. Sin rumbo ni objetivo, sin apenas sangre en las venas, el gran vacío que representa nuestro protagonista sufrirá un vuelvo al cruzar su existencia con la de Gabrielle, una mujer que conoce en uno de sus repartos y de la cual le es desconocido incluso el rostro. Persiguiendo la cálida humanidad que aquella joven desprende, Naoufel comenzará a centrar todos sus esfuerzos en acercarse a ella y, eventualmente, a una posible redención.

Mientras todo esto ocurre, en el otro extremo de la ciudad, un suceso delirante está teniendo lugar. Una mano humana, enfrascada en lo que parece ser algún tipo de misión, ha cobrado vida y escapado de un laboratorio de disección. Busca desesperantemente a su dueño y, a través de su odisea, se nos irá narrando la historia de perdida, dolor y desengaño que trajo la desgracia a la vida de Naoufel.

No todo es drama en la película francesa, en sus escasos 81 minutos de duración le sobra tiempo para juguetear con otros géneros como la comedia o el romance. El visionado resulta muy cómodo y ameno en todo momento. Supongo que a esto último ayuda el hermoso estilo de animación que, pese a resultar algo austero, hace un uso genial de las texturas, el contorno y el color. Uno no puede evitar enamorarse un poco de los trazos de ese microcosmos que Xilam – el estudio de animación – nos ha regalado.

No sé si conseguirá llevarse la tan ansiada estatuilla, la riña está bastante igualada con otras candidatas de buen ver, pero sí se puede afirmar que las enseñanzas y la madura filosofía de esta producción la dotan de una clase de calidad y excelencia que va más allá de los galardones. Es una película brillante que trata de forma lucida y adulta con los problemas que la decepción y la perdida generan en nosotros. Y eso es un logro encomiable. Así que ya sabéis, para aquel que, además de hora y media libre, tenga ganas de una pequeña reflexión existencial, J’ai perdu mon corp está a su disposición.

1917 (Sam Mendes, 2019)

Nos encontramos ante la última película de Sam Mendes, conocido ya por American Beauty y Camino a la perdición. Rodada de abril a junio de 2019 en Escocia e Inglaterra, 1917 narra la aventura de dos jóvenes ingleses (George MacKay y Dean-Charles Chapman) en territorio francés que son destinados a enviar un mensaje a otro batallón cercano para que pospongan la ofensiva que tenían planeada para la mañana siguiente, ya que van a caer en una estratagema de los alemanes. Para transmitir este mensaje deberán atravesar por el frente de batalla, exponerse y orientarse recordando que pueden salvar miles de vidas, entre ellas la del hermano de uno de estos dos protagonistas.

En este film Sam Mendes enfrenta la representación de veinticuatro horas en el frente de batalla.  Para ello rechaza las soluciones de narración clásica y opta por planos de larga duración donde apenas se percibe el montaje, dando como resultado la sensación de una sola toma que abarca toda la película.  En cierto sentido esta decisión se explica si partimos del montaje clásico como una elaboración del director para contar su historia, mientras que la ausencia de cortes nos envuelve en una realidad más abierta y genera una tensión particular.

Esta tensión de las tomas largas ha sido empleada en repetidas ocasiones con distintas intenciones (recordemos, sin pretender el etiquetado simple, el existencialismo del tiempo en Bela Tarr, la afluencia de emociones en Mizogushi, o la espiritualidad en Tarkosvki), pero en este caso busca recrear la incertidumbre propia de una guerra, lo cual nos puede recordar a La infancia de Iván. De esta manera las peripecias de los protagonistas ocurren en un mundo impredecible y abierto al desastre en cualquier momento, con lo cual junto al detallado ambiente de desolación provoca una incómoda y calculada sensación en el espectador. La muerte está allí y no es algo extraño o metafísico sino una realidad probable. Por otra parte, el film se guarda algunos momentos de optimismo en los que se exalta el valor propio de estar ahí y sentirse responsable de la vida de los demás.

En definitiva, se trata de una de las mejores opciones que se presentan actualmente en cartelera. No se trata desde luego de un clásico o una obra maestra, pero sin duda los espectadores saldrán un tanto abrumados, emocionados, y a ratos pensativos.

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