Lagarder, el rostro de los invisibles

Texto y fotografías: Adrián Luis//

Agresiones físicas, noches a la intemperie, detenciones… Nada le importa a Lagarder, mientras piense que está obrando de acuerdo a sus principios. El activista está librando una cruzada por los derechos de las personas sin techo y contra todos aquellos que se lucran con el negocio de la pobreza.

20 de noviembre. España. Para algunos, una fiesta nacional. Un hombre con un cartón donde se puede leer “Franco asesino, vergüenza” irrumpe a viva voz en la conmemoración de la muerte del caudillo en Madrid. Enseguida, un grupo de unas seis o siete personas le arrojan al suelo y le propinan patadas y puñetazos. Ese hombre se llama Lagarder y esta es su historia.

Lagarder Danciu es un activista sin techo que defiende los Derechos Humanos. Su labor principal consiste en denunciar la situación de miles personas que carecen de un hogar y protestar en actos institucionales ante la incrédula mirada de la clase política. Hijo de gitanos, Lagarder nació el 3 de enero de 1981 en la ciudad rumana de Slatina, en plena dictadura comunista de Ceaușescu. “A los gitanos nos quitaban de nuestro seno familiar y nos institucionalizaban”, relata el activista, despojado de su madre nada más nacer para ser internado en un orfanato en esa misma localidad. Su padre se encontraba en prisión. Ahí aprendió a leer y a la literatura Lagarder debe su nombre. Su progenitor se inspiró en un personaje del escritor Paul Féval que le fascinaba: el espadachín Henri de Lagardère. Así que le pidió a la madre que le pusiera este nombre. Y ella cumplió con la promesa.

Con siete años Lagarder se tuvo que mudar a un nuevo centro de acogida, esta vez ubicado en Corabia. En estos hospicios, se juntaban niños de siete años con jóvenes de hasta veinte.  Los más mayores controlaban estos centros y abusaban de su poder, sobre todo para conseguir más comida, una comida que escaseaba. Lagarder y su grupo de amigos, aún niños, se propusieron que cuando fueran los veteranos terminarían con estos abusos. Y llegado el momento la pandilla de Lagarder lo consiguió. Por otra parte, el orfanato estaba lleno de chicos de etnia gitana y Lagarder fue educado para odiar a los gitanos, sin embargo, él nunca sucumbió. “Cerca de la escuela había un barrio marginal y yo me quedaba allí jugando con los niños que eran gitanos y me encantaba porque la familia vivía en chabolas y te invitaban a la casa a comer”, recuerda. Durante su infancia ya se vislumbraba cierto inconformismo y un afán de solidaridad.

Pero, ¿quién fue la artífice de esto? Su maestra, Cosoveanu Doina. “La igualdad de oportunidades que consiguió mi maestra en la escuela fue la semilla que de ti depende que florezca y que haya más semillas”, se sincera Lagarder, quien mejoró su rendimiento académico gracias al empeño de la docente. Aunque también hubo otras personas que influyeron en su personalidad.

Tras la caída de Ceaușescu, al orfanato llegaron unas cooperantes suecas. “Era como la cárcel, –confiesa el activista– en mi habitación éramos unas veinte personas y olía a orina”. Estas trabajadoras sociales cautivaron a un Lagarder con 10 años. Por primera vez en el centro alguien les preguntaba qué les apetecía hacer, cómo querían pintar las grises paredes. “Ellas nos aportaron esta parte emocional y aquel verano muchos logramos hacer pipí”, reconoce. Levantarse por la mañana con el pantalón mojado era un horror para los niños. Esto suponía golpes y llevar la prenda húmeda todo el día. Las trabajadoras consiguieron que superaran este problema: les aconsejaban no tomar demasiado líquido o les acompañaban al baño. Tal fue el impacto de la presencia de estas profesionales que Lagarder se interesó por los estudios de una de estas cooperantes y así fue como el chico descubrió su vocación, Trabajo Social: “Yo relacionaba siempre ser trabajador social como dar color a la vida”.

Lagarder, hablando con un indigente

El mismo año que accedía a la universidad se instauraba la carrera de Trabajo Social. Lagarder ocultó su origen gitano y era “duro ser testigo de conversaciones” con los demás estudiantes porque decían barbaridades, lo que provocaba que él se cerrara más en sí mismo. A todo esto hay que añadir su orientación sexual, su homosexualidad.

Inmerso en la carrera, dedicaba los veranos a trabajar en la obra para costearse los gastos académicos. Para tal propósito, se desplazaba hasta Yugoslavia, en plena guerra de los Balcanes. Con ese dinero, podía asistir durante el curso a los seminarios, debates, etcétera. En el último año, Lagarder realizó las prácticas en la casa de acogida de su infancia, como no podía ser de otra forma.  Pero las cosas no habían prosperado mucho desde que concluyera su etapa de interno. La directora, hija de un senador, hacía negocio con los medicamentos del orfanato. Lagarder, fiel a sus principios, la denunció. Por aquel tiempo, también se enfrentó al primer ministro Adrian Năstase con 21 años. El estudiante irrumpió en el acto del político para quejarse de la situación de los niños de estos centros y, tal y como le sucede en la actualidad, el activista fue expulsado por los miembros de seguridad. No obstante, los medios se hicieron eco de la protesta.

Harto de la mentalidad de sus compatriotas, Lagarder se propuso salir de su país en busca de la libertad. Finalmente, optó por abandonar Rumanía. Portugal era el destino. El detonante de dicha decisión se hallaba en el deseo de su amor platónico por un mejor porvenir en Europa. Durante el viaje, la patrulla fronteriza paró al autobús para exigir 50 euros por cabeza a los emigrantes. Lagarder fue el único que se opuso amenazando con denunciarles. “Cállate, cállate, que no nos dejan pasar”, gritaban los pasajeros. El autocar continuó con el trayecto. Solo una persona se libró de pagar. Ya en Hungría, de nuevo la policía dio el alto al vehículo y obligó a bajar al insubordinado. Lagarder fue víctima de una paliza ante la pasividad de los viajeros.

En Portugal estuvo un año. Él y su amigo cayeron en la red de una mafia rumano-portuguesa. En 2005, Lagarder consiguió huir a España y se instaló en Aracena (provincia de Huelva). allí, una profesora de la escuela de adultos, Ángeles de los Reyes, le tendió la mano. Con su ayuda, pudo regularizar su situación, homologar su título universitario…

En España trabajó como jornalero en el campo, como jardinero y como camarero. También como traductor para la Policía. Hasta que por fin pudo dedicarse a su profesión. Estuvo casi 5 años en más de 24 centros educativos de Sevilla. Como mediador, intentó mejorar la relación entre el profesorado y el alumnado, sobre todo con los estudiantes gitanos. En algunas de estas escuelas, en colaboración con los profesores, pudo establecer una convivencia e igualdad. Sin embargo, en los últimos colegios de las Tres Mil Viviendas y Pino Montano se encontró con una segregación de gitanos en aulas diferenciadas. Era un proyecto de la Consejería de Educación con la ONG Unión Romaní. Y como se estaban produciendo irregularidades, el trabajador social envió a los tribunales al Departamento y después a la ONG por despido improcedente: “Lo que más me ha dolido y sigue doliendo fue expulsarme de la enseñanza porque a mí lo que más me gusta es enseñar y estar en la escuela”. A pesar de ganar ambas sentencias, Lagarder se marchó a Dinamarca para embarcarse en un nuevo proyecto, el programa de voluntariado de Humana People to People. Un año de preparación en el país escandinavo con el objetivo de trabajar en escuelas de Maputo. Pero descubrió que se trata de una red mafiosa. Lagarder lo denuncia ante las autoridades. Hoy en día, los directivos están en busca y captura por la Interpol.

“La lección de Dinamarca para mí fue como: ‘No hace falta huir hacia otros países, hay que enfrentarse a las cosas’”, reflexiona. Cansado de escapar, fue consciente de que las injusticias se propagan por todos los sitios, por tanto, centró sus esfuerzos en España. Tras retornar a Sevilla y con la llegada de Podemos, intentó entrar en la formación morada. Pero poco le duró la experiencia. Según Lagarder, se daban casos de amiguismo y dedocracia.  

En septiembre de 2015, un Lagarder sin recursos se decanta por el activismo como forma de vida. Se organiza en las calles de Sevilla con las personas sin techo y levantan el Campamento Dignidad, es decir, ocupan el espacio público con tiendas de campaña como protesta por su situación. Era una forma de visibilizar sus derechos ante las instituciones políticas y la sociedad. El 21 de octubre de 2015 el Ayuntamiento del PSOE, con el alcalde Juan Espadas, ordenó la intervención de la Policía y el activista fue detenido. El Consistorio hispalense subvencionaba con 6 millones de euros a la empresa Grupo 5. Por tanto, se produce una privatización de los servicios sociales. En palabras de Lagarder, estas corporaciones privadas no están interesadas en solucionar la pobreza sino que pretenden que perdure para seguir llevando a cabo sus negocios. Mientras tanto en Sevilla y en cualquier rincón de España siguen muriendo indigentes. Más que muertes, él las considera como “asesinatos institucionales de los políticos que pueden ser prevenidos perfectamente pero no quieren”.
Un sin techo cuenta su situación al activista

Tras el Campamento Dignidad se embarca en La Ruta de la Pobreza por España: 17 ciudades a lo largo de 2016 con el fin de radiografiar la precariedad social. “Pero lo más llamativo era ver en los ayuntamientos del cambio, como Barcelona, Madrid, Zaragoza, cómo no han dado ningún cambio”, crítica el agitador. La principal reivindicación consiste en la remunicipalización de los servicios sociales con el objetivo de erradicar el negocio de la pobreza. El activista en cada urbe toma contacto con las personas que viven en la calle para saber de primera mano sus historias a la par que investiga las actuaciones de los dirigentes políticos. Por último, emplea toda esta cruda realidad para exigir  respuestas en la cara de los políticos. Una de las formas más habituales de estos asaltos es la de boicotear –él lo denomina “reventar”– actos públicos. En general, a los políticos estas protestas les molestan ya que están presentes los medios de comunicación y se rompe un guion, un discurso preparado: “Los políticos, todo lo que tú ves en la tele, lo tienen todo, al milímetro, muy controlado”.

Durante la gira, hubo un punto de inflexión para Lagarder que supuso atraer la atención mediática y pública. El 24 de mayo de 2016, el activista boicoteó megáfono en mano la presentación de las listas del Partido Popular en el parque del Retiro con miras a las elecciones generales del 26 de junio. El acto estaba encabezado por el presidente del Gobierno en funciones, Mariano Rajoy. Los medios de comunicación no tardaron demasiado en poner nombre y apellido a ese espontáneo.

Lagarder necesita “un momento de preparación psicológica y emocional” consigo mismo antes de increpar a personalidades y políticos: “Diez minutos antes mi cuerpo todo está temblando pero yo tengo que ser frío y fuerte, entonces intento poner todo lo de la calle en mi mente, tienen que permanecer vivas las imágenes duras, los asesinatos, el hambre de la calle, entonces estas imágenes de violencia me dan fuerza para yo entrar y decir lo que hay que decir”.

La Ruta de la Pobreza continuaba recorriendo ciudades del mapa nacional. Lagarder aprovechaba la cobertura de los acontecimientos para llevar a cabo sus reivindicaciones: Génova el 26J, Ferraz durante la crisis socialista o el 20N. Cada vez más focos y cámaras pero también cada vez más represalias y miedos: “Muchas veces, el miedo es permanente sobre todo después del 20N vas con cuidado”. Como medida para evitar agresiones –ha recibido amenazas de muerte–, el sin techo ya no publica tanto en directo en las redes sociales. De este modo, despista a sus detractores ya que desconocen dónde se encuentra: “Los franquistas aquí han sido muy listos, lo han hecho de puta madre, porque han enquistado el ADN en la mentalidad de la gente de este país”.

El Día de la Constitución de ese año, Lagarder fue detenido en Málaga por reventar un acto del alcalde. La tormenta no amainó cuando salió de los calabozos. Al activista se le abrió un expediente de expulsión: “Mucha tristeza y mucha vergüenza porque llegar a este nivel tan alto, desde arriba, un Gobierno prestarse a firmar un BOE para echarte del país me parece una vergüenza”. Lagarder señala a Juan Ignacio Zoido, ministro de Interior y antiguo alcalde de Sevilla. En el periodo en el que Zoido era el máximo dirigente de la capital andaluza, Lagarder protestó por multar con 750 euros a las personas por rebuscar en la basura. El abogado del activista –que le representa de manera gratuita– presentó un recurso y la orden de deportación se ha paralizado, a la espera de que sea o no archivada.

Terminó el 2016 con la lucha por los derechos de los ciudadanos sin recursos. En el 2017 la lucha y La Ruta de la Pobreza prosiguen: “A lo mejor sigue de otra forma, en el sentido de no centrarse tanto en reventar actos de los políticos como en visibilizar y denunciar”. Pronto publicará un libro que servirá como otra forma de activismo. Hasta ahí vislumbra su propio horizonte: “Yo tampoco controlo los tiempos, soy una persona que me gusta mucho la espontaneidad y me dejo llevar por la ruta, por el viaje sin destino”.

Texto y Fotografías:
Maria irun nombrelinea decorativa
Observo a las personas sin cesar, pienso por encima de mis posibilidades y solo hablo cuando tengo algo que aportar irónica o intelectualmente. Ante el documento en blanco, no sé si decantarme por los deportes, por el cine o por las series. Pero la realidad al final me empuja hacia los problemas sociales.
Twitter Blanca Uson

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