Las editoriales “pirata” y la ilusión por publicar

Pablo Lorente Muñoz//

El otro día le pedí a un amigo literato que presentara mi sexta obra, un libro de relatos, en el pueblo donde resido. Aceptó encantado; acto seguido me preguntó sutilmente si yo había pagado a la editorial para que me publicara la obra. La pregunta no me extrañó demasiado, meses antes yo mismo la había formulado a la editorial que se había interesado en mi libro de forma mucho más abrupta. Días después, esa pregunta me lleva a escribir estas líneas, en las que trataré de explicar al respetable, grosso modo, cómo funciona para los escritores el mercado del libro y qué significados puede tener la autoedición, tanto para autores como para lectores.
Situación del libro en España

En nuestro país, y según el informe El sector del libro en España se publican unos 67 000 títulos al año. En esta abultada cifra se incluyen diversos géneros como los libros de texto, manuales de muy diverso tipo y un largo etcétera, aunque debemos tener en cuenta que cada día se dan de alta la cifra de 250 nuevos títulos, 55 de los cuales son digitales.
Escribir un libro es una ardua tarea que mucha gente acomete por diversos motivos. Probablemente, exorcizar historias, sacarlas de uno mismo, pueda ser el principal motivo, al menos es el mío. No descarto otras como el prurito intelectual o, simplemente, demostrar que se puede hacer.

Puede haber otras muchas razones, como ganar dinero, fama o prestigio; razones que, aunque desde mi punto de vista son equivocadas, pueden ser posibles y realizables. De la misma manera que muchos adolescentes quieren ser futbolistas (millonarios) de Primera División, muchos escritores querrán ser figuras culturales de primer nivel y, se supone, retribuidas como tal. Sin embargo, bien sabemos que muy pocos alcanzan ese estatus.

También los escritores o aspirantes a ello deberían tenerlo claro. Por muy penoso que suene, lo que debemos dar por hecho como punto de partida es que vamos a vender muy pocos libros y que no vamos a ganar un duro con nuestro duro trabajo -eso sin tener en cuenta el problema que supone la piratería-.

Tras escribir el libro viene la segunda parte y, quizá, la más exasperante: verlo publicado. En una pequeña proporción de los casos, el mundo funciona como se supone, esto es, nuestro libro llega a una editorial —recuerdo que es una empresa—, un lector profesional lo lee, emite un informe positivo, al editor le gusta y, finalmente, la obra se publica y comienza a tomar vida en el mercado. También se puede tener la fortuna de ganar un premio literario -quiero pensar que hay alguno que no esté amañado- o que un agente editorial vea nuestra obra, crea en lo que hacemos y luego nos ayude a conseguir lo antes comentado. Sin embargo, como bien sabemos, esto no suele ser así.

Lo más probable es que mandemos nuestra obra a un concurso literario —en muchas ocasiones gastando dinero en fotocopias y sellos— y no pase nada. Al tiempo, mandaremos la novela a varias editoriales, esperaremos unos meses, y no pasará nada. Transcurridos unos meses en los que apenas nos acordaremos de lo escrito y habremos asumido que no tenía tanta valía como pensábamos, por alguna razón, retomaremos la tarea de dar a conocer nuestra obra. En este punto encontraremos varias opciones. Veamos.

La autoedición honesta

Desde hace tiempo hay empresas claramente identificables que se dedican a convertir nuestro archivo digital en un montón de hojas impresas organizadas, esto es, en un libro. Me refiero a compañías como Lulu, Bubok, Círculo Rojo, Amazon incluso (cada una de ellas tiene su idiosincrasia, no voy a entrar en esta ocasión en ello) y otras muchas empresas que ofrecen servicios bien definidos, claros y eficaces.

Por ejemplo, queremos ver impresas las memorias de nuestro abuelo. Manos a la obra: las escribimos, organizamos, seguimos los pasos que indica la página web en cuestión, pagamos según nuestras peticiones y, tras un proceso claro y ordenado, obtendremos los ejemplares que deseemos —muchas de estas páginas imprimen bajo demanda, esto es, según la gente va solicitando ejemplares, por lo que no existe el riesgo de realizar una tirada, con los gastos que ello supone—.

En realidad, estas empresas no hacen algo demasiado diferente a la labor que tradicionalmente han desarrollado las imprentas. Sin embargo, conceptos como la especialización, que los libros formen parte de un catálogo editorial —parece formar parte del imaginario colectivo de los lectores como algo prestigioso— y la facilidad de publicar ya mencionada han hecho que esta fórmula sea muy popular; por ejemplo, solo en Bubok podemos encontrar la fabulosa cifra de más de 26 000 libros en papel.

Personalmente, no tengo ningún inconveniente en que la gente utilice los servicios de estas empresas, pero en sentido estricto no son una editorial. Una editorial, en un sentido un tanto idealista del término, es una empresa que vende un producto cultural. Como empresa que es, el consumidor espera de ella que el producto que saca al mercado posea unos ciertos valores, verbigracia, que sea bueno, fiable, duradero, de calidad, etc.

Estos términos puramente mercantiles se pueden traducir al mundo del libro en elementos como la calidad literaria de un texto, la originalidad, su corrección gramatical o estilística, la calidad de maquetación e impresión, lo estético de la portada, etc. Así que, si finalmente se obvian estos elementos y, ante todo, no hay un filtro “artístico” o estético por parte de una editorial que apueste de verdad por la calidad de su producto (luego nos podrá gustar o no, eso es otra cosa), ¿cómo puede tener el lector la certeza de que está ante un producto de calidad?

Como muestra un botón, dentro de los baremos de la ANECA (Agencia Nacional de la Evaluación de la Calidad y Acreditación) para profesores universitarios, las publicaciones de libros se puntúan hasta con 7 puntos, las de artículos en revistas científicas (tienen especialistas que revisan, normalmente por pares y “a ciegas”, dado que estas publicaciones se miden objetivamente en términos de prestigio y calidad) pueden sumar 35 puntos.

Es solo una opinión, no descarto que haya obras maestras entre los miles de libros autoeditados, pero tengo mis dudas. De todas maneras, el desastre puede aún ser mayor.

El desastre

La segunda vía que podrá encontrar, acaso accidentalmente el escritor, es dirigirse a editoriales pensando que son editoriales “de verdad”, según lo antes expuesto. Sin embargo, la cosa puede resultar un tanto peregrina y al final, tras tanto trabajo e ilusión, después de haber mandado varios correos electrónicos a editoriales que nos suenan o que nos han recomendado, resulta que la editorial en cuestión, contacta en un tiempo récord con el escritor y acepta la publicación. Si tenemos en cuenta que una editorial puede recibir sin problema 1.000 libros al año para su valoración, la premura debe hacernos sospechar: no somos tan buenos.

Inmediatamente te citan en Madrid —me ocurrió tal cual con una editorial— para firmar y, ya en el cuarto o quinto correo electrónico te dicen que la única obligación del autor será comprar 200 ejemplares del libro a un precio módico, total, 2 000 euros: “La mayoría de las editoriales necesitan una seguridad de parte del autor para poder funcionar. Nosotros lo que proponemos es la compra de un número de ejemplares de parte del autor para tener asegurada una venta del libro. Le hacemos al autor un 30% de descuento de los 200 ejemplares del libro que tiene que comprar el autor” (Este fragmento es un ejemplo que llegó a mi correo electrónico).

Otras “editoriales” te lo dicen abiertamente en el primer contacto, el precio suele rondar la cifra antes mencionada: “No obstante, le adelantamos que debido a la situación actual de la edición difícilmente se lo podremos publicar sin una subvención o ayuda mediante la compra de ejemplares”, otro ejemplo de otra editorial.

Este tipo de prácticas, en mi opinión poco responsables (editoriales “pirata” las llaman), atentan contra lo que debería ser una editorial y, sobre todo, contra el sentido común, que es el menos común de los sentidos, ya se sabe. La editorial, en estos casos, lo tiene fácil. Cobra por hacer un producto sin asumir ningún riesgo, ya que el dinero pagado por el autor cubre los gastos y deja beneficios; después, con suerte, todavía ganará algo de dinero con los pocos libros que se vendan en las presentaciones. Porque al final, la amarga realidad es que se venden muy pocos libros.

No existe un listado fiable de editoriales que realicen estas prácticas de forma declarada. Sin duda yo podría nombrar algunas, aunque sería una cifra irrelevante para el conjunto de editoriales de nuestro país (más de 3.000). Como todo es susceptible de empeorar, además de no existir ese listado al que me refería, hay una práctica que todavía enrarece más el mercado editorial: hay editoriales que cobran a unos autores y a otros no, dependiendo de factores que no puedo ni aventurar.

Teniendo en cuenta todos estos datos, la primera conclusión es obvia y de Perogrullo: hay que comprar libros. Y luego, a poder ser, leerlos.

Algo menos evidente es que, a tenor de lo visto, el autor debería actuar de forma responsable —allá cada cual con su patrimonio de todas formas—. No tengo, como decía, ningún inconveniente en que llevemos nuestra obra a una imprenta o empresa similar y nos imprimamos unos cuantos ejemplares para la familia y los amigos, me parece estupendo. Sin embargo, otra cosa bien distinta es hacer creer al “mundo literario” (incluyo a lectores, críticos, familia y amigos, también, por qué no) que la “editorial” X nos ha publicado una obra porque no será así, en realidad, nos la habremos publicado nosotros. ¿Merece la pena incluir nuestro libro en el catálogo de una editorial pagando por una tirada de libros en papel cuando existen otras muchas fórmulas? ¿No ha sido bastante trabajo ya escribirlo como para encima tener que sufragarlo?

Yo diría que no se debería hacer porque, en caso contrario, el que pasa a tener un problema es el lector, quien no puede saber si el libro que tiene delante ha pasado los suficientes filtros que avalen su calidad, o si ha bastado con que al autor haya pagado su buen dinero. En fin, como dicen en mi pueblo: “con perricas, chufletes”.

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