Mujeres a contracorriente: Las oscuridades de Walquiria Castillo por dar a luz

Elisa Navarro//

Después de conocer a Walquiria me pregunto si habrá conseguido ser durante largas temporadas de su vida feliz. Una felicidad sencilla  sin que el abatimiento o el pensamiento de supervivencia le hayan robado protagonismo. Cómo alimentar a su gran tropa ha sido, sin duda, su principal caballo de batalla y quizá alguna vez haya soñado su vida de ciento y una maneras distintas. Sin embargo, cuando sonríe, con esa sonrisa amplia y sincera, mientras todos –o casi todos– sus pequeños la rodean, estoy segura de que logra  encender momentos de felicidad.

Tiene 34 años. En su comunidad, Mina de Agua, se le conoce por ser madre soltera de 8 hijos fruto de distintos padres. Realidad por la que  dice  sentirse castigada y juzgada a diario. Aunque sus hijos son muy jóvenes, ya han vivido mucho y arrastran consigo un pasado que los construye y los hace fuertes, casi inmunes: abandonos por parte de sus respectivos padres, desprecios en su comunidad con la consiguiente obligación de irse a estudiar a la  vecina… Historias y seres que han acabado por completar a Walquiria y que han hecho de su hogar un ejército invencible. Hoy afirma que no hay nada que le haga más feliz que sus hijos. Que son ellos, los que la llenan de orgullo cada día.

Para entender mejor su vida es necesario hablar en primer lugar de su comunidad, de su contexto. Un lugar, según su opinión, pequeño y con un bajo nivel de desarrollo. Asegura que es difícil encontrar trabajo y más todavía si eres mujer. Solo algunas profesoras encuentran empleo. Como su propio nombre indica, Mina de Agua, –comunidad que pertenece al municipio de Villanueva y colindante con Honduras–, destaca por sus minas de oro. Un recurso natural del que muchos extranjeros quisieron sacar partido dejando a los habitantes del lugar sin capacidad de decisión. Por ello de repente, inversionistas externos llegaron a estas tierras para sacar beneficio de sus riquezas. Inversionistas que ponen la maquinaria para llevarse, sin sudor, la mitad de lo que otros extraen a cambio de sus propias vidas. “Así que la comunidad sigue como estaba y quienes explotan el oro son otros países. Seguimos siendo los mismos pero empobrecidos y explotados. Los extranjeros son dueños de las  acciones y el de la comunidad es un mero trabajador. Es ahí donde nos encontramos con una doble explotación: el del material y el del ser viviente de la comunidad”.

A todo ello hay que sumarle la contaminación del agua y la explotación minera que viene a acabar –sin ningún tipo de piedad– con todos los recursos del lugar. Unos métodos de extracción que utilizan elementos químicos como el cianuro u otros metales pesados en altas proporciones mercurio o plomo– que contaminan las aguas y el subsuelo. Métodos que requieren grandes cantidades de agua en una de las zonas más secas del país “El corredor seco” y que a lo largo de sus meses de verano –la mitad del año– tienen dificultades de abastecimiento para el consumo diario. Sin embargo, ¿qué les importan a los inversionistas unas tierras que, tras exprimirlas como un limón, no volverán a pisar en sus vidas?

No es el único mal que la explotación de las minas ha traído a la comunidad. Con ella, se introdujeron también nuevas formas de pasar el tiempo y de gastar el dinero que no tardaron en engatusar y emocionar a los más jóvenes: la droga. “Muchos dejaron la escuela y se fueron a la mina para conseguir trabajo. Por eso, creo que la mina ha aportado algunos beneficios pero también demasiados prejuicios. La droga trae ya todo tipo de violencia. Violencia a nivel familiar y a nivel comunitario”.

Y con la misma seguridad de plomo con la que Walquiria defiende la extinción de la explotación minera, lucha también por hacer valer los derechos de las mujeres en una comunidad donde los hombres dominan por naturaleza y donde la religión, se encarga a su vez de engrandecer las figuras masculinas para achicar la de las mujeres. “En mi comunidad siempre está el machismo. El que va a la reunión, el varón. Quien toma las decisiones, el varón. Otro punto que paraliza mucho a la comunidad es la religión. En Mina de Agua hay mucho protestantismo y el protestantismo viene a prohibir las reuniones y más  todavía la participación de la mujer. La iglesia tiene mucho poder en Mina de Agua y siento que nuestro principal problema es el de no reunirnos. Creo que por el contrario, la religión debería implantar más reuniones comunitarias porque una comunidad sin proyectos es una comunidad hueca”.

Walquiria y la maternidad

Tener hijos con distintos hombres supone saltarse las reglas como mujer. Una ley no escrita que sin embargo todo el mundo conoce en Mina de Agua. Los ocho hijos de Walquiria son fruto de siete papás diferentes y, a día de hoy, continúa siendo madre soltera. “Lo común aquí y no se mira raro es que un hombre tenga hasta diez hijos con distintas mujeres pero que una mujer tenga hijos con distintos hombres no es normal y te critican por ello: la iglesia, la comunidad y hasta la misma mujer”.

La niña más mayor de Walquiria, Jurys, llegó a sus 20 años. Meses más tarde, Steven. Alexander no tardaría mucho en nacer y, bien seguidito, Emanuel. “Cuando me miré tenía cuatro hijos. Una hembrita y tres varones. Entonces paré como dos años para quedarme embarazada de Oscarcito. Dos más tarde tuve a Nehemías. Siempre sola en los embarazos. Los padres, ausentes. El papá de mi siguiente hija, María Milagros, también jaló. A los ocho meses de su nacimiento, volví a poner la mente a otro hombre  y ahí, nomasito, la panza. Christopher es el último de mis hijos. Ahora tiene un año y medio”.

Familia Walquiria
Steven, María Milagros, Christopher y un sobrino de Walquiria

“La comunidad me ha lastimado mucho. Cuando comencé a denunciar el tema de la contaminación  de las minas de oro, los altos cargos comenzaron a decirme que no tenía ningún valor lo que dijera una mujer con tantos hijos como yo. Me dolió muchísimo. Sin embargo, una vez entré en la Escuela de Lideresas, me dije: “Si he llegado hasta donde estoy es porque yo sola me he dado fuerza y no ningún hombre. Entonces mi fuerza no me la va a quitar nadie””. De manera autosuficiente, Walquiria tuvo siempre claro que trabajar era la única manera para sacar adelante a su familia. “A pesar de ser madre soltera siempre trabajé. Trabajaba desde casa para poder cuidar a los niños. Yo he destazado cerdos para vender. Nunca he ido a pedirle a nadie una libra de arroz o he salido a llorar en la calle para que me dieran la comida de mis hijos. Yo digo que ha sido Dios quien me ha dado la fuerza y me ha bendecido”.

***

El nacimiento de cada uno de sus hijos marca en su memoria el comienzo de un nuevo episodio que suele desencadenarse de forma similar pues siete padres a la fuga son el leimotiv de una vida repleta de niños y desilusiones. Historias que se tornan en algunos casos más dolorosas dejando trazas difíciles de olvidar.

“Nueve años después del nacimiento de Steven –su segundo hijo– vino un tío suyo a preguntar por el pequeño. Poco tiempo después se presentó su propio padre todo apenado y con una bicicleta. Steven quedó encantado con el regalo porque yo nunca había podido darle algo así. Al salir de clase me pidió que, por favor, lo llevara a compartir las vacaciones con su papá. Para mí era durísimo. Vi cómo se montaba en su carro y se iba. Ha sido una de las veces que más destrozada me he sentido en mi vida. Lo llamaba casi día de por medio sin saber que siempre hablaba con el teléfono en voz alta. ‘Mamá’, me dijo, ‘yo quiero un teléfono grande”. Entonces le respondí: “amorcito, yo no te puedo dar eso, vos sabés que a mí no me alcanza para un teléfono caro. Entonces dile a tu papá que te lo regale porque ahora viene el aliste para la escuela y yo no voy a comprar un teléfono por dejar el año de clase”. El niño cortó enseguida la llamada.

Cuando al día siguiente volví a llamar, ya no me contestó el niño. “¿Cómo tenés el atrevimiento de que el niño me esté pidiendo teléfonos caros? Además, nadie puede asegurar que sea mi hijo”. Esa frase me partió el alma. Le pedí que, de inmediato, me lo mandara de regreso y desde entonces, mi hijo tiene tres años sin saber de él. Cuando consigue un lugar con señal, se pone a revisar todita su página de Facebook. Hace poco me la enseñó a mí. Me dijo ‘quiero que mires toditos los lujos que tiene con su hija mientras que a mí no me da nada  y vos nunca habés hecho nada por demandárselo’. Y nunca lo he hecho”.

La suerte de Walquiria es que, al menos, el papá de su hija primogénita sí ha sido un hombre responsable. “Aunque él no quiso vivir conmigo, me dijo que no quería que la niña sintiese que no tenía padre. Desde entonces, no pasa ni un solo mes sin que reciba la pensión”. 100 dólares mensuales que casi le alcanzan para comprar la comida de todo un mes. “Además cuando su hija le contó la historia de Steven, siempre envía los útiles del colegio para ella y para su hermano. Ese ha sido un apoyo grandísimo para mí que tal vez no lo va a tener otra mujer”.

Hijas de Walquiria
Jurys y María Milagros

La adopción

“Dos de mis hijos están en adopción, los dos papás correspondientes a esos hijos se esfumaron desde que supieron de mi embarazo”.  Por suerte, los pequeños encontraron nuevos papás que, aunque no eran los biológicos, estaban dispuestos a cuidarlos y quererlos como si fueran propios. El primero de ellos, Emanuel, nació con alergia en la sangre y en los poros de la piel. Con menos de un año de vida se le cayeron las uñas y la piel y, debido a otros síntomas, tuvo que ingresar durante varios meses en el hospital. A lo largo de su infancia sufrió también dos grandes operaciones. Intervenciones clínicas que no todo el mundo en Nicaragua tiene el lujo de poderse costear.  Fue entonces cuando un miembro de la familia  comenzó a cubrir todos los gastos médicos.

Una vez salió del hospital, los médicos recomendaron que no volviera a un lugar con microbios de animales ni nada similar que le provocara la alergia, es decir, que no volviera a su comunidad. Fue entonces cuando el familiar de Walquiria pidió adoptar al niño. Su hijo debía continuar yendo al hospital y seguir con los gastos de otras citas médicas. “Ahora, mi hijo tiene once años y una nueva familia. Y desde hace un tiempo vive en los Estados Unidos”.

El tercero de sus hijos, Alexander, fue adoptado por una prima de Walquiria desde el embarazo. “El papá biológico del niño nunca quiso ayudarme y yo ya tenía a Steven y a Jurys. Mi prima tuvo que pagar muchos gastos pero consiguió sacar a Alexander legal. Durante siete años, vivieron en Managua proporcionándole a mi hijo una educación. Después, decidieron irse a los Estados porque pensaron que las oportunidades de futuro que iba a tener allí no las iba a encontrar en Nicaragua. La meta del marido de mi prima es que mi hijo estudie para que un día pueda ayudar a su mamá y a sus otros hermanitos”.

La adopción de sus dos hijos condujo a Walquiria a un periodo muy fuerte de depresión en el que necesitó ayuda psicológica para hacerle frente a los comentarios por parte de su familia y de la comunidad y para aprender a gestionar su pérdida. “Los psicólogos me ayudaron a entender qué cosa era adoptar y qué cosa era regalar un hijo. Aquí me llamaban ‘la perra regalahijos’. Gracias a la ayuda, comprendí que yo no había ido a un basurero para botarlos sino que, por el contrario, había buscado una vida mejor para ellos”. Pero no fue ahí donde acabaron los problemas para Walquiria ya que, posiblemente, el episodio más crudo de su vida estaba todavía por llegar.

Siete años de infierno

Oscar y Nehemías son los únicos hermanos que comparten papá. “Después de tener cuatro hijos, conviví siete años con ese hombre. Un tiempo en el que solo hubo violencia. Me pegaba, no me dejaba salir, no me dejaba que hablara con nadie… Siete años de infierno queriendo demostrarle a la gente que era capaz de vivir en un hogar. Sabía lo que estaba viviendo pero no quería que me siguieran viendo como la madre que paría hijos de uno y de otro. Yo siempre les digo a otras mujeres que un hombre cuando es violentador de mujeres te va a maltratar hagás lo que hagás. Cuando tenía cinco años de estar con él, lo denuncié. Entonces me cayó encima todita la familia –la mía y la suya–. También la comunidad. Su mamá me decía: ‘¿Cómo puede esta perra regalahijos demandar a mi hijo?’. Yo no me paré. En 2013 lo demandé y lo detuvieron preso por lesiones que me había hecho. Después de ello, volví  con él tres años más siempre por el tema de todita la gente: “es buen hombre, es el padre de tus hijos, vas a ir con otros y vas a seguir pariendo…”.

Por suerte, por aquel entonces, se fue un tiempo a Costa Rica en busca de nuevas oportunidades laborales, concediéndole a Walquiria un espacio para sobreponerse a la situación. “Durante su ausencia le compré a mi madre un solar para construir allí la casa. Trabajé muchísimo, demasiado. Cuando después de siete meses, regresó de Costa Rica, le pedí que me ayudara a pagar la construcción de la casa. Lo que él no sabía era que yo ya no era la misma tonta de siempre y que estaba recibiendo ayuda psicológica para sobreponerme a su maltrato. Él solo pagó la mano de obra porque yo ya tenía todo el material. –Aunque todos creyeron que era gracias  a su plata–. Cuando finalizaron las obras, le dije que en la casa no había sitio para él. Nunca acabó de aceptarlo y nunca llegó a cumplirlo. Tres meses después, comenzó a venir a dormir a casa como si nada hubiese sucedido. Esta situación se alargó durante un año y fue entonces cuando acepté al papá de María Milagros. Recuerdo como en una ocasión se metió hasta dentro de la casa y empezó a tocarnos los pies porque no teníamos puertas. Al papá de María Milagros no le gustó el atrevimiento y se alejó de mí por miedo”.

Familia Walquiria 2

El renacer. Una nueva etapa

“De parir hijos ya me cansé. Ahora solo pienso en criarlos”, afirma. Tras el nacimiento de su último hijo decidió permitirse por primera vez un regalo. Pese a que Christopher tenía escasos meses y a que su casa se había derrumbado tras un nuevo temblor, Walquiria dijo sí a la Escuela de Lideresas. Unas capacitaciones que reforzaron su posición como mujer independiente, como mujer agente del cambio social en una comunidad que no reconocía la voz de la mujer.

Por primera vez, encontraba un respaldo para ponerle palabras a sus sentimientos y, para su sorpresa, a mujeres, que al igual que ella, luchaban por cambiar sus entornos particulares. Una formación que le dio también la confianza para quererse a sí misma y encontrar a una persona acorde a su nueva realidad.  “Desde hace un año vivo en casa con mi nueva pareja. Él me miró con mis hijos, supo de mi vida y me quiere”. Se conocieron en el autobús -en el trayecto de Villanueva/Chinandega-. Viajes en los que Walquiria asistía a la Escuela de Lideresas. “Cuando me preguntaba que por qué iba a la Escuela yo le respondía que había quedado muchas veces embarazada pero todavía no había aprendido a ser mujer. Entonces, la escuela me estaba sirviendo para saber ser una mujer”.

Un hombre completamente diferente que, a diferencia del resto, no parecía venir de paso. “Desde que llegó a mi vida, yo puedo estar mirando mi jardín o a mis chigüines y él, mientras tanto, prepara la comida. Recuerdo veces en las que venía cansada de la escuela pensando en la tina de ropa que me tocaba lavar y, para mi sorpresa, ya estaba toda lavada y doblada”. Así que la vida transcurre hoy tranquila en casa de Walquiria aunque no por eso su comunidad está más callada: “La Walquiria que nunca se dejó dañar, tan bonita y con tantos hijos y ahora viene a casarse con un hombre tan feo”. Cuando me dicen eso, les digo que yo no lo tengo para un rato como me suelen decir, con él me voy a casar y voy a invitar a los papás de mis otros hijos”.

En cuanto a Walquiria… dejó de destazar cerdo  hace un tiempo y hoy idea nuevas formas de ganarse la vida: compra-venta de ropa, venta de tortitas, cuajada y frescos en un punto del camino transitado…Todo salvo rendirse y menos ahora que parece, por primera vez, haberle ganado el pulso a la vida.

Walquiria Castillo
Walquiria junto a sus hijos

 “No teníamos ninguna foto todos juntos”, me dice. De repente, me acuerdo de los dos hijos que viven en América y que seguro Walquiria lleva en su corazón. Ojalá algún día vuelvan para darle esa estabilidad por la que siempre luchó. Y quién sabe si son ellos, los que hoy no posan para la foto, los que consiguen cambiar alguno de los destinos de los que nunca abandonaron la casa familiar, el embrión donde todo comenzó y que tantas veces amenazó con derrumbarse para siempre.

Autora:

Elisa Navarro Foto Paz Perez nombre

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Nunca tuve claro mi futuro, sigo sin tenerlo. Mochilera de espíritu, amante del sol y el chocolate y contraria a la rutina. Sueño con un periodismo comprometido que corrija anomalías y exprese con palabras cómo poder vivir en un lugar mejor. Lo que nos callamos o no proyectamos al exterior no existe y muere en nuestro interior.

Twitter Blanca Uson

 

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