El lugar para disfrutar de lo prohibido

Paz Pérez//

En la ciudad existen lugares que esquivan las normas para reivindicar el fruto prohibido. Sin miedo a que les expulsen del paraíso,  las personas que acuden a estos espacios no hacen nada extraordinario, salvo fumar marihuana. Un pequeño escondite sumergido en un desierto de leyes donde los que acuden encuentran el oasis en el que el cannabis se erige en un espejismo de legalidad.

La palabra dispensario señala a una pequeña sala, la zona donde los socios pueden elegir entre cinco tipos de marihuana y otros tantos de extracciones de hachís. Uno de los socios de esta asociación espera su turno mientras en el mostrador se entrega un gramo de Critical. En el espacio más grande, con apariencia de bar, la gente fuma, toma algo sin alcohol y desarrolla su rutina social. A diario, como anuncian los pósteres de las paredes, también hay conciertos de rap, proyecciones de cine o monólogos.

Personas en traje y con rastas. Unas que salen de la oficina y otras de la universidad. “Nadie critica que te tomes una cerveza en una terraza, pero si mencionas la palabra marihuana, todos se escandalizan”, asegura uno de sus socios desde un sillón en el que fuma con algunos amigos.

Las asociaciones de cannabis se refugian en el consumo compartido entre gente que se conoce y que deciden compartir su cultivo privado, ya que el cultivo personal no está castigado. La asociación no puede tener objetivos lucrativos por lo que el dinero obtenido se utiliza para mantener su propio funcionamiento. La marihuana se toma dentro del local. Aparte de una cuota de socio, lo que cada socio paga por cada gramo no se considera venta, sino una ampliación de la provisión entregada para este cultivo –el cual nunca se encuentra en el mismo local-.

Estos lugares suelen estar escondidos dentro de la ciudad. Seguramente, habréis pasado sin saberlo por delante de alguno de ellos. El nombre no se encuentra en la fachada y la puerta suele estar protegida por un aparato electrónico que te pide un código o, incluso, la huella dactilar. Prefieren pasar desapercibidos para no tener problemas con los vecinos y porque cualquier indicio de mostrar lo que son puede ser considerado incitar a los ciudadanos a consumir una droga ilegal, lo que se considera un delito contra la salud pública.

Los responsables de la asociación en la que estoy me piden que no diga el nombre de esta ni los suyos propios. Tienen cierto reparo después de la reciente condena de los responsables de una asociación en Vizcaya por el Tribunal Supremo. “Nosotros también nos basamos en los palos que se ha llevado otra gente que ha empezado con esto, y nos movemos en base a que hemos visto, por dónde se puede ir y por dónde no.”

Insisten en la importancia de que exista una regulación para las asociaciones de marihuana. “Si lo piensas, un camello que vende un hachís de mierda no suele tener problemas morales con vendérselo a un menor. Nosotros no aceptamos a nadie por debajo de los veintiuno.  Además, cuando le compras a ese camello no sabes de dónde viene ni cómo la han cultivado, nosotros realizamos un cultivo sin químicos ni productos dañinos para la salud”.

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Lo primero que ve un recién llegado es un listado de normas que han decidido ellos mismos. “Una asociación privada puede elegir cuáles son sus normas, si quisiéramos podríamos vender alcohol y abrir hasta las seis de la mañana, pero no nos interesa”. Sin embargo, al comparar, comprueban que un bar de fiesta no controla el consumo de alcohol que cada cliente toma o que la normativa sobre ruido es la mínima mientras las molestias a los vecinos son significativas.

El problema es que no han querido pararse a pensar acerca de nuestra labor y, en lugar de eso, han preferido perseguirnos. No se dan cuenta de que aunque no existiéramos la gente seguiría fumando, por lo que quizá nosotros no seamos los malos, sino los que estamos organizando una realidad inevitable para eliminar los daños evitables que trae consigo”.

En la ciudad existen lugares para disfrutar de lo prohibido. Pero estos lugares no quieren ser un oasis en medio del desierto, ni un limbo alegal donde algunos se refugien en placeres controvertidos. Estos lugares quieren ser naturales en la rutina social, quieren ser centros culturales además de dispensarios, lugares que demuestren que el consumo responsable también puede ejercerse con la marihuana. Lugares en lo que se pueda disfrutar de lo permitido.

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Paz Perez foto Paz Perez nombre

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Periodista, poeta y viajera. No sé si por ese orden. Estudié periodismo para dedicarme a descubrir, comprender y cuestionar un mundo que me apasiona y decepciona al mismo tiempo. Soy la contradicción hecha persona. Un manojo de dudas existenciales que suelo resolver escribiendo en hojas sueltas planes que nunca sigo.

Twitter Blanca Uson


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