Batman V. Superman. V. La crítica

Adrián San Román//

Hace casi ya más de un año que se estrenó Batman v. Superman: El Amanecer de la Justicia, una película que agrupó unánimemente a crítica y público en un frente que la tildó de basura para abajo. En este artículo nos ponemos en la piel del abogado del diablo para salir a la defensa de esta cinta que, en opinión del escritor, acabará conformándose en el futuro como una película de culto.

A veces uno tiene la sensación de ir a contracorriente. De ser ese solitario y colérico conductor que atraviesa la autopista en sentido contrario. Ese último reducto de pensamiento disidente en una espiral de opinión pública que lo engulle como un Maelstrom. Una postura que muchos podrían criticar de ‘postureo’ o ‘ganas de tocar los cojones’ pero créanme que, en este caso concreto, no hay nada de eso.

Hace un año aproximadamente salía de ver Batman v. Superman: El Amanecer de la Justicia y no les voy a engañar, la verdad es que no salí muy contento. Esa manía implantada en el cine de superhéroes de acabar con los golpes más expansivos, ese Superman rancio pululando como un adolescente inconformista, el momento de Martha, ese Jesse Eisenberg repitiendo su papel de La Red Social… No me entusiasmó, esa es la verdad. Pero también hubo cosas que me gustaron, sobre todo  ese Batman de Ben Affleck a quien tantos entendidos fans redactores de críticas en calzoncillos se le habían lanzado al cuello por considerarle indigno de coger el relevo de Christian Bale. Esa fue quizás la razón por la que cuando la película salió al mercado con una versión extendida recomendada por Snyder decidí echarle un segundo vistazo. Y vive Dios que fue la mejor decisión que pude tomar. Durante ese segundo visionado descubrí una nueva dimensión de interpretaciones de la película. Esos 30 minutos añadidos aportaban a la película esa cohesión ausente en la versión original, la argamasa que consiguió rellenar las fisuras de un imperfecto ejercicio narrativo. Esto me hizo convencerme absolutamente de que Batman v. Superman no solo era una buena película sino que acabaría convirtiéndose en un título de culto, a priori incomprendido y vilipendiado por la crítica de su tiempo, pero que acabaría reclamando el valor que innegablemente poseía, como había ocurrido con otras películas en la historia del cine como El Club de la Lucha de David Fincher, o Donnie Darko de Richard Kelly.

Comencemos por el principio. ¿De qué va Batman v. Superman? Y no me refiero a un resumen simplista reducido a la premisa de ‘Dos superhéroes matándose a golpes’, porque como veremos a continuación, la película es mucho, mucho más. Haciendo una rápida síntesis, Batman v. Superman habla de una sociedad moderna que se enfrenta a la primera representación empírica del ser superior, de Dios, de Mahoma, de como se quiera llamar. Mientras que la primera entrega de la historia de Superman, El Hombre de Acero, se nos planteaba como un viaje de iniciación, una película de los inicios donde el conflicto central era la crisis de identidad -ese incomprendido Superman que busca su lugar en un mundo extranjero, esos fantasmas de su pasado, Zod y el resto de kryptonianos que llegan a La Tierra instándole a unirse a la inherente causa de su raza-, esta segunda entrega se centra en la reacción que el mundo extranjero tiene ante esta deidad todopoderosa. Porque al final Superman puede ser un tío calzado en mallas que reparte estopa entre los villanos, pero si sobrepasamos esa concepción simplista nos encontramos con la idea de Dios. Un ser que, citando a Bruce Wayne en la película, “Tiene la capacidad de reducir el planeta a cenizas”. Superman lo ve todo, lo atraviesa todo, y no existe ninguna contramedida que pueda neutralizarle. Al menos hasta el inicio de la película, donde se presenta la kryptonita.

Superman

Si entendemos la figura de Superman no como un superhéroe sino como una figura omnipotente, la película comienza a cobrar sentido. El modo en que el estado intenta tender sus lazos legislativos para controlar mediante las leyes humanas una fuerza superior; esa gran ‘S’ que las víctimas de una inundación pintan en el tejado de sus casas anegadas por las aguas, sabiendo que ningún equipo de salvamento puede hacer ya nada por ellos; el miedo, la desconfianza y la inseguridad constante, hija directa del miedo nuclear de la Guerra Fría. Superman encarna la idea de un poder inmenso que no puede ser controlado, un poder capaz de infundir terror entre los mortales, el equivalente a un tipo sosteniendo sobre sus manos un interruptor que haría volar toda la tierra por los aires pero que, por el momento, no ha accionado. El resto de personajes presentados en la película se definirán dentro de la historia por su postura frente a esa amenaza, y los giros narrativos más importantes a nivel de trama se sucederán cuando estos muevan sus convicciones hacia una postura más moderada o más radical. Batman v. Superman es posiblemente la primera película de superhéroes -con permiso de Watchmen, también dirigida por Snyder- que no se centra en el propio superhéroe, sino que deriva la atención de la historia hacia la sociedad, hacia esa masa de personas que reacciona ante la figura del superhéroe, hacia la opinión publica, hacia la consecuencias de su mera existencia. Esta radiografía social se lleva a cabo en la película centrándose en cuatro personajes que difieren de mayor o menor manera los unos con los otros. A saber: Bruce Wayne/Batman, Lex Luthor, Lois Laine y la senadora Finch.

Comencemos analizando el personaje quizás más importante de la película, que no es otro que el personaje de Bruce Wayne/Batman. Se nos presenta un Batman viejo, veterano, del que descubrimos mediante pequeños detalles que ha perdido a su pupilo, Robin, a manos del Joker. Se trata de un personaje abiertamente relativista, en el sentido de que no cree en los principios absolutos. Una persona que ha aceptado su alter ego como un delincuente frente a la opinión pública porque, de hecho, sabe que lo es: “Juez, jurado y verdugo”, como nos recordarán muchas veces en la película. Bruce es un tipo que se toma la justicia por su mano, que se considera a sí mismo como el único ente incorruptible de Gotham y del mundo entero. Ha vivido lo suficiente como para ver una y otra vez como aquellos con buenas intenciones acaban malográndose, y como todas las personas, inmersas en determinados ambientes, son capaces de sacar de sí mismos una faceta más malvada de lo que jamás podrían haber esperado. Esta construcción de personaje se ve enriquecida por los hechos iniciales de la película, en donde vemos a Bruce Wayne avanzar como un ser humano más entre la destrucción y la barbarie causadas por los kryptonianos durante los sucesos del final de El Hombre de Acero. Rascacielos derrumbándose, enormes humaredas que inundan las avenidas, personas rezando segundos antes de ser aplastados por un amasijo de hierros retorcidos y hormigón. No hace falta ser muy agudo para encontrar el paralelismo evidente que Snyder quiso sugerir aquí, que no es otra cosa que el 11-S. El día que América se sintió más vulnerable que nunca, el día que se dio cuenta de que el peligro acechaba en cualquier esquina, y que ese tipo de maldad a la que se enfrentaban en un mundo globalizado no estaba en un frente ni en una trinchera, sino en todas partes a la vez, moviéndose, mutando continuamente, haciendo que cualquier tipo de intento de controlarla fuese inútil. No es de extrañar entonces que el pánico que se desata a raíz de los sucesos de Metrópolis sea similar al del atentado terrorista: políticas de blindaje, un auge militarista, y en general, un clima de continua tensión y desconfianza.

Batman

Este cúmulo de sucesos y convicciones hacen del personaje de Batman una persona con reservas hacia la figura mesiánica y salvadora de Superman. “Si existe un 1% de probabilidades de que ese poder se vuelva contra nosotros hay que tomarlo como una certeza absoluta”, dirá el murciélago, envuelto en constantes pesadillas en las que Superman se ha hecho con un ejército se seguidores que van controlando con el poder de la fuerza una tierra yerma y apocalíptica. Estos sueños, que a priori pueden parecer un mero pretexto para desplegar el imaginario freak de Snyder, en realidad resultan tremendamente reveladores. ¿No fueron las cruzadas exactamente lo mismo? ¿O el yihadismo? ¿Realmente se podría concebir la figura de Superman sin una legión de seguidores que ejerciesen la violencia en su nombre?  El principal giro de la película vendrá dado por el cambio del punto de vista del murciélago que, in extremis, perdonará la vida a Superman fruto de una parálisis causada por el trauma reavivado de su difunta madre -con quien sufre pesadillas recurrentes-. Aunque a los fans marvelitas les hizo mucha gracia esta escena tachándola de inverosímil, servidor se pregunta si resultaría tan disparatado que un hombre con un trauma infantil tan corrosivo que ha llegado a definir su existencia hasta el punto de llevar una doble vida secreta no se colapsase ante el recuerdo de dicho trauma. Recalcando, eso sí, que la verdadera razón por la que Batman no mata a Superman no es que sus madres se llamen igual, sino porque descubre repentinamente la trama urdida por el manipulador Lex Luthor, que ha intentado enfrentarlos, información que descubre gracias Lois Laine, que aprovecha la pausa traumática para revelarle la verdad. Así que, como recomendación, la próxima vez que vayan a tildar la película de absurda fíjense más en el guión y menos en los comentarios de twitter.

Continuaremos hablando del principal villano de la película, ese neurótico Lex luthor interpretado por Jesse Eissenberg que se nos presenta con un formato actualizado, más joven y más ambicioso, y al cual se le añade un pasado de crueldad infantil de manos de su padre que resulta tremendamente interesante para entender la actuación de Eissenberg. Luthor se presenta como un personaje enfermo, traumado a causa de los abusos de su padre, lo que le provoca una profunda aversión hacia las figuras autoritarias, empezando por cualquier persona que le de órdenes y acabando por el mismísimo Dios –Superman- a quien él considera un fraude. Lex cita en su discurso de la biblioteca de Metrópolis al titán Prometeo, amigo de los mortales que robó el fuego de los dioses para entregárselo a la humanidad, y ese pequeño detalle da pistas para entender su personaje. Lex se presenta como un detractor de Superman, pero no por causas altruistas como es el caso de Batman, sino por una mera cuestión de rivalidad insana. Está empeñado en “robar el fuego a los dioses” o su equivalente en la película “robar el genoma a los kryptonianos”, quiere competir contra ellos y demostrarles que es mejor, lo cual justifica la creación de la abominación Doomsday, que si bien nos brinda el que quizás sea el peor momento de la película, cierra la coherencia del arco narrativo. Lex posee una mente enferma, algo que es importante a la hora de valorar la coherencia de su plan, que no necesariamente le proporcionará ningún beneficio material o económico, pero sí en cambio intentará suplir ese evidente rencor que posee hacia las figuras autoritarias. A la hora de valorar correctamente la película, deberíamos pensar en el personaje de Eissenberg más como el Joker de Nolan que como el inteligente y meticuloso Luthor de Kevin Spacey en Superman Returns.

Lex Luthor

Acabaremos esta radiografía social de la película hablando de las dos figuras que, al contrario que Batman en primera instancia y Luthor durante todo el filme, no se oponen a la figura de Superman, aunque una de ellas sí que planteará un apoyo con reservas. Estas no son otras que Lois Lane, que en la película representa a toda aquella parte de la sociedad que cree en la bondad del kryptoniano -que se asocia de una manera más o menos directa con la sociedad miserable, la que sufre, la apartada, aquella susceptible de ser contagiada de la esperanza de este ser- y la senadora Finch, que cree en la bondad de Superman pero también cree en la necesidad acuciante de un dialogo democrático con él para que la sociedad tenga algún poder de decisión sobre sus acciones. Estos personajes, si bien no plantean una construcción psicológica tan elaborada como los anteriores, son piezas clave de la trama al ser manipulados por Luthor para poner al mundo en contra de Superman, en el caso de Lois con el incidente del tiroteo en Nairobi, y en el caso de la senadora Finch con la explosión del Capitolio -con la colaboración del personaje de Scoot McNairy, el exempleado de industrias Wayne que perdió las piernas durante el incidente de Metrópolis, así como la testigo del tiroteo en el desierto, ambos igualmente manipulados por Luthor-.

Como hemos visto, el papel de Superman dentro de esta construcción de personajes se limita básicamente a existir, ya que no tiene una función activa en la trama más allá de hacer lo que siempre ha hecho. Si se atraviesa un primer y superfluo análisis de la cinta uno se da cuenta de que la verdadera importancia de la película reside en cómo el mundo reacciona al poder, y no tanto sobre el poder en sí, lo que define a Zack Snyder como un maestro retratador de sociedades ficticias, más allá de un revolucionador del cine en aspectos técnicos al servicio del mero espectáculo. Zack Snyder es posiblemente -con permiso de Nolan- el cineasta que mejor ha sabido bucear en los entresijos psicológicos y sociales que plantea el mundo de los superhéroes, algo que ya dejo patente en Watchmen, pero que en Batman v. Superman vuelve a demostrar de una manera, si cabe, más elaborada.

Y la profundidad social y psicológica no lo es todo en la película, que también cuenta con una gran simbología mesiánica que ningún otro director había sabido explotar en la figura de Superman. Y uno puede hasta cierto punto excusar a las anteriores películas del superhéroes aludiendo a que eran otros tiempos, cuando Nolan no había irrumpido con su Caballero Oscuro y el cine de superhéroes se limitaba a ser un catalogo de mamporros -Cristopher Reeve se salva-, pero no olvidemos que un año después del Batman Begins de Nolan (2005) se estrenó esa calamitosa Superman Returns de Bryan Singer, que no aportó absolutamente nada a la figura del hijo de Krypton. Por otro lado, Snyder carga a Superman de una marcada simbología mesiánica, identificándole hasta el extremo con Jesucristo y narrando su gran sacrificio por los pecados de la humanidad. Un breve repaso por la película nos dará la razón: la incuestionable semejanza de la estatua de Superman del monumento a los caídos con el cuadro de La Creación de Adán de Da Vinci en la Capilla Sixtina, la muerte de Superman y el Descenso de la Cruz de Rubens, o las palabras de Batman “Le falle en vida, no le fallaré en la muerte”. Todas estas similitudes -hay muchas más- postulan a Batman dentro de esta gran metáfora como San Pedro, guía del grupo de seguidores de Jesús –Superman- tras su muerte. Esos apóstoles no serían otros que La Liga de la Justicia, aquellos que tras la muerte del mesías serán los responsables de difundir su palabra  o, en este caso, de mantener el mundo en paz. Lois Laine asumiría el papel de María Magdalena, Marha Kent la Virgen María, Wonderwoman representaría a alguno de los apóstoles, y así todo.

Batman V Superman 2

Habrá que ver si La Liga de la Justicia continúa con este tono, pero algo me dice que no será así. Batman v. Superman fue vilipendiada por público y crítica, acusándola de pretenciosa y oscura, como si el cine de superhéroes  tuviese que limitarse a ser un mero reflejo de las aventuras de las tiras cómicas más simples y chabacanas. Algo en lo que Marvel, por cierto, se ha especializado -no hay más que ver Guardianes, Ant-Man o la recién estrenada Spiderman Homecoming-, películas que huyen deliberadamente de cualquier mensaje o profundidad psicológica para construirse como espectáculos visuales de ritmo trepidante, algo que no tiene por qué ser necesariamente malo. Pero el problema surge cuando dos casas enfrentadas no solo en la taquilla sino en la ideología -la profunda y oscura DC siempre se había presentado como alternativa a la colorida y superficial Marvel- intentan copiar los modelos de la otra. Ojala me equivoque, pero todo apunta a que la guerra comercial que están disputando estas dos gigantescas casas en la taquilla mundial, con Marvel como clara vencedora, va a pasar factura al estilo de DC. No tardará en aparecer algún productor con más dinero que sentido común que quiera dar un giro al planteamiento de los personajes para hacerlos más comerciales, más rentables, más Marvel. Ese día, si es que no ha acontecido ya, marcará un antes y un después. Aún es pronto para aventurarse, pero con Snyder retirado a causa del suicidio de su hija, con Wheedon metiendo cabeza en la casa del murciélago después de su mala experiencia en Marvel y con una Wonderwoman decepcionante en lo narrativo pero satisfactoria en la taquilla, existe una gran probabilidad de que Batman v. Superman haya sido la última película de DC que haya hecho verdadera justicia a unos personajes que han demostrado a lo largo de los años que son algo más que unos capullos embutidos en mallas.

Mientras nos preparamos para lo peor, en la más oscura de las noches, una batseñal se enciende como símbolo de esperanza.  Esa luz es Matt Reeves, que acaba de estrenar La Guerra del Planeta de los Simios consagrándose como el director de blockbusters más serio de su generación, y que ya está trabajando en The Batman con Ben Affleck. Quizás, y solo quizás, Reeves sea capaz de traernos esa película que finalmente haga justicia al Batman de los cómics, esa película que el público se merece pero que la taquilla internacional no necesita ahora mismo. ¿O era viceversa? La verdad es que nunca llegué a entender esa línea del guión de El Caballero Oscuro.

Autor: 

Irene Lozano nombre Irene Lozano foto

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22 años, hater profesional. Siempre me ha seducido el arte bisagra, aquel que juega en el terreno de lo comercial sin olvidar la perspectiva del autor. Aquel que te invita a entrar, a conocer, y en definitiva, a ser una persona más crítica y completa.

Twitter Irene Lozano


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